Carta de Álvaro del Portillo sobre la reforma litúrgica y el Opus Dei, 15.X.1991

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Por Álvaro del Portillo, 15-X-1991

Amor y respeto a la liturgia de la Iglesia en todos los desarrollos legítimos del Concilio Vaticano II. Criterios para sacar el máximo partido espiritual de los amplios espacios de libertad que dejan las leyes litúrgicas vigentes, teniendo siempre como objetivo el bien de los fieles y la piedad del sacerdote.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Entre los innumerables motivos de filial agradecimiento a nuestro queridísimo Padre, deseo hoy recordaros su ejemplo y su enseñanza de veneración y de amor a la sagrada liturgia de la Iglesia, en la que —de modo eminente en la Santa Misa, en el Sacrificio Eucarístico— se realiza la obra de nuestra Redención [1]. He dicho mil veces, a todos mis hijos —nos escribía en 1956—, que la misa es el centro y la raíz de nuestra vida interior: y hay para esto todas las razones. Per Ipsum, et cum Ipso, et in Ipso: porque Él es el Camino, el Mediador: en Él, todo; fuera de El, nada. En Jesucristo, y enseñados por El, nos atrevemos a decir —audemus dicere—: Pater noster. ¡Filiación divina, fundamento de todo nuestro espíritu! [2].

Era esta fe profunda —y profundamente ilustrada teológicamente— la que movía a nuestro Fundador a vivir y enseñar a vivir la sagrada liturgia como alimento y parte esencial de la vida espiritual, cuidando con plena obediencia a la Santa Sede —con extremada delicadeza de amor— todo lo relativo a la liturgia, sin descuidar ningún detalle, por pequeño que pareciese. Ya en 1930, concretamente el 17 de noviembre, escribió que todos los miembros de la Obra han de tener especial empeño en seguir, con todo interés, todas y cada una de las disposiciones litúrgicas, aun de las que parezcan poco o nada importantes. El que ama no pierde un detalle. Lo he visto: esas pequeñeces son una cosa muy grande: AMOR. Y obedecer al Papa, hasta en lo mínimo, es amarle. Y amar al Padre Santo es amar a Cristo y a su Madre, a nuestra Madre Santísima, María. Y nosotros sólo aspiramos a eso: porque les amamos, queremos que omnes, cum Petro, ad lesum per Mariam [3].

Nuestro Padre nos enseñó, desde el principio, a vivir la liturgia de la Iglesia con un rigor que acercaba las almas a Dios [4], aunque chocase en algunos ambientes: ¡Cuántos se han escandalizado al observar la sencillez de nuestros oratorios, la sobriedad del culto, la energía con que hemos intentado volver a la simplicidad primitiva de la liturgia, rompiendo con barroquismos y ñoñerías, que habían invadido la casa y el altar de Dios! Pero estoy seguro de que así agradamos a Dios —-facilitamos a tantas almas que se acerquen a El—, aunque muchas veces no agrademos a los hombres [5]. Los que sois menos jóvenes, recordaréis, por ejemplo, cómo nuestro Padre promovió —siempre dentro de las normas entonces vigentes— la participación activa de los fieles laicos en las funciones litúrgicas, muchos años antes del Concilio Vaticano II, cuando no era nada común e incluso llamaba poderosamente la atención: el diálogo litúrgico, la recitación por parte de los fieles de algunas partes del propio de la Misa, etc.

A lo largo de los siglos, la liturgia ha sido objeto de numerosos cambios, que la han ido enriqueciendo y adaptando a los diversos tiempos, de ordinario en forma lenta y gradual, aunque no han faltado momentos históricos en los que han tenido lugar reestructuraciones más profundas y generales. Como sabéis, con la Constitución Sacrosanctum Concilium, el Concilio Vaticano II puso en marcha un proceso de profunda reforma litúrgica, que se fue realizando mediante numerosos documentos sucesivos de la Santa Sede. Han sido años de progresiva instauración de nuevos ritos, no exenta de vaivenes normativos, con aspectos provisionales ad experimentum, etc. Es bien conocido que, en esos años, no fueron pocos quienes —contra la letra y el espíritu del Concilio y de las normas posteriores— introdujeron ilegítimamente otros muchos cambios, y se produjeron abusos gravísimos, llegándose a perpetrar tremendos sacrilegios. Tan grave se presentó la situación en muchos sitios, que el Santo Padre Juan Pablo II, en 1980, no dudó en pedir —pública y solemnemente— perdón a Dios, en nombre de todos los Obispos, por los abusos existentes en el culto eucarístico [6].

