Como se fragua un suicidio y, de paso, mi historia

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Por Fein, 12 de noviembre de 2008


Os llevo leyendo mucho tiempo y es la primera vez que escribo. Yo no llegué a estar dentro, sólo frecuenté un club del Opus durante dos años, desde los 14 a los 16. Mi experiencia fue corta pero intensa y el hecho de que muchos años después siga leyendo sobre el tema Opus es la prueba de que dejó mella. Antes de ir a este club, no había oído hablar del Opus, no tenía idea de qué era, lo que hizo que, cuando una amiga del colegio me animó a ir a unas clases de cocina y guitarra que daba una organización religiosa me hizo sospechar y desconfiar, así que antes de ir le pregunté a mi padre qué sabía él y la respuesta que me dio fue que le parecía muy bien que fuese porque se trataba de personas muy bien relacionadas que me podían ayudar en el futuro a encontrar un buen trabajo. Mi padre sólo conocía el Opus de oídas...

El club me impresionó desde el principio, la gente tan simpática, el sitio más lujoso de mi ciudad, un nivel al que yo no estaba acostumbrada. La mayoría de las chicas que lo frecuentaban venían de un colegio de la Obra y de un ambiente distinto al mío. Yo iba a un colegio de monjas más humilde. Desde el principio confié mucho en la chica (¿como la llamáis?) con la que tenía las charlas.

En dos años pasaron muchas cosas, fui a un retiro, me insistieron mucho para que fuese a más pero a mi me resultaban muy caros y mis padres no querían pagármelos. Por la misma razón no fui a los campamentos de verano que ofrecían en Cádiz. En un momento dado me dijeron que debía hablar con la directora para comenzar a ir al círculo una vez a la semana. Mi estancia en el club coincidió con la visita del Papa Juan Pablo II a España y viví muy de cerca la preparación del viaje, fui con la gente del club detrás del Papa allá donde iba y me di cuenta de la situación privilegiada del Opus cuando las entradas que nos dieron para el encuentro con los jóvenes en el Bernabeu eran las mejores de todo el campo, cuando mis compañeras del colegio sólo veían al Papa de espaldas.

Poco a poco las chicas que yo conocí al poco de llegar al club empezaron a dejar de ir, y las tardes de sábado que eran tan animadas fueron haciéndose cada vez más extrañas porque cada vez éramos menos. Yo desconocía la razón. Pero yo seguía yendo igual, después me enteré de que me llamaban “la fiel fein”. Se dio el caso de que en el círculo estaba yo sola la mayoría de las ocasiones y eso me hacía sentir incómoda. Me daba cuenta de que nunca eran claras conmigo, no te contaban porqué vivían así, lo que era una numeraria, o porqué tenían esa aversión a los chicos, cuando para mi era lo más natural relacionarme con ellos. Alguna vez me dijeron que debía consultar antes de leer un libro, pero yo era una lectora compulsiva y leía todo lo que caía en mis manos, así que no se me pasaba por la imaginación hacer caso en semejante cosa.

En algún momento llegaron a pedirme que hablase con mis padres para que hiciesen una donación mensual al club, a lo cual tampoco hice caso.

Unas navidades hicieron un concurso de belenes. En mi casa el belén consistía sólo en un misterio muy sencillo, así que no quería concursar, pero se empeñaron en ir a mi casa para valorarlo, supongo que para tener la oportunidad de hablar con mis padres y tantearles.

En definitiva, no me enteré de casi nada de lo que significaba el Opus mientras estaba allí, porque nunca fueron claras conmigo. A través de esta web he aprendido mucho más.

Paralelamente al tiempo que yo estuve en el club, mantenía mi grupo de amigas, que además eran vecinas y con las que coincidía en el colegio y en la parroquia, una iglesia de barrio con un ambiente bastante progre, nada que ver con el ambiente del club. Mi empeño por hacer apostolado con este grupo de amigas caía en saco roto, sólo conseguí que viniesen una vez al club a ver una película de video, ellas ridiculizaban todas las paranoias que observaban en el club y a mi eso no me gustaba nada.

