Crónica auténtica de la tuna y el embajador

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Por Satur, 19.09.2006


Habíamos cantado en una tertulia con Don Álvaro. En el autobús nos cambiamos el traje de tuno por el de calle. Como por la tarde asistíamos a oficios, alguno se puso un traje azul oscuro, pero -¡horror¡- se le olvidaron los calcetines. No le dio más importancia.

Comimos en un restaurante cerca de la Plaza España. Allí, en los postres, propuso nuestro mecenas (el que nos gritaba ¡¡¡para la Virgen, coño, para la Virgen!!!), que podríamos visitar la embajada de España en el Vaticano y proponer al embajador cantar a su esposa, si la tenía, y a sus hijas, si las tenía, o a su perro, o a él mismo. En fin, un plan nada concreto y que, probablemente, lo que pretendía era que ocupáramos el tiempo en algo en lugar de andar zascandileando por Viale Corso, dispersos y dejados de la mano de Dios.

Allá que nos fuimos ocho tipos, el del traje sin calcetines a la cabeza. La embajada de España está a escasos metros de la Plaza de España. Un palacio muy romano y tal, con una cancela o verja en la entrada protegida por unos policías y una especie de bedel, así como con galones y cara de llamarse Poyales. Muy amable se acerca hacia nosotros y pregunta “¿desean ustedes algo?”...

- Pues sí, queríamos visitar al señor Embajador.

- ¿Tienen visita ya concertada? – susurra Poyales.

- Pues sí – mentimos sin el menor sonrojo. Tenemos vista concertada.

- ¿Y quién le digo que son ustedes?

- Usted dígale solamente que han venido los de Barcelona (lo nuestro era la mentira pertinaz).

Se aleja Poyales de la verja y se dirige a una oficina que hay cerca, descuelga un teléfono y escuchamos “señor Embajador, disculpe, pero hay un grupo aquí que dice que tiene entrevista concertada con usted ahora…

Nos miramos y pensamos a cascala, nos vamos a cascala”.

“Sí, señor Embajador, dicen que son “los de Barcelona”…muy bien, muchas gracias, señor Embajador”.

Se acerca a nosotros sonriendo y mientras abre la cancela dice “pasen, por favor, el señor Embajador les está esperando”.

Nos volvimos a mirar, y si Poyales supiera algo de psicología habría advertido nuestra cara de sorpresa, esa que alargas la mandíbula hacia abajo, sacas los ojos y enseñas las palmas de la manos.

Subimos una escalera inmensa, anchísima, imponente, acompañados de un policía. Arriba nos esperaba un mayordomo con librea y todo: Baldomero pata negra. Cruzamos una salón con tapices preciosos y alfombras de que te cagas, y en el siguiente salón, de tonos rojos y cuadros de muchos borbones y señoras de época, nos dice “esperen, por favor, pronto vendrá el señor Embajador”. Y se queda allí de guardia en la puerta.

Para estar en sitios así hay que tener clase y ser un tipo de cuna y esa no era la biografía de algunos de los que allí estábamos. Alguien se pone a contemplar los cuadros que adornaban las paredes. Uno era un retrato de una señora muy vieja, parecía la abuela de Felipe V – de las que conoció el Mar Muerto cuando estaba Enfermo -, muy escotada, mollar y con cara de gallina – aunque ya se sabe que “gallina vieja da mejor caldo”. El tío la mira con curiosidad y hace una elegante indicación a Baldomero reclamando su presencia. El hombre se acerca.

- Oiga, quería hacerle una pregunta.

- Usted dirá, caballero.

- ¿Es ésta la mujer del Embajador?

A Baldomero le entró una arcada de risa, que trataba de evitar porque en su oficio esas expansiones ante desconocidos le están prohibidas, y entre lágrimas de risa contenida le contesta “me temo que no, me temo que no….”

En ese instante entra el Embajador, vestido muy elegantemente, mirándonos a todos como de hito en hito, como si buscase a alguien, como si esperase que uno de nosotros le dijera “¡hombreeeee, Nuño!”. Porque el tío se llamaba Nuño, que también hay que tener para ir por la vida con ese nombre, y encima se apellidaba AGUIRRE DE CÁRCER Y LÓPEZ DE SAGRADO. Un pasote de apellido con dos DE y una Y. Tela, pero tela tela.

Pero nadie dijo eso de “¡hombre Nuñoooooo!”, y nos limitamos a presentarnos uno a uno a su excelencia : “Luis, médico”, “Satur, licenciado en Historia”, “César, panderetero fálico”, y así hasta ocho.