Nuestro Fundador siguió con el mayor amor y una heroica prudencia la nueva instauración litúrgica, y con una plena obediencia a la Iglesia fue incorporando a su propia vida y a la de sus hijos todos los cambios que iban siendo obligatorios. En la base más íntima del espíritu del Opus Dei —nos decía, cuando se promulgó el nuevo Misal—, está el amor a la Iglesia y la veneración y el cariño al Romano Pontífice. En consecuencia, nosotros obedeceremos a la Iglesia y al Romano Pontífice. Yo que no soy tan joven he cumplido cuarenta y un años hace poco [7] —, volveré a aprender a celebrar la misa. Poned empeño en obedecer filialmente.

Así que amaremos esta liturgia nueva, como hemos amado la vieja. Este es el espíritu bueno, ésta es la manifestación de nuestro amor al Romano Pontífice —he dicho Romano Pontífice—, y a la Iglesia de Dios [8]. Este amor suyo a Dios, a la Iglesia, al Papa y a las almas, hizo que nuestro Fundador sufriera lo indecible ante los gravísimos abusos —¡no imagináis cuántos y de qué triste envergadura!—, que ya se extendían por todo el mundo. A la vez, su heroica prudencia —nunca la subrayaremos como merece— le llevó a tomar con energía las medidas que, como Padre y Pastor, eran de su competencia, para que la obediente aplicación de las nuevas normas litúrgicas en los Centros de la Obra, sin prisas innecesarias, no se viese inficionada por incertidumbres ni, menos aún, por desviaciones. Y su modo de hacer y de gobernar mereció los plácemes de hombres de la Iglesia que llevaban las riendas del gobierno. De ahí, por ejemplo, que —a la vez que daba con prontitud las indicaciones precisas para adoptar los cambios ciertamente obligatorios— nos recomendase mantener los aspectos de la liturgia anterior que no hubiesen sido expresamente abolidos y elegir, entre las diversas posibilidades que, en muchos casos, ofrecían las nuevas normas, las que tuviesen mayor semejanza con la liturgia precedente: así se evitaban precipitadas improvisaciones en materia tan importante, mientras no se clarificara la situación.

Han pasado ya más de veinticinco años desde que inició ese delicado proceso de reforma litúrgica y, aunque siguen dándose desgraciados y graves abusos en no pocos sitios, la situación general se ha decantado y clarificado, tanto en lo que se refiere a las mismas normas como a su interpretación —no siempre evidente— y aplicación. Como os decía al inicio de esta carta, he querido insistir brevemente en algunos aspectos de esta materia, para que renovemos nuestro agradecimiento a Dios, por la salud espiritual de nuestra Obra y la fidelidad a la Iglesia en la que nos hemos mantenido en tiempos de desconcierto muy generalizado: gracias a la Providencia divina sobre la Obra y, ciertamente, a la fe, al amor, a la prudencia y a la fortaleza de nuestro Fundador. Deseo también recordaros que, como Pastor de la Prelatura, tengo el deber de continuar tomando las medidas oportunas para que caminemos siempre en la más plena obediencia y unión al Romano Pontífice, siguiendo fielmente el espíritu y el ejemplo de nuestro Padre: amaremos esta liturgia nueva, como hemos amado la vieja. Se trata, pues, no sólo de observar unas prescripciones, sino de amar, cada día más, la liturgia tal como la Iglesia nos la propone. Nosotros —hoy, como siempre— debemos gustosamente y en todo sentire cum Ecclesia[9].

Me causa alegría considerar —porque así lo vivió nuestro Padre— que también los actuales ritos nos ayudan a crecer en nuestro amor suave y vivo hacia la Sagrada Escritura [10], como Palabra de Dios que es proclamada en el seno mismo de las acciones litúrgicas. A la vez, la liturgia confiere a nuestra piedad la dimensión plena, corporal y espiritual, personal y comunitaria, de nuestra adoración y culto a Dios. Pensad, por ejemplo, que cuando en el Credo de la Misa profesamos nuestra fe, lo hacemos no sólo como personas singulares, sino como Iglesia: es el Cuerpo Místico de Cristo el sujeto que, en nosotros y a través de nosotros, exclama: Credo...! El acto de fe es personalísimo, pero se refiere siempre a una fe que es la fe de Iglesia y que sólo en la Iglesia se puede profesar en plenitud. Meditad también que, en la Santa Misa, no está nunca solo el sacerdote —que actúa y ofrece el Sacrificio in persona Christi— con los que asisten: en toda celebración del Santo Sacrificio del Altar, por Cristo, con Cristo y en Cristo, se hace presente la Iglesia universal, de modo que no es nunca la celebración particular de un grupo, pequeño o grande, sino que se realiza siempre cum Papa nostro et Episcopo nostro, cum episcopali ordine et universo clero et omni populo [11]. De ahí, por ejemplo, que la Iglesia haya deseado una mayor participación orgánica de los fieles —cada uno según su modo propio—, ejercitando su sacerdocio real; y haya señalado indicaciones y recomendaciones precisas para hacer posible esa participación. De ahí, igualmente, que se haya insistido en la posibilidad y aun en la conveniencia de algunas concelebraciones, que ponen de manifiesto la misma unidad de consagración y misión de todos los presbíteros y requiere su comunión jerárquica con el orden de los Obispos [12].

