Crecer para adentro/Cosas pequeñas

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COSAS PEQUEÑAS (19-VI-1937)

J. M. Escrivá, fundador del Opus Dei


1) Queremos hoy hacer eficaces, en nosotros, aquellas palabras del Evangelio de ayer, que recomiendan la fidelidad en las cosas pequeñas (105), Para eso, en una oración confidencial, iremos considerando ante Dios algunas virtudes, en las que conviene cuidar especialmente el detalle. Será, la primera, la de la obediencia en las cosas pequeñas.

La obediencia en los detalles es, desde luego, necesaria para la santificación y, a veces, indispensable para la perseverancia, para la continuación de nuestra vida interior. Cuando falla un resorte, por mínimo que parezca, todo el conjunto puede resultar seriamente averiado. La falta de unidad en lo pequeño no sólo causa perjuicio a uno mismo, sino que puede traer daños para la organización, para el cuerpo del que formamos parte.

Vemos una maquinaria grande, maravillosa, que funciona regularmente; pero si un diente de un engranaje se rompe, aunque sea tan pequeño, todo el trabajo del conjunto se resiente y corre el riesgo de bloquearse. Aquella actividad, aquella maquinaria marchaba con un orden admirable, que era goce de la inteligencia; con su rumor, recreo del oído, hecho de golpeteos poderosos, revelador de una vida sana y normal. Pero en un lugar secundario tenía... nada, un tornillito que empezaba a aflojarse. Un día el tornillo se desprende y viene a caer entre dos ruedas delicadas que, al engranar, se encuentran con ese obstáculo inesperado; un chasquido, una ruptura, y toda aquella maquinaria maravillosa se descompone, su marcha queda paralizada, y se hace necesario un trabajo largo y penoso, para reparar el daño causado por el descuido en el detalle (106).

Todos los días hemos de librar batallas contra nosotros mismos -¡ay del que no pelee, porque indicará que ha perdido la vida sobrenatural!-, para desarraigar de nosotros un vicio, para practicar una virtud. Esforcémonos, a costa del trabajo que sea, en ser fieles y obedientes hasta en lo pequeño. Todos conocemos que la obediencia puede resultar difícil. A veces tiene mando quien no reúne cualidades; otras, permite Dios que las órdenes dadas encuentren una resistencia enorme para su ejecución. Venzamos, en un caso y otro, la repugnancia natural a obedecer, desdeñando las críticas que la conducta del superior nos sugiera, olvidándonos de nosotros mismos. Aprendamos a obedecer sobrenaturalmente, con entrega plena de la voluntad, con prontitud, sin detenemos a pensar que esos mandatos provienen de un hombre imperfecto, sino pensando que provienen del mismo Dios. Obedezcamos siguiendo el consejo del Apóstol, que recomendaba la docilidad hasta a los malos, etiam dyscolis (107), bien entendido que no en las cosas malas. Que cada uno se recoja dentro de sí, y haga un profundo examen de conciencia, y busque rectificar, porque toda oración debe ser personal: cada uno ha de controlar en sí mismo el eco que despierta la consideración general.


2) Caridad en las cosas pequeñas. ¡Qué difícil y qué importante es practicar la caridad en los detalles! ¡En cuántas ocasiones se nos escapa, refiriéndonos a nuestro prójimo, la palabra dura, el juicio condenatorio, el gesto ofensivo! ¿Por qué? ¿Nos pide acaso Dios que los juzguemos? ¿No nos exige, al contrario, que cubramos sus miserias con la capa de la caridad? ¿Por qué hemos de hablar crudamente de nadie, aun cuando no nos falte razón en nuestras apreciaciones? Seamos lógicos. Las personas educadas, cuando necesitan designar una función repugnante, algo sucio o desagradable, no emplean el nombre propio, sino que -por respeto a quienes les rodean- usan un término que vele su fealdad. Hay muchas cosas feas en el mundo, mucha miseria, mucha suciedad moral; pero no existe ninguna necesidad de aludir a esos temas con palabras descarnadas. Al hablar de los defectos de nuestro prójimo, usemos esa cortesía -¡fina caridad!- que se emplea para señalar lo repulsivo, cuando haya que mencionarlo.

