Crecer para adentro/Amor sobrenatural

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AMOR SOBRENATURAL (7-IV-1937)

J. M. Escrivá, fundador del Opus Dei


1) Cuando un miembro del cuerpo humano resulta herido, los ojos, las manos, la inteligencia acuden a remediar el daño. En este organismo sobrenatural de la Obra, se tiene que cumplir la misma ley. Cuando vuestros hermanos, mis hijos, sufren, ¿cómo permaneceremos nosotros impasibles? Si alguno se encuentra en un peligro próximo, aunque no sea inminente, ¿cómo vamos a quedarnos tranquilos? Yo padezco por aquellos miembros de la Obra, hijos míos, que están ausentes -en la trinchera, en la cárcel-, y comprendo perfectísimamente las palabras de San Pablo: "¿Quién de vosotros está triste y yo no estoy triste? ¿Quién de vosotros está enfermo y yo no estoy enfermo?" (4). Así sentía el Apóstol de las gentes la unión de caridad con sus hermanos. ¡Oración de los primeros cristianos, hasta en el gesto, con las manos alzadas al cielo! ¿Cómo no vaya pedir yo por los que están lejos, enfermos o en peligro? Señor, derrama abundantemente tus gracias sobre sus corazones y sus inteligencias y sus voluntades, unge con tu piedad cada uno de sus sentidos.

Con los medios sobrenaturales, hemos de poner en juego la obra de nuestras manos y de nuestros ojos: los medios humanos que Tú exiges que no se descuiden. Concretamente, en el caso de Ricardo, después de haber hecho todo lo posible, nos sentimos tranquilos, con esta paz que te debemos a Ti. Ahora pedimos que pueda realizar su proyecto sin que se siga daño para nadie. Que Juan -pedimos, en disyuntiva, su venida a la embajada... y vino- pueda pasar a la zona del país donde no se persigue a los cristianos, sin percance para su alma ni para su cuerpo. Y Chiqui... ¡con cuánta paz nos cuentan que lleva sus sufrimientos! Tendrá sus cruces interiores pero también, como todos, sus consuelos; esos consuelos que Tú sabes dar. Pido por él y también por todos los que se encuentren en un trance difícil, sin conocerlo nosotros (5).

Hijos míos, cuando el vendaval de la tentación remueve todo lo sucio que hay en el fondo de nuestra alma, cuando las tres concupiscencias de que habla San Juan (6) se ponen en pie como tres víboras, pretendiendo que nuestra voluntad y nuestra inteligencia y nuestra carne se rebelen, es para mí una ayuda maravillosa el recuerdo de las oraciones y sacrificios, que por mí ofrecen diariamente todos mis hijos. También las oraciones y sacrificios, que nosotros hagamos por nuestros hermanos, serán para ellos una coraza poderosísima contra la que se estrellarán los ataques del demonio. Cuando el enemigo nos tiente, brindándonos un goce pasajero -el orgullo, la vanidad, las apetencias de la carne, hemos de responderle: ¡eso que me ofreces es un engaño! Ad maiora natus sum!, he nacido para cosas más grandes.


2) Este amor sobrenatural a nuestros hermanos ha de estar por encima, muy por encima, de aquella otra caridad que debemos usar con los miembros de nuestra familia según la sangre. Por encima, pero sin disminuirla; al contrario. ¿Cómo no vamos a pedir para ellos, para todos, el fin de la guerra, la derrota pronta y definitiva de quienes se oponen a Dios? No por orgullo, ni por motivos humanos, sino por Ti, Señor, y por tu Iglesia: que cesen los horribles sacrilegios, los atentados nefandos que se cometen.

