Caso raro o... síndrome de Estocolmo

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Por Cara, 17 de enero de 2007


Entre en contacto con la Obra por el año 72, cuando contaba con 17 años, era una chica idealista, impulsiva, alegre, con gran capacidad para hacer amistades, - era capaz de montar reuniones con mas de 30 ex compañeras de colegio-, estrenaba estudios universitarios, quedé alucinada con esta gente, con el ambiente de la residencia donde me invitaron a estudiar, con las nuevas compañeras, me sentía importante, era una nueva vida, un ambiente que no había conocido, máxime cuando vivía en una ciudad pequeña al otro lado del charco, pero sobretodo me fascinó el espíritu de la Obra, el que se pudiera “santificar la vida ordinaria, que no era necesario ser religioso, cada uno en su sitio, ser en suma un cristiano corriente”, aquello era novedoso.

Conmigo ocurrió tal y como tantos y tantos de vosotros habéis explicado en esta web, el ambiente me fue envolviendo, empecé a ir a diario por la residencia, pero sobretodo amaba aquello, conocí al fundador y estuve en algunas de las tertulias que se montaron, era una fan absoluta.

Pité, pero no sabía lo que estaba haciendo, hasta el momento en que me vi con el boli y el papel y se me dijo lo que debía escribir, no tuve valor para negarme, no pité como numeraria, eso fue una pequeña decepción, pero lo acepté, al fin de cuentas “ellas veían mejor que yo mi vocación, tenían Gracia de Estado o algo así”, me dijeron que al ser hija única tenía responsabilidades para con mi casa, pero yo barrunté que era porque adolecía de un problema físico. Ahora al leer el Vademécum lo he podido comprobar, de todas maneras le oí decir a Monseñor Escrivá, que “el puchero era el mismo para todos“, pero ¡qué va!, casi enseguida comencé a ver las diferencias entre las distintas “vocaciones”, diferencias de trato y de exigencia, sin embargo intenté no dar mayor importancia, ceñirme a mis obligaciones y tareas, era la primera de mi grupo y debía ejemplo a mis hermanas, aunque cada día me sorprendían con exigencias de las que no tenía ni idea antes de entrar.

Di a la Obra algo así como tres años de mi vida a dedicación completa, en ese tiempo me volví taciturna, perdí la alegría, me ahogaba entre tanta norma, me sentía un bicho raro en mi casa, no era “ni carne ni pescado”, empecé a cuestionar las cosas que veía, a hacer y a hacerme preguntas, lo que me valió mas de una reprimenda, pasé por la dirección de casi todas las numerarias del centro, ninguna se pudo hacer conmigo, pero el punto de inflexión fue cuando la persona que yo más admiraba y quería, en un momento de rabia o en un mal momento suyo, me dio una reprimenda tan dura, tan vejatoria, tan injusta, me humilló tan horriblemente que fui incapaz de reaccionar y no logré recuperarme de aquello. A partir de allí todo fue cuesta abajo. Supongo que me fui cinco minutos antes de que me echasen, y siempre he tenido la duda, no sé bien “si me fui o me fueron”, enviaron a buscarme, pero yo no volví más.

De pronto me encontré sola, todas mis amigas, mi mundo se quedó dentro, mis antiguas amigas a quienes no pude convencer para que frecuentaran la Obra, me habían abandonado, estaban en otro rollo, las que fueron mis hermanas, muchas no me hablaban, me ignoraban, las de mi grupo, tenían prohibido relacionarse conmigo, aunque alguna me iba a ver a escondidas, en una ciudad pequeña como aquella, nos tropezábamos un día si y otro también, recuerdo el dolor que sentí al marcharme, la desolación, la decepción, la rabia, el resentimiento, la amargura, el remordimiento por haber sido infiel a mi vocación, el miedo a condenarme por haber sido orgullosa y no haber sabido perdonar, me atormentaba la frase que escuche al fundador “nadie que se va es feliz”, mil pensamientos y sentimientos se cruzaban por mi mente y por mi corazón, estaba sola, no tenia a quien recurrir, mi familia no sabía nada, no se enteraron cuando entré, ni tampoco cuando salí, tuve que apechugar yo con el trauma que supuso todo esto, sin embargo odio, no creo que llegase a tenerles, nadie odia lo que amó tanto en su día.

Conseguí con mucho esfuerzo acallar mi conciencia y partir de aquí, me dediqué a vivir en rebeldía, procuraba hacer las cosas más locas porque sabía les llegaba la noticia, ¡ingenua de mi, llegué a pensar que les importaba¡. Me casé con otro descreído y sólo por lo civil, - un matrimonio desde todo punto de vista improcedente-, me fui de mi país y durante 24 años he vivido al margen de todo aquello, al margen de la iglesia, al margen de Dios, tuve dos hijos, que aunque bautizamos, no me preocupé especialmente de su formación religiosa, les dejé crecer libres de ataduras “mentales”, de lo cual supongo algún día daré cuentas, acallé la voz que de vez en cuando pretendía salir.

Debo decir que en la actualidad llevo 3 años separada, mis hijos viven por su cuenta y a pesar de todo son buenas personas. Un día hace casi cuatro años, encontré de casualidad la manera de comunicarme con aquella directora que tanto daño me hizo, le escribí y saben ¡me contestó!, ¡no me lo podía creer!, desde allí nos hemos escrito en fechas señaladas, hemos hablado y resulta que al parecer, ella ni siquiera fue consciente del daño que me causó, ni siquiera supo que fue ella el principio del fin de mi salida de la Obra, ni siquiera sabía que su actitud fue la que me quitó definitivamente la venda de los ojos, la venda que yo trataba por todos los medios de mantener, por miedo a salirme de la barca.

Regresé de visita a mi país y fui a aquel centro a visitarlas, me recibieron con cordialidad, algunas incluso con alegría, pude comprobar que se habían flexibilizado en muchos puntos. No sé, habían cambiado y me pareció que para bien.

De regreso al país donde resido, una mañana que estaba haciendo gestiones del trabajo, pasé por delante de una iglesia y entré, resultó que era de ellos, es una iglesia digamos pública, pero que son sacerdotes de la Obra los que la llevan, entré y me encaminé hacia un confesionario,- habían cuatro funcionando- hice una confesión general y sentí que volvió la calma a mi espíritu, desde ese día he continuado yendo, no tengo relación con nadie, no conozco a nadie de la Obra en esta ciudad, ni quiero conocer, sólo me relaciono con ese sacerdote y sólo a través del confesionario y cuando yo lo estimo necesario, simplemente voy, porque me gusta esa iglesia, me es familiar, es pequeña y recogida y me permite unos minutos al día hacer una reflexión u oración.

Estoy de acuerdo con muchos de vosotros, en cada testimonio que he leído y leo, reconozco lo que he vivido dentro del Opus Dei, sé lo manipuladores que pueden llegar a ser, sé que el único objetivo es el proselitismo, que no hay nada más importante, sé lo que es la labor de San Rafael, sé lo de las charlas, lo de las normas, lo intransigentes que pueden llegar a ser y sobretodo, sé lo que he vivido y lo mal que lo he pasado dentro, sin embargo a pesar de ello, me siento cercana, sin que ello quiera decir que volvería aunque pudiera – que no es el caso-, ese toro ya lo he lidiado y conservo las cicatrices aún. A qué es un caso raro o el Síndrome de Estocolmo, pero es mi testimonio.



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