La abstención del juicio sobre nuestros hermanos, o esa delicadeza cuando no queda más remedio que juzgar, nos evitará además muchos disgustos, que suelen sobrevenir cuando el interesado conoce esas palabras. Si tales disgustos no nos importan personalmente, pensemos que pueden hacer sufrir al que está a nuestro lado, y también encontraremos así nueva ocasión de ejercitarnos en la caridad. Evitando la censura, aunque sea justa, de nuestro prójimo, evitaremos también el riesgo de convertirnos, poco a poco, en unos chinches que se distraen llevando chismes de una parte a otra; evitaremos ser, entre nosotros, como cardos que hieren a todo el que se les aproxima.


3) En el tercer punto de nuestra meditación, vamos a considerar la castidad en las cosas pequeñas. Cada uno de nosotros, en los once meses de agitación que llevamos (108), ha visto y ha corrido demasiado como para no haberse relajado algo en este punto. Quizá quien antes tenía un pudor delicado y una modestia firme, ahora se comporta con franca desenvoltura. Se explica así esa facilidad en el hablar, esa ligereza para contar cosas no pecaminosas ni soeces, pero sí inconvenientes. Y junto al chiste y al equívoco, junto a la palabra de doble sentido, el descuido de la modestia exterior (109). Repetiré lo que ya he dicho en otras ocasiones. Si es necesario, no debe asaltarnos ningún escrúpulo por no poder guardar esa modestia; lo contrario sería ñoñez, porque -no lo olvidemos- el pudor es naturalidad. Pero, si no hay necesidad, guardemos las formas que requiere la modestia, no olvidando que esta virtud y el pudor son las hermanas pequeñas de la pureza (110). Como prefiero no insistir sobre este tema, quiero terminar examinando en general las ventajas del cuidado en los detalles pequeños.

¿No proviene en general nuestro mejoramiento de un examen sincero, de un arrepentimiento verdadero ante Dios y de un propósito firme de rectificación? Sin embargo, ¡con cuánta frecuencia dejamos incumplidos nuestros propósitos, un día y otro! El mejoramiento no viene y la enfermedad se prolonga. Todo se debe a que no nos hemos aplicado a considerar el detalle, a quitar ese obstáculo pequeño que impide la marcha perfecta de la maquinaria. Eliminemos ese minúsculo defecto contra la obediencia, contra la caridad, contra la castidad..., que obstaculiza ahora la efusión de la gracia, y veremos como todo funciona maravillosamente.

Repetidamente hemos dicho que nuestra alma ha de ser como un jardín, para recreo y alegría de nuestro Maestro. Pues arranquemos de ese jardín las malas hierbas y ocupémonos de multiplicar las flores hermosas. A veces, habrá que cultivar amorosamente una virtud, a costa de los sacrificios y esfuerzos que sean necesarios; en otras ocasiones deberemos podar y escardar, arrojando lejos, sin contemplaciones, la mala costumbre, la planta nociva que vivía en nosotros. Para eso resulta indispensable afinar, poner empeño para discernir el detalle, ahondar en el examen para descubrir qué pequeña cosa hay en nosotros contra o fuera de la Voluntad de Dios. Y todo esto contando con su ayuda, que hemos de pedir sin cesar.

Dirijámonos a nuestra Madre, modelo de pureza, de obediencia, de caridad, y pongamos en sus manos nuestros propósitos para que los haga fecundos.


(105). Cfr. Mt 25, 21.

(106). Cfr. Camino, n. 830.

(107). 1 Pet 2,18.

(108). Alusión al tiempo transcurrido desde el estallido de la guerra civil.

(109). Hay que tener en cuenta que, durante el tiempo que el Beato Josemaría estuvo refugiado en el Consulado, en aquella casa llegaron a habitar casi un centenar de personas, hacinadas como podían en un espacio muy limitado.

(110). En todo momento, también en aquellas circunstancias verdaderamente excepcionales, el Beato Josemaría puso todos los medios para que -sin hacer cosas raras- los que con él vivían cuidaran las pequeñas virtudes que hacen amable la convivencia, también aquéllas a las que se refiere en estas líneas.