Crecer para adentro/E pluribus unum

From Opus Dei info
Jump to navigationJump to search

E PLURIBUS UNUM (*) (4-VI-1937)

J. M. Escrivá, fundador del Opus Dei

(*) Esta meditación fue dirigida por el Beato Josemaría en la noche del 3 al 4 de junio de 1937 (de 11.30 a 12.15), preparando la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que aquel año era el viernes, 4 de junio.


Ciérrense los ojos de nuestro cuerpo, ábranse los de nuestra alma; tengan paz nuestros oídos y pongámonos a escuchar la voz de nuestro Jesús. Hablémosle en confidencia amorosa, como amigos íntimos, como hermanos, como hijos. ¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti y, embriagado y sustentado de este amor, desentenderse completamente de las cosas mundanas!

¡Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera y quedase amorosamente hundido en tu seno, amándote sin cesar y siendo amado de Ti, y reviviese el encanto de aquella vieja leyenda del monje que pasó los siglos -siglos que no fueron sino un momento- arrobado, en la presencia de tu infinita hermosura! Decía la leyenda que saliendo el monje del convento, fuese al bosque; pero allí Tú te apareciste ante sus ojos. Él se quedó quieto, gozándose de tu vista. Cuando terminó su contemplación, se levantó para regresar al convento. Pero sus muros eran otros, viejos, desmoronados. Miró en torno suyo y vio muy añosos los árboles. Llamó, al fin, y un fraile en hábito negro le abrió. El monje contempló con asombro su propio hábito blanco; el que le había abierto era de otra Orden. Es que su contemplación había durado tres siglos y en ellos el mundo se había agitado, la revolución había pasado, arrollándolo todo, por aquellas tierras, y tras esos sucesos una nueva Orden se había asentado en el monasterio. Tres siglos del mundo, largos, llenos de devastación, de ruido, de agitación, no eran sino un momento ante la eternidad de Dios.

¡Jesús: verte, hablarte, amarte y sentirse amado de Ti! ¡Olvidarse de las ataduras de este mundo, librarse de su yugo y dejarte la plena posesión de nuestro corazón, abierto para Ti y sólo para Ti! Tú sabes, Señor, que te amo. Sí -te lo confieso como Pedro (100)-, Tú sabes que, a pesar de mi miseria, te amo, y que en medio de mis locuras no he dejado de amarte. Pues multiplica Tú, con tu poder y tu piedad, este amor hasta que no tenga límite ni medida. Hiere el corazón de este pobre y los de todos mis hijos, los de todos tus hijos, y aplícales tu cauterio para que nunca más deseen gustar de las cosas mundanas. Envuélvenos en las llamas de tu amor, y que nos consuman y nos curen y nos purifiquen. Dios mío, que seamos ya tuyos, tuyos solamente, y no nos sintamos atraídos por los goces y afectos de aquí abajo. ¡Oh, Jesús, si en este día en que celebramos la fiesta de tu Sagrado Corazón quisieses encerrarnos en Él para no salir nunca más!

Yo he imaginado para nuestras casas un blasón, para que lo hagan artistas de aquí abajo, en el que sobre un fondo de oro se mostrará un corazón coronado por una cruz pequeña, discreta, que apenas se vea. Dentro de este corazón habrá muchos, muchos corazones que lo llenen; y la leyenda será: E pluribus unum, de muchos, uno solo (101). He aquí nuestro deseo: unidad. Unidad en Cristo, unidad fundada en la caridad de Cristo, unidad por el amor a Él y unidad de todos, guardados por Él, luchando contra el mundo, contra sus atractivos y seducciones (102). ¡Tu cauterio, Jesús nuestro, sobre nuestro corazón, para que sólo a Ti aspire, para que desprecie los miserables entretenimientos de aquí abajo!

Yo quiero verme ahora, Dios mío, junto a la herida de tu pecho; y pensar en todos mis hijos, en todos los que ahora son miembros vivos de este Cuerpo vivo de tu Obra. Nombrándolos, consideraré sus cualidades, sus virtudes, sus defectos, y luego te suplicaré, empujándolos hacia Ti, uno a uno: "¡Adentro!". Los meteré dentro de tu Corazón. Así quiero hacer con cada uno y con todos los que vendrán después, durante siglos, hasta el fin del mundo, a formar parte de esta familia sobrenatural. Todos, todos unidos en el Corazón de Cristo, todos hechos uno por amor a Él y todos desprendidos de las cosas de la tierra por la fuerza de este amor acompañado de la mortificación. Queremos ser como los primeros cristianos; vamos a revivir su espíritu en el mundo. Empecemos, pues, por hacer real dentro de la Obra aquella afirmación: congregavit nos in unum Christi amor (103).

¡Pon tu cauterio, Jesús nuestro, en nosotros, por doloroso que sea! Porque Tú sabes, Señor, que nuestros corazones son de carne, abiertos por muchas brechas al asalto del enemigo. ¡Ah, si yo pudiera guardar dentro del mío los corazones de todos mis hijos! No es porque no quepan en él, que Tú, Señor, lo has agrandado; pero, ¿para qué guardarlos, si mi corazón es tan débil, si los muros que lo defienden ostentan tantas fisuras? Pero sí puedo pedirte, Dios mío, que Tú los guardes; que, poseídos de tu amor, sean fuertes contra la seducción de las cosas sensuales. Coloquemos este amor a Ti muy por encima de los placeres engañosos de la tierra.

Madre mía, en ti confío, en ti espero; intercede por mí para que -por tus ruegos- me conceda el Señor lo que le suplico.


(100). Cfr. Jn 21, 17.

(101). El Beato Josemaría renunció a la realización de ese proyecto, como a otros que le vinieron a la mente en los primeros años de la Obra. Cuando se expresaba así en esta meditación, o cuando anotaba otras ideas de este tipo en sus Apuntes íntimos, lo hacía para desahogar su corazón y para asentar gráficamente algún aspecto importante del espíritu de la Obra. En este caso, el pensamiento que late debajo de ese proyecto, que después desechó, es el deseo de que los fieles del Opus Dei -bien metidos en el Corazón de Jesucristo- mantengan siempre una unidad espiritual de inteligencias, de sentimientos y de voluntades, en su empeño por llevar a cabo la misión recibida de Dios.

(102). Evidentemente, el Beato Josemaría se refiere aquí al "mundo" en cuanto enemigo del alma, no al mundo en cuanto salido de las manos de Dios y lugar que él amaba apasionadamente, donde el cristiano corriente debe santificarse y santificar a los demás.

(103). Himno Ubi cantas.