Nuño Aguirre de Cárcer y López de Sagrado y de Cepeda y Ahumada nos invitó a sentarnos en unos sillones espléndidos, alrededor de una mesa de de Caoba de Cibeles (Cibeles, no conduzcas). Y allí llegó su primera sorpresa. A su lado, a escasos centímetros, se sentó el médico, el del traje azul oscuro, el que no llevaba calcetines y, claro, al sentarse la pernera del pantalón queda más alta que el tobillo y si, encima, descansas una pierna sobre otra, pues es que te rilas. Aguirre de Cárcer y López de Sagrado no estaba preparado para ver aquello: un tobillamen peludo como un felpudo.

Nos preguntó.

- ¿Cómo no habéis llamado cuando llegasteis, como quedamos?

- Es que… es que… es que le queríamos dar una sorpresita, señor embajador.

- Ah… ¡ya entiendo!. Y qué, ¿habéis vendo en avión?.

- ¡Hala, en avión!, en autobús.

Estaba claro que nos habíamos colado, que no éramos la gente que él esperaba, y él lo sabía también, pero un embajador es un señor que siempre queda bien, quiero decir que no se levanta y dice “iros a tomal pol saco, panda de macarras, fuera de mi embajada”. Así que hizo de tripas corazón y decidió estar un poquito con nosotros.

Se acerca Baldomero, que estaba en la puerta, y susurra al oído de Nuño “señor Embajador, ¿sirvo el café?”. Nuño le miró como diciendo “sí hombre, gilipollas, encima dales café”, pero como le habíamos escuchado, asintió.

Aparece Baldomero con un carrito con tazas de café de ónice y platino iridiado, terroncitos de azúcar y complementos varios. Nos va sirviendo uno a uno a los ocho comensales mientras el del tobillo de oso se enrollaba con Nuño sobre el UNIV, el Papa, la Tuna, el Padre, la Opus. Los demás chupeteábamos las tazas, y repetíamos café (era magnífico) como posesos.

Nuño comenzó a darse cuenta de que aquello se le escapaba de las manos y no sabía como mandarnos a freír espárragos.

En ese momento entra la mujer de Nuño. La esposa del Embajador. Vestida de largo y rojo, muy elegante –lo que hacía sospechar que también esperaba a alguien más “in“ que nosotros. Andaba muy pizpireta, muy simpatiquilla, vivaracha, como de puntillas. Más joven que el Embajador, y nada que ver con el retrato que colgaba justo a su espalda y que Baldomero no pudo por menos que comparar y lanzar una mirada cómplice al de la preguntita.

- Hola, hola, hola, ¿qué tal estáis?.

- Muy bien – nos levantamos todos al unísono. Y nos presentamos , “Luis, médico”, “Satur, historiador”…

- Pero, bueno – exclama como haciéndose la enfadadilla - ¿cómo no habéis llamado como quedamos?.

- Ya le hemos dicho al señor Embajador que les queríamos dar una sorpresita…

- Sentaros, sentaros.

Tomamos asiento y, ¡ acertasteis!, ella se colocó al lado del Mandril, y al ver el tobillo – que lo tenía a distancia de “quisiera ser un pez para poner mi nariz en tu pecera“ - se puso como el vestido que llevaba: no daba crédito a lo que veía.

Entonces a un descerebrado de los ocho le salta la pinza y dice.

- Señor Embajador …¿verdad que cuando estás en la Embajada estás en España ¿.

- Pues sí. estamos en España.

- Pues en España el café siempre se acompaña con una copita…

El Embajador , que pensaba que se desharía pronto de nosotros, no contaba con eso y, además, no le había podido explicar a su mujer el lío en que estaban metido. Miró al que había hecho la observación como pensando “no te meto un guantazo porque soy Aguirre de Cárcer y López de Sagrado, mamón, más que mamón”. Asintió de nuevo y ordenó a Baldomero que dispusiera la mesa de cognacs y licores.

Cuando entró Baldomero uno gritó “¡¡¡Viva España!!!, y todos coreamos “¡vivaaaaaaa!”. Excuso describir la cara del matrimonio. Traía el tío un carrito repleto de botellas y con tres tipos de copas : grandes, medianas y pequeñas.

Doy por hecho que imagináis cual cogimos todos.

El tobillo moñiga dice entonces…

- Café, copa y….

- ¡¡¡PUROOOOOOO!!! – gritamos todos a una.