Los libros litúrgicos actuales recogen, para las diversas ceremonias, una notable variedad de rúbricas y textos tomados de la riquísima tradición de la Iglesia: distintas Plegarias Eucarísticas, diálogos litúrgicos opcionales, mayor libertad para la elección de lecturas, etc. Al mismo tiempo, algunos ritos y gestos litúrgicos han sido adaptados para que expresen con mayor claridad lo que significan [13], y, en ocasiones, han sido dejados ad libitum. En conjunto, por tanto, las normas litúrgicas son ahora mucho más flexibles que antes. Es evidente que no sería sentiré cum Ecclesia en esta materia, limitarse por principio a realizar exclusivamente lo que es estrictamente obligatorio, ni tampoco pretender poner siempre en práctica todas las posibilidades no preceptuadas, con independencia de las circunstancias: sin distinguir, por ejemplo, si se trata de una Misa dominical en un oratorio grande o en una iglesia, o de una Misa ferial en un pequeño oratorio a la que asisten pocas personas, etc. No es cuestión, por tanto, de buscar, entre las variantes posibles, las que más se parezcan a la liturgia anterior ni, por el contrario, las que sean más distintas, como tampoco de adoptar una completa uniformidad, en un sentido u otro; hijos míos, se trata de conocer y vivir la sagrada liturgia de la Iglesia con un amor a Dios y al bien de las almas, que crezca de día en día. Por todo esto, a nadie debe extrañar que no haya plena uniformidad entre los sacerdotes, por ejemplo, en todos los detalles del modo de celebrar la Santa Misa. Pero —aparte de lo claramente preceptuado como obligatorio— en lo que todos han de coincidir es en ser muy piadosos, contando para esto con la ayuda de los demás, también mediante la corrección fraterna, cuando sea oportuna.

Hijos míos sacerdotes: al considerar que, dentro de los límites marcados por las leyes litúrgicas, gozáis de completa libertad en el uso de las variantes posibles en los diversos ritos y oraciones —nunca hemos tenido, ni tendremos, en la Obra una liturgia propia—, recordad también que, en las celebraciones con pueblo, es lógico que no os guiéis sólo por vuestras personales preferencias, sino que atendáis primariamente al bien de los fieles; sin olvidaros, naturalmente, de las disposiciones que se han establecido, y se establezcan, para las celebraciones litúrgicas en los Centros de la Prelatura, pues un mínimo necesario de orden y de previsión exige que haya determinaciones que no deban quedar a la discreción de cada sacerdote, con la consiguiente desorientación para los fieles que asistan a la celebración litúrgica.

Recordad también que hay modos de estar y de moverse en el presbiterio y ante el altar, de tratar los vasos sagrados, de realizar las lecturas, etc., que quizá nunca estuvieron explícitamente preceptuados, pero que siempre han sido, y serán, muestras de respeto, de urbanidad de la piedad—¡de amor!—, que sería lamentable descuidar por dejadez o por una mal entendida naturalidad. La liturgia es sagrada liturgia, y exige actitudes —interiores, en primer lugar, pero también exteriores— igualmente sagradas [14]: no me lo perdáis de vista nunca, hijos míos.

Para concluir esta carta, deseo exhortaros una vez más, a todas y a todos, en nombre de nuestro Padre, a vivir la liturgia de la Iglesia con un amor que procure crecer incesantemente, y que se manifieste siempre en la reverencia, en la delicadeza, en la finura con que tratamos las cosas santas, con que tratamos al mismo Señor nuestro, que se nos entrega constantemente para la gloria de Dios Padre y la santificación de las almas.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+Alvaro

Roma, 15 de octubre de 1991.




  1. Cfr. Concilio Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 2.
  2. De nuestro Padre, Carta, 8-VIII-1956, n. 19.
  3. De nuestro Padre, 17-XI-1930, en Apuntes íntimos, n. 110
  4. Cfr. Camino, n. 543.
  5. De nuestro Padre, Carta, 6-V-1945, n. 29.
  6. Cfr. Juan Pablo II, Epist. Dominicas cense, 24-11-1980, n. 12.
  7. Son palabras que nuestro Padre pronunciaba en 1969, cuando llevaba cuarenta y un años de vocación a la Obra.
  8. De nuestro Padre, 30-XI-1969.
  9. Recordad lo que, sobre estos mismos puntos, os escribí ya en mi Carta del 30-IX-1975, nn. 64-65.
  10. Conc. Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 24.
  11. Misal Romano, Prex Eucharistica III.
  12. Conc. Vaticano II, decr. Presbyterorum Ordinis, n. 7.
  13. Cfr. Conc. Vaticano II, Const. Sacrosanctum Concilium, n. 21.
  14. Cfr. Juan Pablo II, Epist. Dominicaa cenae, cit., n. 8