Crecer para adentro/En casa de Lázaro

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EN CASA DE LÁZARO (1-VII-1937)

J. M. Escrivá, fundador del Opus Dei


¡Qué afán movía a los leprosos, a los tullidos, a los ciegos, a los enfermos y menesterosos de acercarse a Jesús! ¡Qué deseo había en todos de sentir sobre su frente la mano que derramaba salud y limpieza, de encontrarse con aquella mirada que hacía huir el mal! ¿No notamos también nosotros ese deseo? No será porque no estemos un poco leprosos, un poco tullidos... Pues, si tenemos necesidad de Jesús, vayamos a Él con confianza.

Le encontraremos de seguro en casa de aquélla que tan bien supo buscarle; de aquélla que, siendo una gran dama, derramó en público sobre Jesús, con desenfado increíble, un rico perfume y aun besó sus pies y llegó a enjugarlos con sus cabellos (169). Con los dueños de la casa, con Marta, María, Lázaro, con Jesús, estará también su Madre, porque ¿cómo los amigos de su Hijo no iban a serIo también de Ella, y cómo donde el Señor era bien recibido no iba a serIo Nuestra Señora? Aún vemos a dos personas más que no nos son desconocidas: a Pedro y a Juan que, con santa desvergüenza, van adonde su Maestro va, usando de aquella estrategia que el Evangelio consignará: Juan llega primero y deja la puerta entreabierta para que Pedro se introduzca (170). Acerquémonos, pues, a la casa, sin miedo, ya que dentro hay amigos nuestros. Si acaso los criados -que no han de faltar en mansión tan principal- intentan impedirnos la entrada a causa de nuestra esquila -que llevamos, no por borricos, sino por leprosos (171)-, alegaremos nuestra condición de hijos de Nuestra Señora.

Metámonos dentro. Nuestros amigos nos conducirán a la presencia de Jesús. Pedro es -usando un término aragonés- un poco carrañoso, es decir, un poco gruñón, un poco malhumorado; pero si él es la Fe, Juan es el Amor; y éste ¡con qué gusto nos conduce ante Jesús, deseoso de contemplar una manifestación más de la bondad del Maestro!

Henos, por fin, delante de nuestro Salvador... Sentimos sobre nosotros su mirada, que es cauterio suave; tú, Madre mía, vosotros, Pedro y Juan, seréis para mí como vendas y gasas que cicatricen mis llagas. Oímos la voz del Redentor, voz para la que todos los oídos de mi alma están abiertos, voz que cada uno debe esforzarse en escuchar dentro de sí; sus palabras son de aliento y de misericordia: "Hijo, ciertamente estás enfermo; pero quieres curarte. Antes, ¿te acuerdas?, ni siquiera conocías tus males; no te cuidabas de esas miserias. Ahora no, ahora luchas; ves en ti la dolencia y deseas quedar sano. ¡Desgraciado del que no luche contra su mal, porque es señal de que no tiene vida interior! Anímate, pues, a pelear mejor, porque ése es tu camino".

Yo no me contento con eso; de mi boca tumefacta, de mi garganta podrida, sale una súplica ardiente: ¡Señor, si quieres, puedes curarme! (172). Ansío verme libre de mi miseria, deseo purificarme; me interesa, ante Jesús, encontrarme limpio y sano. Y escucho ahora, lleno de inmenso agradecimiento, la voz de mi Maestro: Volo; mundare (173). Quiero, sé limpio.

Ha desaparecido mi suciedad; mis miembros están ya fuertes y limpios. Aprovechando esta limpieza, que me permite moverme con toda confianza en medio de mis amigos, busco a Santa María; ya estoy en coloquio con Ella: un coloquio lleno de abandono y confianza, como de hijo con su madre. Ella, sentada; yo, en un cojín sobre el suelo, con mi cabeza en sus rodillas. Mi boca ruega sin cesar: Madre, por la piedad de tu Hijo, estoy limpio, pero deseo ardientemente estarlo para siempre. Me esforzaré para que nunca, nunca más, vuelva a mancharme. Si para preservarme es necesario sufrir, luchar, me afanaré en sufrir y luchar. Porque yo no quiero ofender jamás a tu Hijo, al que -bien lo sabes tú- amo tanto. ¡Qué contradicciones! Mi cuerpo se ha contaminado y, sin embargo, he seguido amándole siempre. Pero tú, Madre, empújame a que cada día le ame más y ayúdame en mi pelea. Tú ves que este pobre hombre, atascado en una falta a pesar de sus propósitos, torna a caer un día y otro: ¡no me dejes! Y no pido sólo por mí. Me acuerdo de aquellos que tú conoces, y me refugio en ti para encomendados a Jesús.

Otra vez estamos delante del Maestro, en compañía de la Virgen. Hablo a mi Señor: acuérdate de Chiqui, que ha de salir de la prisión; que llegue a un sitio seguro sin contratiempo. Y de aquél que se ha conservado, entre tantos obstáculos, tan maravillosamente. Y de aquél cuyo sacrificio es tan admirable. Y de aquél, y de aquél otro... Y en el otro lado, piensa, Dios mío, en ése que ha trabajado por ti tanto y tan bien; si hay algo que te ofenda en la vida pasada de estos hijos, bórralo y concédeles ahora fortaleza y perseverancia y luz.

Te presento aún, Señor, a aquel crío y al otro, y al otro: a todos. Y en el Norte -¿por qué hemos de ser pesimistas?-, a aquél cuya perseverancia y cuya vida espero que habrás guardado. Acuérdate todavía de los que allí y en el resto de España están a punto, después de haber vislumbrado la Obra, de alistarse para tu servicio, como buenos milites Christi (174). Multiplica por cinco, por lo menos, el número de los que ahora formamos parte de esta familia sobrenatural de la Obra. A los de Valencia, que tanto trabajan por acrecentar el número de tus operarios, otórgales más y más espíritu de proselitismo y pon en su boca palabras apostólicas eficaces.

No olvides tampoco, Dios mío, a los que -así lo diría alguno de los que me escuchan- "montan la guardia" en el cielo: ¡qué felices son y qué envidia les tengo! (175). ¡Cuándo, Dios mío, podremos gozarte para siempre, allí donde no nos harán sufrir las preocupaciones, ni el temor de perderte, ni la flaqueza de nuestra condición, ni la fuerza de nuestras pasiones, allí donde habrá paz constante y alegría verdadera! Pero, como es preciso trabajar por Ti y penar antes de ganar ese premio, aquí nos ponemos, Señor, plenamente a tu servicio.

No me decidiré a salir de la casa de Lázaro sin haber renovado mis intenciones, sin haber reiterado a Jesús mis promesas y mis propósitos. Y, estoy seguro, mi Madre, Pedro, Juan, mi Ángel Custodio que nunca me abandona, ruegan por mí.


(169). Cfr. Jn 12, 3.

(170). Cfr. Jn 18, 16.

(171). Alusión a la costumbre judía, en tiempos de Nuestro Señor, de que los leprosos llevasen encima una campanilla, para avisar su presencia por los caminos y evitar a los demás el contagio.

(172). Mc 1,40.

(173). Mc 1, 41.

(174). Cfr. 2 Tim 2, 3-7.

(175). Al pedir por cada uno de sus hijos, dispersos entonces por toda la geografía española, el Beato Josemaría no olvida a los que ya habían fallecido.