Crecer para adentro/El Niño perdido y hallado en el Templo

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EL NIÑO PERDIDO Y HALLADO EN EL TEMPLO (8-VII-1937)

José María Escrivá

1) La composición de lugar de nuestra oración de hoy será imaginarnos a Jesús adolescente, annorum duodecim, como nos transmite el Evangelio (186), a la edad de doce años. Nuestra petición: aprender la lección que nos da como Maestro.

San Lucas nos relata que, habiendo subido Jesús con su Madre y San José a Jerusalén para el día de la fiesta, acabada ésta, remansit puer Iesus in Ierusalem, et non cognoverunt parentes eius (187); se quedó en Jerusalén y sus padres no lo advirtieron. Ha llegado solamente a los doce años nuestro Maestro, ¡y cómo procede! ¡Qué maravillosa discreción la suya! A nadie comunica, ni a sus padres, su plan para cumplir la Voluntad de Dios. Es de suponer que en el cariño de su Madre hubiera encontrado un obstáculo para realizarlo: quizá Ella no le hubiera permitido andar solo durante tres días por Jerusalén. Jesús calla y obra según la Voluntad de su Padre celestial.

Nosotros hemos superado con mucho los doce años y a menudo no sabemos guardar, en nuestro corazón, aquello que no tienen por qué conocer los demás. No hay necesidad de ir pregonando la intimidad de nuestra conciencia, los favores que Dios nos otorga, la merced de nuestra vocación, el camino que nos marca su Voluntad. ¿Por qué hablar, sin necesidad, de nuestra vocación en nuestra casa, en nuestra familia? Parece como si, para cumplir la Voluntad de nuestro Padre-Dios, hubiésemos de pedir permiso a la familia de la tierra. No; tenemos derecho a conservar estas cosas en el fondo de nuestro corazón y, además, por ahora, es muy conveniente hacerlo (188).

¿Podrá ir esta reserva en menoscabo del cariño y respeto que debemos a nuestros padres, o perjudicará la unidad que ha de existir en el seno de la familia? ¡De ningún modo! Esta natural discreción obedece al respeto pleno a la Voluntad divina -que está muy por encima del querer de nuestros padres según la sangre-, y no supone nunca desamor hacia los que nos trajeron a la vida.

Sigue narrando San Lucas (189) que Nuestra Señora y San José, al darse cuenta de que el Niño no estaba con ellos, se pusieron a buscarlo. Preguntan a los parientes y conocidos que les acompañan en la caravana y, al no recibir noticia de

Él, vuelven, llenos de inmensa pena, a Jerusalén. Casi asusta pensar en el dolor de nuestra Madre y en el tremendo sufrimiento de José, descolorido, deshecho en llanto, vencida ya su fortaleza varonil; porque José -me lo habéis oído decir con mucha frecuencia - no era un anciano, sino un hombre joven; no en la plenitud de la madurez, sino en la plenitud de la juventud.

Y yo, ¿acaso no he perdido a mi Jesús por mis culpas? Y si lo he perdido, ¿he ido a buscarlo, con esa ansia, empapada de dolor de amor, con que le buscaban sus padres? A Jesús se le busca -y se le encuentra- con dolor y con amor. ¡Qué dulce hallazgo sería, en este desierto actual de nuestra vida -a cualquier parte donde dirigimos nuestros ojos, sólo se ve arena, sequedad-, el encuentro con el Maestro!

Busquémosle, pues, como buscaba el protagonista de aquella leyenda oriental, que ya me habéis oído alguna vez, el agua para saciar su sed. Después de mucho caminar a través del desierto, fatigado, con la boca reseca, el peregrino descubre por fin las aguas de un arroyo. Pero, al arrojarse sobre la corriente, su boca encuentra sólo arena abrasadora. Vuelta a caminar, leguas y leguas; su sed y su cansancio van en aumento. Por fin, ya oye el rumor del agua. Se divisa en la lejanía un río caudaloso, ancho; ya toman sus manos el líquido deseado, pero sólo la arena resbala entre sus dedos. Más andar aún, con la lengua fuera, como un perro sediento. Hasta que de nuevo se oye murmullo de aguas; ahora es una fuente. Su chorro cristalino se derrama formando un gran charco. Pero sólo la decepción responde a la sed del caminante. Y con renovado afán se lanza al desierto; atraviesa montes, valles, y sólo halla soledad y desnudez. No hay agua, ni rastro de ese remedio...