Y allí que nos estábamos en amigable tertulia con nuestro cafetito, nuestra copita y nuestro purito, encendido con una velita por Baldomero, y coreando de vez en cuando “¡Viva España!.... ¡¡¡¡ vivaaaaaa!!!.

Curiosamente, a la mujer de Nuño le pareció muy bien que la tuna viniese a cantar a la despedida que tendría lugar dos días más tarde en homenaje al embajador de Bélgica en el Vaticano. Sería allí, en la embajada de España, y asistirían todos los embajadores y autoridades del Vaticano. A ella le pareció un detalle muy español que los tunos amenizáramos antes de la comida el aperitivo.

Y en estas que aparece Baldomero y susurra al oído a Nuño “señor Embajador, un grupo de Barcelona acaba de llegar y dicen que tiene cita con usted”.

Casi me trago el puro al oír eso… ¡los auténticos de Barcelona aparecen ahora, después de habernos chupado su café, su copa y su puro!

Y entran unas diez personas, elegantemente vestidas, y uno al frente con los brazos abiertos con eso de “¡tío, ¿cómo estás?”.

O sea, que Nuño esperaba a un sobrino y sus invitados. Sobrino que, visto lo visto, hacía muchísimos años que no veía y que, además, era de Barcelona.

Lo que es la vida.

Nos presentamos los dos grupos, nos despedimos del Embajador – la cara , todo un poema – y dimos nuestros besitos de rigor a su esposa que nos citó para dentro de dos días en la Embajada.

Y salimos a la calle con la cara roja roja roja, del cognac, del humo de los puros, y del atracón de risa que nos dio bajando las escaleras.


Dos días después del sucedido, estábamos al pié de la escalera de la Embajada eufóricos, nerviosos y atolondrados. Sabíamos que ése iba a ser uno de los grandes bolos de nuestra vida. Íbamos a estar con la biuti del Vaticano, a pisar moqueta, a codearnos con los grandes del mundo.

A esas alturas de nuestra vida tunera estábamos más que acostumbrados a grandes eventos. Habíamos cantado al Papa en decenas de ocasiones, y en los escenarios más variopintos. El molt Horinable Jordi Pujol era coleguita nuestro. Betino Craxi nos dio un propinón que quitaba el hipo. Presidentes de clubes de fúmbol, todo un ilustre Colegio de Notarios, la Asamblea Anual de los Caballeros del Vino… habíamos cantado a aristócratas, a médicos prestigiosísimos, a Dalí convaleciente en el castillo de Púbol, incluso a la directora de San Miguel de la Asesoría despachando con la de San Rafael de la región de España en una terraza de Viale Corso...

La verdad es que pensábamos que eran dos turistas y comenzamos a cantarles en un recorrido rondallero por las mesas. Las dos se nos quedaron mirando de una manera, ¿cómo lo diría?, como las modelos de las pasarelas, que miran así como muy chulas, muy concentradas, como pensando “a ver si me acuerdo del camino de vuelta”. Y nosotros, ignorantes de su condición de fieles de la prelatura con compromisos de celibato, hala, dale que te pego a cantarles, y a piropearles, y a pasarles la pandereta por las narices. Y el barbas, venga, a ponerse de rodillas delante de ellas y a contonearse hacia atrás mostrándoles el Discovery. Y ellas, nada, ni una ceja movían. Aunque coloradotas sí que estaban. Y nosotros, moscas porque no soltaban ni una lira, pensando que eran dos lituanas piadosas, pero que desconocían nuestro idioma, comenzamos a gritar “¡¡¡bella cacatúúúúúa, pasta, solta li pasta!!!

Entonces, se incorporan las dos y , ¡¡¡horror!!, vemos que llevan distintivo de la UNIV en la solapa. El que llevaba la bandera de la tuna, con el emblema del UNIV bien grandote, se quedó como si le hubiesen echado un bote de tipex, el barbas se comía la pandereta , y la peña salimos en estampida Viale arriba.

Por la noche nos dieron un toquecito, pero nada serio. Como unas chispitas en el Purgatorio.

A lo que iba, que estábamos en la puerta de la embajada de España en el Vaticano.

Habíamos cantado en muchos eventos, y eso nos había hecho perder la vergüenza, el respeto por el público, el miedo escénico que todo artista tiene antes de un directo.

