Crecer para adentro/Amor a Cristo en su Pasión

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AMOR A CRISTO EN SU PASIÓN (28-VI-1937)

J. M. Escrivá, fundador del Opus Dei


Vamos a revivir algunas escenas del Evangelio, durante esta oración. En la petición final, rogaremos que se nos conceda un fuerte amor a Cristo.

Nos hallamos en la casa que la diligencia de Pedro y de Juan había dispuesto para la Última Cena. Jesús se ha levantado de la mesa donde celebra con sus discípulos la Pascua; requiere agua, una toalla y, con gran sorpresa de todos, se dispone a lavadles los pies. Pedro protesta y quiere evitarlo; pero, ante la insistencia de Jesús, se somete enseguida: ¡Señor, no sólo los pies, sino las manos y la cabeza! (139). Líbrenos Dios, con este ejemplo, de falsas humildades, de falsas virtudes que, en realidad, no son sino obstáculos al obrar del Señor.

Seguimos a Jesús en su Pasión, que va a comenzar. Le vemos en el Huerto de los Olivos, donde se recogía para orar con sus discípulos. Los dolores inenarrables de la Pasión han comenzado. Todos nuestros pecados pesan sobre Cristo; sobre Él cae el rubor que nosotros hemos rechazado, Él sufre la pena a que nuestros pecados nos han hecho acreedores. Su sudor es ya sangre (140), y sus palabras muestran mejor que ninguna otra cosa la intensidad de su sufrimiento: ¡Padre, si es posible, pase de mí este cáliz! (141).

Mientras tanto, sus discípulos, a los que ha ido a buscar, duermen. Nosotros, Jesús, nos atrevemos a pensar que no nos hubiéramos dormido... Pero ya se oye una algazara que despierta a todos. Los soldados y los criados del Pontífice vienen a prender a Jesús. Es el Maestro quien se adelanta. ¿A quién buscáis? Respondiéndole: a Jesús Nazareno. Díceles Jesús: soy Yo (142). No han podido resistir la voz de Cristo y caen derribados por tierra (143). Pero Jesús se deja conducir al martirio, como oveja al matadero (144).

Insultos en las casas de Anás y de Caifás. Escarnios y burlas en casa de Herodes. Cobardía de Pilatos... Y la flagelación, y la coronación de espinas.

Estamos ahora en el camino del Calvario, por donde Cristo arrastra su Cruz. ¿Vamos a permitir que la lleve solo? Si el mundo se ha de redimir por el sufrimiento, ¿por qué ha de ser únicamente Jesús quien padezca? No, carguemos también nosotros con nuestra cruz -esa cruz que han de abrazar todos sus seguidores (145)- y unamos nuestro dolor al de Nuestro Señor para la redención del mundo. Seámosle fieles en el sufrimiento y que Él nos conduzca al Calvario para morir con Él. Muramos, sí, y adquiramos una nueva vida después de esta muerte en Cristo y con Cristo.

¡No seas Tú sólo, Señor, el que padece y el que muere! Acepta nuestro deseo: queremos sufrir Contigo por la salvación de nuestros hermanos, queremos morir en tu Cruz y resucitar para gozarte a Ti eternamente en la verdadera Vida: a la Cruz y a la gloria nos llama nuestra vocación de cristianos.

La Cruz ya está erguida. Los hierros cosen al madero la carne del Redentor. La sangre gotea del entero cuerpo llagado. Contemplando todo esto hay dos personas, las más allegadas en la tierra a Jesús: la Madre y el discípulo. Para ellos -y para nosotros- suena antes de morir la voz de Cristo: Mujer, he ahí a tu hijo. He ahí a tu Madre (146). Después de esto, ¿no nos vamos a considerar verdaderamente hijos de Nuestra Señora? A ti nos dirigimos, Madre nuestra, pidiéndote que nos hagas dignos de este honor; que, en lo sucesivo, sepamos comportamos como verdaderos hijos tuyos, y que nuestro amor y nuestro trato contigo crezcan de día en día; que te encontremos en nuestro camino, a la hora de la amargura; y, en nuestro Calvario, a la hora de los sacrificios costosos.

Ha muerto ya el Redentor. Este cadáver que descuelgan Nicodemo y José de Arimatea, lívido, sin una gota de sangre, es la Víctima de nuestra maldad. Fueron nuestros pecados los que le mataron. No bastará, por eso, todo nuestro llanto para embalsamarlo dignamente. Pero los afectos, que suben del corazón ante Jesús muerto, no son para expresarlos en voz alta. Dígaselos cada uno a este Dios que nos escucha y forme, en su presencia, los propósitos que considere oportunos.


(140). Cfr. Lc 22, 44.

(141). Mt 26, 39.

(142). Jn 18, 5.

(143). Cfr. Jn 18, 6.

(144). Cfr. 18 53, 7.

(145). Cfr. Mt 16, 24.

(146). Jn 19,26-27.