Un día le sorprende un viento de humedad; allá, a lo lejos, el mar inmenso brilla ante sus ojos. El agua es amarga, pero es agua. Al hundir su cabeza ansiosa entre las olas, no hace sino sumergirse en un fango que no está originado por el agua. El peregrino entonces se detiene; se acuerda de su madre, que tanto sufrirá por él. Las lágrimas vienen a sus ojos y, cayendo en el cuenco de sus manos, le permiten saciar su sed.

También nosotros, después de haber tratado en vano de apagar nuestra ansia en tantas fuentes engañosas, descubrimos por fin, en las lágrimas de contrición por nuestras miserias, el agua que extingue nuestra sed para siempre. Ahí encontramos a Jesús. Ya le tenemos, con su Madre, con San José, delante de nosotros; es un Niño que cuenta sólo doce años. ¿Quién nos impedirá lanzarnos en sus brazos, estrecharlo contra nuestro pecho?


2) No se ha calmado nuestra sed, ni aun con este abrazo. Seguimos viendo arena, arena por todas partes. Continuaremos, pues, Jesús, contemplándote. Ya dieron tus padres contigo. ¿Cómo te encuentran? ¡Qué asombro! Sedentem, precisa el Evangelio: sentado entre los doctores y príncipes de Israel (190). No es la materialidad de estar sentado lo que sorprende; es el hecho de que un niño se coloque al nivel de los más sabios y poderosos. Le observamos: ¡qué gravedad la suya! ¡Qué lejos de los meneos y carantoñas de un chiquillo de doce años! Esta gravedad le reviste de una autoridad que se impone a los otros.

Pienso que yo también habré de sentarme un día entre

la aristocracia del saber y del poder. Es el espíritu de la Obra: cristianizar el mundo enseñando también a los que mandan, adoctrinando a los que ocupan puestos directivos. ¿Con qué prestigio contaré para obrar así, yo, que no formo parte de esa aristocracia porque ni puedo, ni valgo, ni tengo, ni sé nada? Con el que me dé mi gravedad; gravedad que adquiriré en el trato contigo: super senes intellexi quia mandata tua quaesivi (191); gravedad que me conseguirán mis virtudes, el orden de mi espíritu y de mi conducta.

Jesús está sentado entre los doctores. Y está audientem -sigue escribiendo San Lucas-, es decir, oyendo lo que ellos hablan (192). Jesús escucha. ¡Qué difícil es escuchar! Saber escuchar supone delicadeza, respeto al prójimo, exquisitez de prudencia. Y tan difícil como saber escuchar -y tan necesario para nuestro apostolado- es saber interrogar. Así procede Jesús entre los doctores; está interrogantem eos (193), preguntándoles. Aquí sí que, además de prudente, se requiere ser, Jesús, muy tuyo.

En vuestra labor, hijos míos, habréis muchas veces de penetrar en el espíritu de los demás: escuchando, primero, con delicadeza y atención, lo que en ocasiones no os interesa y aun os fastidia; y luego, interrogando, con discreción y caridad para sacar, como con gancho de trapero (194), entre tanto trapo sucio, entre tanta vanidad y simpleza, la flor brillante que en casi ningún corazón deja de vivir.

Es preciso ser muy de Dios para saber interrogar; es el modo de evitar el atolondramiento que nos impulsa a pronunciar la palabra inoportuna e inconveniente. Sin embargo, ¡qué naturalmente pueriles somos en algunos momentos, y no sobrenaturalmente niños! Es necesario no caer en la ligereza, y decidirse a rectificar la afirmación precipitada, que quizá se ha lanzado rotundamente. ¡Qué indispensable resulta adquirir esa disposición -saber escuchar que nos ayuda a oír con fruto el consejo de quien puede dárnoslo, porque cuenta con más conocimiento y más autoridad que nosotros! De esta manera se impedirá también -pidamos que así suceda- que se cree una atmósfera de aversión y despego hacia el que manda, por olvido y desatención de sus palabras.

Stupebant autem omnes qui eum audiebant super prudentia et responsis eius (195). ¡Prudencia!, para que yo aprenda a ser discreto, para que salga siempre de mi boca -dominando mis naturales ímpetus- una respuesta sobrenatural.