Mientras tanto, yo, ¿qué desagravio te estoy ofreciendo? Porque obras son amores y no buenas razones. ¿Dónde están mis sacrificios y mis mortificaciones? ¡Si apenas me mortifico en algo! Me parece oír las excusas de nuestra debilidad: ¿y cómo vaya vivir la mortificación, con esta falta de libertad? Sin embargo, yo os digo que hace más el que quiere que el que puede. Si busco con amor, ¿no voy a encontrar ocasiones de fastidiarme en pequeñas cosas, sin que nadie lo note? Concretamente, para hoy, vamos a buscar una pequeña mortificación, y a ofrecerla por esos hermanos nuestros que se hallan en un peligro mayor, y por los que también se encuentren en peligro sin que lo sepamos nosotros.


3) Como tercer punto de la meditación, vamos a considerar nuestro deber de defender la vocación de nuestros hermanos con uñas y dientes; con todos los medios lícitos de que dispongamos: especialmente con esta bendita oración y con estos sacrificios. Hoy, más que nunca, hemos de repetir: ¡Bendito sea el dolor, amado sea el dolor, santificado sea el dolor, glorificado sea el dolor! Repito que no cabe limitamos a pedir a Dios que les guarde hasta del menor pensamiento fuera del camino de la Obra, sino que hemos de ayudarles a perseverar, como podamos, protegiéndoles también para que rectifiquen, si han dado un mal paso.

Con la santa transigencia, con el cariño fraterno, ha de ir siempre unida la santa intransigencia en todo lo que se refiera a la vocación cristiana. Y con la santa intransigencia, la santa coacción y la santa desvergüenza (7). Jesús, si te amamos con toda nuestra alma, ¿cómo no hemos de usar en tu servicio -¡santamente!- la falta de respetos humanos que tienen para sus cosas los que se aman en la tierra?

Terminamos haciendo un coloquio con la Virgen, en el que recordamos la primera parte de la oración.


(7.) Cfr. Camino, n. 387.

Muchas veces el Beato Josemaría explicó que la santa coacción no tiene nada que ver con no respetar la libertad de los demás: sobre este punto, fue muy explícito muchas veces. Por ejemplo, en una de sus Cartas afirma que la expresión compelle intrare (oblígales a entrar), de que habla el Señor en una parábola del Evangelio (Lc 14, 23), «es una invitación, una ayuda a decidirse, nunca -ni de lejos- una coacción»; «no es como un empujón material, sino la abundancia de luz, de doctrina; el estímulo espiritual de vuestra oración y de vuestro trabajo, que es testimonio auténtico de la doctrina; el cúmulo de sacrificios, que sabéis ofrecer; la sonrisa, que os viene a la boca, porque sois hijos de Dios (...). Añadid, a todo esto, vuestro garbo y vuestra simpatía humana, y tendremos el contenido del compelle intrare» (Carta, 24-X-1942, n. 9).

4. Cfr. 2 Cor 11, 29.

5. A Ricardo Fernández Vallespín, director de la Residencia DYA, le sorprendió el comienzo de la guerra civil en Valencia, donde realizaba gestiones para abrir una nueva Residencia universitaria. Para él se había reservado un puesto en el Consulado de Honduras; pero se le presentó la ocasión de pasar al otro lado del frente en una zona poco guarnecida, y así lo hizo poco después.

Juan Jiménez Vargas, entonces recién licenciado en Medicina, ayudó mucho al Beato Josemaría en los primeros días de la guerra, cuando se veía precisado a huir de un sitio a otro. Consiguió que le admitieran (como si fuera un enfermo) en una clínica dirigida por el Dr. Suils, donde estuvo seguro algún tiempo. Luego tuvo que dejar ese refugio y -tras una serie de peripecias llenas de peligro- pudo reunirse con el Fundador del Opus Dei en el Consulado de Honduras, donde aprovechó el puesto que Ricardo no había llegado a ocupar. Entró en ese refugio diplomático la tarde de este mismo día, 7 de abril.

"Chiqui" era el apelativo familiar de José María Hernández Garnica. Al empezar la guerra civil fue encarcelado en Madrid por los milicianos, estuvo a punto de ser fusilado, y pasó luego muchos meses en prisión, en Valencia. El Beato Josemaría se hallaba muy preocupado por él, porque además estuvo enfermo en la cárcel.

6. Cfr. 1 Jn 2, 16.