Una de mis vecinas, algo mayor que yo y que no pertenecía a mi grupo de amigas, era hija de supernumerarios. Esta chica iba también a mi colegio un par de cursos más que yo. No pasaba desapercibida, era bastante guapa y muy precoz en lo que respecta salir con chicos, ir a discotecas… Su madre era profesora en el colegio al que pertenecía la parroquia a la que íbamos nosotras. Siempre iba muy arreglada, y muy seria. Además de esta chica tenía varios hijos varones, creo que algunos numerarios. De repente observamos, mis amigas y yo, un gran cambio en su hija. De ser una cabra loca, pasó a no tener relación con sus amigas del colegio, a cambiar de hábitos, su forma de vestir, dejó de llevar pantalones y por supuesto, a dejar a los chicos. Nos contaba que ella iba a un club distinto al mío, y también insistía en que la acompañásemos alguna vez.

Por entonces yo ya estaba cansándome de mi club y me daba cuenta de que aquello no tenía nada que ver conmigo. Antes de empezar a ir, mi vida interior y mi relación con Dios eran muy ricas y muy cercanas y durante aquellos dos años había empeorado por tanto sentimiento de culpabilidad por no poder cumplir con las muchas exigencias que me imponían. En vez de facilitarme las cosas me las estaban empeorando y puedo decir que ese es el mayor daño que me produjo, el que sufrió mi vida interior. Pero para mi, dado mi carácter, no era fácil decir que lo dejaba sin más. Yo cuando me comprometo a algo lo hago hasta las últimas consecuencias.

La chica de la que os hablaba nos había ofrecido, a todo mi grupo de amigas, darnos en su casa (ella vivía en el séptimo y yo en el primero) unas charlas semanales. Era mi oportunidad para renunciar al Opus de forma progresiva, y así lo conté en el club. La idea no les hizo mucha gracia, pero lo aceptaron como mal menor.

Así que empezamos a subir al séptimo una vez a la semana. Tanto mis amigas como yo éramos muy críticas con los temas de las charlas, porque chocaban mucho con lo que oíamos en la parroquia. No podíamos aceptar, por ejemplo que nos dijeran que el demonio había estado presente en el Concilio Vaticano II. Así continuamos por algún tiempo (no recuerdo cuanto) al final lo fuimos dejando poco a poco. Respecto a la chica de la que os hablaba, no era buena estudiante, así que mientras todas nosotras empezamos a hacer una carrera universitaria, ella empezó a ir a un centro de estudios de la Obra a hacer un curso de secretariado y empezamos a observar nuevos cambios. Parece que tenía problemas en estos estudios. Dejó de frecuentar el club y el ambiente de la obra y poco a poco su aspecto iba empeorando a marchas forzadas, parecía enferma. La interpretación que nosotros hacíamos era que desde su familia había recibido muchas presiones para dejar su vida anterior, sus amigas y entrar en la Obra pero que no siendo esa su verdadera vocación ni dar la talla, el Opus no la había aceptado y se vio rechazada. Me imagino el terrible dolor que puede significar sentirse rechazado por todo el mundo o sentir que no cumples con las expectativas, ni de tu familia, ni del Opus, ni de los estudios y encima quedarte sin amigas. Supimos que estaba medicada y en tratamiento psiquiátrico. Cada vez estaba más deteriorada.

Un verano, la parroquia organizó un viaje por Europa y la madre supernumeraria decidió apuntar a su hija cuando ya estaba en un estado lamentable, supongo que pensando que entre todos le podríamos ayudar un poco. Era como un zombi. No era capaz de mantener una conversación normal. Intentábamos ser simpáticos con ella, pero era difícil, porque no seguía nuestro ritmo. Yo me sentía muy culpable por no poder ayudarle más.

Poco tiempo después, un día nos enteramos de que se había lanzado desde su ventana del séptimo a uno de los patios interiores de la casa, parece ser que estaba hablando por teléfono con el psiquiatra y le colgó el teléfono para ir hacia la ventana, su madre corrió detrás de ella pero no llegó a tiempo.

Todos, en la parroquia estábamos terriblemente conmocionados. Nos preguntábamos como se tomaría la familia y el Opus el tema del suicidio, ya que sabemos que para ellos es un pecado terrible. Nunca lo supimos. Sólo que en nuestra parroquia se celebró el funeral y no vimos a nadie del Opus allí. A la madre no le vimos derramar una lágrima y su aspecto de mujer seria y perfectamente arreglada no cambió después. Lo que es claro es que el Opus debió perder el interés por esta chica y nunca se volvió a preocupar por ella, la dejó totalmente tirada en las peores circunstancias.




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