3) ¿Cuál es el proceder de Jesús con sus padres? Narra el Evangelio que al verle se admiraron: et videntes admirati sunt. Et dixit mater eius ad illum: Fili, quid fecisti nobis sic? Ecce pater tuus et ego dolentes quaerebamus te (196); y le preguntó su Madre: Hijo, ¿por qué te has portado así con nosotros? Mira cómo tu padre y yo te buscábamos angustiados. Jesús responde: Quid est quod me quaerebatis? Nesciebatis quia in his quae Patris mei sunt, oportet me esse? (197). ¿Por qué me buscabais?

¿No sabíais que debo emplearme en las cosas que miran al servicio de mi Padre? ¿Será esto despego? No: es, sencillamente, colocar a la familia en el plano que le corresponde. En la Obra, que es evidentemente evangélica, que se nutre de la doctrina y ejemplo de Jesús, habrá de suceder lo mismo. Y así hemos de afirmar: el que no coloca a su familia de la tierra en un segundo plano, no conoce el espíritu de la Obra.

¿Es duro lo que acabo de manifestar? Hijos míos, no es mucho lo que Jesús nos pide en este aspecto. No nos exige que hagamos lo que Él, ni mucho menos; Jesús, que reafirma sus doctrinas con un comportamiento maravilloso, suele enseñarnos: te he marcado el camino con mi conducta, pero a ti no te pido tanto sacrificio; solamente esto... Y esto es colocar en primer lugar a mis hermanos sobrenaturales y, luego, a mi familia según la sangre.

¿Quiere esto significar que hemos de desentendernos de ellos? A las familias se les ayudará en todo momento, aun materialmente. Nuestras familias, con el camino que hemos elegido, salen ganando. Ganarán, desde luego, más que si hubiésemos seguido otras sendas. ¿No vemos todos los días lo que ocurre con el que abandona su casa para formar un hogar nuevo? La familia pasa a un tercer o cuarto término, y con cierta frecuencia es totalmente olvidada; la mujer, los hijos, la situación económica de su hogar, absorben su atención y su cariño; después vienen, si es que vienen, los padres y los hermanos. Es ley natural. En cambio, nosotros continuamos atendiéndoles y nos ocupamos de ellos. Pero sin preocupaciones, sin inquietudes, sin que ese hermano o ese padre llegue a quitamos la paz. No: por ese camino, no seríamos nosotros para la Obra, sino que la Obra sería para nuestras familias. Y eso supondría una catástrofe.

Cuando se trata de cumplir la Voluntad de Dios, la familia -al hilo del ejemplo de Jesús- no debe contar. Por eso no hemos de prestar atención, cuando se alce como un obstáculo en la tarea que nos ha marcado el Señor. ¿Cómo preferir a la familia, ni a nadie, cuando pretende algo que va contra nuestra santificación, o contra el apostolado, o contra el cumplimiento de la Voluntad divina? En esos casos, si se presentaran, respondamos a nuestros padres con las palabras de Jesús a María y José. Llenos de razón -porque las familias no tienen razón entonces-, aclarémosles que hemos de estar en las cosas de nuestro Padre celestial, que son -para nosotros- las cosas de la Obra.


(186). Cfr. Lc 2, 41.

(187). Lc 2, 43.

(188). En los primeros años, cuando la Obra no gozaba de ninguna aprobación escrita por parte de la autoridad eclesiástica, aunque se trabajaba de acuerdo con el Ordinario del lugar, el Beato Josemaría recomendaba discreción a quienes pedían la admisión en el Opus Dei, porque su vocación era como una lucecita que se acababa de encender, y -al no tener la protección de un respaldo canónico- fácilmente podía ser apagada por el viento de la incomprensión. Esa actitud no podía calificarse de secreto, ya que los frutos espirituales que se producían en las almas, al contacto con la Obra, eran evidentes. En todo caso, como repitió muchas veces el Fundador del Opus Dei, se trataba del "secreto de la gestación", que estaba bien a la vista de todos.

(189). Cfr. Lc 2, 44 ss.

(190). Cfr. Lc 2, 46.

(191). Sal 118, 100.

(192). Cfr. Lc 2, 48.

(193). Ibid.

(194). En las ciudades, los traperos solían recoger los desperdicios, sobras, etc. Para clasificar los distintos materiales, utilizaban unos ganchos largos, evitando emplear las manos.

(195). Lc 2, 47.

(196). Lc 2, 48.

(197). Lc 2, 49.