La noche anterior prometimos a los de la convivencia –envidiosos de nuestros privilegios como tunos– que llevaríamos obsequios del aperitivo. Principalmente licores, whisquis, y todo tipo de espumosos. Hay que decir que por aquellos años se bebía con manguera en los UNIV en tertulias piratas donde muchos veían su vocación de una manera fantástica: alguno llegaba a ver el dedo de Dios que le señalaba desde el cielo “ TÚÚÚÚÚÚÚ QUOQUE”.

Pitaban como rosquillas… o, como decía un sacerdote que viví con él unos cuantos años, “joder, Satur, por lo visto en Filipinas pitan como mierdas”. Pues eso.

Entramos cantando esa de “Clavelitos”. Cruzamos el primer salón, a rebosar de tíos con bandas de todo tipo de colores sobre fracs oscuros, uniformados con corchetes dorados y galones, señoras de largo y diseños de “dale que te pego, morena sí”, mayordomos, obispos, cardenales, monseñores. En el segundo salón estaba nuestro embajador NUÑO AGUIRRE DE CÁRCER Y LÓPEZ DE SAGRADO, su esposa (que al ver al del tobillo mandril dio un ligero respingón), el embajador de Bélgica, al que se le despedía y homenajeaba, su esposa, y más peña emperifollada.

Como siempre, cantamos cinco canciones para abrir boca. Ya sabéis, “¡venga, tuna, para los que saben querer!”, ¡viva la Belgique! ¡viva el Papa!, ¡viva le Vaticanne!”.

Llegó la hora del aperitivo y los tunos nos desperdigamos aquí y allá buscando los carritos que guiaban unos camareros. Fuimos directos al mayordomo, que ya nos conocía, y en un aparte, le cogimos unas botellas. Las capas de los tunos, en el forro, tienen un enorme bolsillo y allí depositamos los licores. En total diez de nosotros ocultábamos el preciado botín en el interior de la capa.

Mientras picoteábamos observamos a un cardenal con una copa en la mano que conversaba amigablemente en distendida tertulia. Nos acercamos cuatro tunos al grupo y nos presentamos

- Hola, somos de España. La tuna… ¿conocen la tuna de España?. Bueno, en realidad somos del UNIV. Universitarios que venimos de romería a ver al Papa y al Padre. ¿Conocen al Padre, don Álvaro del Portillo?. Ayer tuvimos una tertulia con él… ¡una pasada!. Y el Papa nos recibe el sábado.

El cardenal y los contertulios, nos miraban lo mismito que las directoras de la Asesoría. O muy parecido. Algo así como si te dijeran “¿por qué no os vais a tomal pol saco, imbéciles?”.

Pero , nada, nosotros, raca raca, porque es que no nos enterábamos.

En éstas estamos y uno le pregunta al cardenal

- Oiga, ¿usted qué es?

- ¿ Cómo que qué soy? – dice con fuerte acento francés.

- Sí que usted qué es, que si es monseñor, obispo…

- Soy cardenal – contestó muy serio y muy aristocrático.

- ¡¡¡ Cardenaaaaal !!!, ahí vaaaaaaaa… ¿y cómo se llama?.

- Me llamo Poupard.

Poupard era toda una eminencia entonces. Un crack. Prefecto de no se qué de la Cultura y de la Madre que lo Parió.

Y va el tuno, sin cortarse un pelo, directo a la piscina, y le expeta.

- ¿Sabe que hay una canción que le va usted como anillo al dedo?

Poupard no movió un pelo. Se agarró al solideo esperándose lo peor.

Y el descerebrado va y reclama a los tunos que por allí pululamos y exclama “venga, tuna, vamos a cantarle al cardenal esa de ¡Pupédesí Pupédeson pupépoupaaaaard”. Y le rondamos con la cancioncita.

Al prelado no le hizo ninguna gracia. Ninguna.

Cantamos las cinco canciones de la segunda parte, pero en un estado más lamentable. Entri que nos habíamos tomado unas cuantas copitas, entri que las botellas que llevábamos en el forro pesaban y al movernos con el balanceo clásico de la tuna chocaban unas con otras, delatándonos el ¡clin, clin, clin!, pues, en fin, salimos como pudimos.

Terminamos con una canción especial para el belga: le importan Çe la rose. Una cucada.

Y regresamos a la convivencia felices. Fuimos recibidos como héroes por la peña al ver las botellas en nuestras manos.

Y nunca jamás volvimos a ser invitados a ninguna Embajada.

Poupard, desde aquel día, tampoco volvió a ser el mismo.

Quede claro que nosotros, cuando cantábamos, alegrábamos al Papa, no como otros, que es que le amargaban la existencia. Imagino los berridos del tío del acordeón.

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