Crecer para adentro/El trigo y la cizaña

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EL TRIGO Y LA CIZAÑA (20-VII-1937)

J. M. Escrivá, fundador del Opus Dei


1) Rabbi, Maestro. Así llaman los suyos al Señor. Es Maestro no sólo por su palabra, sino también por la eficacia de su ejemplo. Aprendamos, pues, la lección que hoy quiere darnos, en la meditación de una parábola. Vivirla, paso a paso, será nuestra composición de lugar; la petición: que aprovechemos las enseñanzas que contiene.

Estamos delante del Maestro. Hijos míos, mirad que no es posible hacer oración sin Él. Yo pienso que Pedro y los otros dos Apóstoles que se durmieron en el Huerto, la noche de la Pasión, se durmieron por quedarse lejos del Maestro, por haberle dejado solo. Peguémonos nosotros bien a Jesús; no nos quedemos solos. La oración, oyendo sus palabras, saldrá abundante y fecunda.

Semejante es el reino de los cielos a un hombre que sembró buena simiente en su campo (216), comienza diciéndonos en su parábola. He aquí que yo tengo la obligación de sembrar. Como un eco de la voz del Maestro, a través de los siglos, oigo en mi interior: ¡Siembra, alma de apóstol! Pero, ¿qué es sembrar? Sembrar es derrochar. Derrochar salud, generosidad, sacrificio. Esto mar a manos llenas del tesoro de nuestro espíritu, y esparcirlo con esplendidez sobre la tierra que nos rodea. Es arrojar al surco, ampliamente, el oro vivo de nuestra sangre, de nuestro esfuerzo. Y para esto, puesto que somos apóstoles, hemos de mortificar nuestra comodidad y nuestro egoísmo.

Pensemos, examinémonos; sin examen, la oración no produce frutos de enmienda ni de mejoramiento. ¿Cómo hemos cumplido nuestra obligación de sembrar? ¿Nos ha faltado, quizá, generosidad? ¿No habremos hecho caso a nuestro egoísmo? Que cada uno mire en su interior. ¿Habré sido acaso ciego, habré arrojado mi semilla en terreno estéril, sobre rocas, y no sobre el campo abonado por mi paciencia, por mi sufrimiento, por mi oración? Vamos a meditar un poco y, luego, a ratificar o a rectificar nuestra actuación.

Continúa la parábola: Mientras dormían los hombres, vino cierto enemigo suyo y sembró cizaña en medio del trigo, y se fue (217). Luego... ¡yo no debo dormir! Yo he de estar siempre alerta, preocupado por la siembra, atento y vigilante, no sea que el enemigo intente llenar de cizaña mi campo. Sí; yo tengo que hacer, hasta de mi sueño, una vela: vigilar hasta cuando duerma; ser tan de Cristo -¡soy de Cristo!- que hasta lo más elemental y bajo de mi vida, hasta las necesidades fisiológicas, se conviertan en ocasión de alabar a Dios, porque las convierta en un acto de obediencia a su Voluntad.

El sueño, según la Sagrada Escritura, es imagen de la muerte. Por eso, las caídas, que llevan a la muerte espiritual, ¿no producirán acaso como efecto dejar descuidado el campo? ¿No se aprovechará de esos tropiezos el enemigo para acudir a sembrar la mala simiente de la cizaña?

Recuerdo ahora aquella imagen de la concatenación, de la que tan insistentemente os he hablado. Yo soy eslabón de una cadena; en mí se sostienen otros eslabones... Yo no me he de salvar ni me he de condenar solo; arrastraré a otros conmigo, hacia la muerte o hacia la Vida. ¡Dependen tantas cosas de mí, de mi fidelidad, de mi lucha! Mi celo o mis caídas repercuten en los otros. ¡Qué gran motivo para desear permanecer siempre alerta! Si mi muerte o mi vida, mi sueño o mi vela, han de repercutir en las almas que se pusieron al alcance de mi mano de sembrador, concédeme, Señor, que yo nunca me duerma.


2) Estando ya el trigo en hierba y apuntando la espiga, apareció también entonces la cizaña (218), nos sigue anunciando el Maestro. Pienso ahora en las almas sanas, a las que toca desenvolverse en un ambiente pervertido. Descubriendo a su alrededor una extensión inmensa y apretada de cizaña, quizá se desanimen y sientan la voz del enemigo que murmura: ¿para qué esforzarte?¿Qué puedes conseguir tú? Déjate llevar por la corriente. A última hora,¿qué?... ¡No, hijo mío! No prestes oídos al sembrador de la mentira. ¡Dejarse llevar por la corriente, permitir que el ambiente te sofoque! Los hijos de Dios hemos de llevar con nosotros nuestro propio ambiente. Ese ambiente se ha de imponer, con la gracia de Dios, a pesar de los pesares. Sí, hay que proclamar, sin miedo, la fecundidad de la virtud, de la conducta recta, del apostolado perseverante.

¿Que no ha de producir frutos mi ejemplo, mi modo de obrar y de comportarme? No es verdad: basta acudir a la experiencia. Contemplaré entonces cómo los que están en contacto conmigo mejoran, gracias a la influencia de la salud que yo despido. Esto es lo que he de poner por obra: estar en medio del mundo para limpiarlo, para vivificarlo. He de revivir a la inversa la parábola de hoy. Con la gracia divina, he de lanzarme entre la cizaña, para ahogarla con las abundantes espigas que nacerán de mí, por bondad del Señor. Hasta las mismas puertas del infierno ha de ir la Obra, para realizar su misión salvadora, para arrancar almas al demonio. Más allá, no, porque más allá no se puede amar a Dios.

Es cierto. En el horizonte inmenso que abarca la mirada, todo parece una charca inmensa, hedionda. Pero mi trabajo, mi ejemplo, la labor de la Obra han de cambiar el ambiente. Primero surgirán aquí y allá, aisladas, algunas espigas de trigo. Esas espigas se irán luego multiplicando, y formarán como islotes entre la podredumbre. Después, esa cosecha se irá dilatando, hasta cubrir toda la tierra visible. Y lo que antes era pantano sucio y estéril se habrá convertido en trigal, por la misericordia de Dios. No. Este esfuerzo nuestro no ha de ser inútil. ¡Con qué gusto contemplo cómo el grano de trigo se pudre en el surco, se corrompe y muere! (219). Porque muere para traer nueva vida: primero en una brizna verde de hierba, y después en una dorada y esbelta espiga, que es la plenitud en que cuaja la fuerza que latía en la simiente. Señor: acepto con gusto mi pequeñez, mi oscuridad, mi muerte aparente; no dudo de que todo esto no ha de ser inútil y que algún día fructificará en espigas maduras y llenas de grano.


3) y llegando los criados del padre de familia, le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena simiente en tu campo? Pues ¿cómo tiene cizaña? Contéstales: algún enemigo mío ha hecho esto. Replicaron los criados: ¿Quieres que vayamos acogerla? No, les respondió; no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis con ella el trigo. Dejad crecer uno y otra hasta la siega; que al tiempo de la siega diré a los segadores: coged primeramente la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; mas el trigo recogedlo y metedlo en mi granero (220).

Muchas veces, el Señor no consiente que se produzcan escarmientos públicos, castigos colectivos, por no arrancar el trigo mezclado entre la cizaña. ¡En cuántas ocasiones suspende la acción terrible de su justicia, para no herir a la planta sana que se halla rodeada de maleza! De este modo, las espigas buenas pueden cumplir la misión de aquellas manos de Moisés, alzadas al cielo en demanda del favor divino (221). ¡Qué nuevo motivo para encenderse y purificarse y desear una conducta santa! Podemos detener el rayo de la cólera de Dios con nuestra vida entregada. Pero admiremos, junto a este cariño del amo por sus espigas, la paciencia de su justicia. El Maestro retrasa para el final la ejecución del castigo; lo señala claramente, hablando del infierno, pero lo aplaza hasta después de la siega, de la muerte.

¡Cómo nos llenaremos de comprensión, si imitamos la conducta de Dios! En lugar de precipitarnos a juzgar a nuestro prójimo, y quizá a condenar duramente, hemos de pensar en lo que sería de nosotros si hubiéramos estado en el ambiente en que se movió el hombre que enjuiciamos; si hubiéramos leído los libros que él leyó; si hubiésemos sentido las pasiones que a él le dominaron. Esta consideración pondrá en nuestro trato una caridad, que habrá de ganarle para nuestra causa. ¿Quién sabe si esa persona, a la que pretendíamos descartar en un momento de precipitación -de atolondramiento-, será luego un alma que, lanzada por el recto camino, nos deje atrás a nosotros? Precucurritcitius Petro (222).

Llegó antes que Pedro, señala el Evangelio hablando de San Juan. ¿No nos basta como ejemplo el caso de Pablo que, llamado tarde al apostolado, supo ganar tantas almas; y, después de haber sido perseguidor de cristianos, fue ejemplo para todos? Comprensión, pues; esa criatura, a la que quizá en nuestro interior despreciamos y condenamos, ¿quién sabe si corregida, purificada, convertida en espiga sana, no producirá frutos más sabrosos que nosotros? y ahora, un coloquio con nuestra Madre, Regina Apostolorum. Recapitulemos ante Ella los puntos anteriores: pidámosle que obtenga para todos los de la Obra la cualidad de buenos sembradores; pidámosle vocaciones que sean como esas espigas que sobresaliendo en la charca -primero aisladas, agrupadas luego en islotes- acaben por llenar toda la superficie de la tierra; roguémosle que nos consiga una compresión llena de caridad, acordándonos de esa frase: precucurritcitius Petro. Y terminemos con nuestra invocación de siempre: Sancta Maria, Spes nostra, Sedes Sapientiae. Ora pro nobis!



(216). Mt 13, 24.

(217). Mt 13, 25.

(218). Mt 13, 26.

(219). Cfr. Jn 12, 24.

(220). Mt 13, 27-30.

(221). Cfr. Ex 17, 8-13.

(222). Jn 20, 4.