Carta abierta a Don Rogelio

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Por Un antiguo alumno, 18.03.2009


A la atención de Don Rogelio.

En las fiestas navideñas no puede evitar uno acordarse de las personas a las que no ha visto en mucho tiempo, y la curiosidad de saber qué ha sido de ellas es difícilmente reprimible. En muchos casos, eso supone hacer el esfuerzo de husmear buscando un rastro desdibujado, hasta localizar a esos seres que han representado un papel importante en nuestra vida y han salido de ella en silencio, sin que hubiera ocasión de sincerarse con ellos. Ése ha sido mi caso, y realmente lamentaría mucho que usted o yo desapareciéramos de este mundo sin haberle expresado todo lo que siento. Por suerte, he podido encontrar su dirección, o la que creo que es su dirección, y me apresuro a escribirle, aunque finalmente tardo en echar la carta porque me toma cierto tiempo encontrar las palabras justas.

Hace entre ya bastantes años que no nos vemos, don Rogelio. En ese tiempo he viajado mucho, he conocido personas de distintas condiciones, oficios y nacionalidades, con grados de bonhomía variables, desde la ruindad malintencionada a una sorprendente delicadeza. Y he de reconocer que entre todos ellos no consigo convocar en mi imaginación ningún recuerdo más repugnante que el suyo. Este recuerdo es tanto más espeluznante por cuanto usted ejerció una influencia sobre mí en años cruciales del desarrollo cognitivo, y no puedo evitar pensar que una parte de mi personalidad actual ha sido modelada por usted, que hay algo de usted en mí...

Sí, don Rogelio, usted me conocía bien. Pero no le voy a decir quién soy: ahora soy yo quien le conoce bien, mientras que usted no será capaz de reconocerme. La última vez que nos vimos yo fui incapaz de oponer la menor resistencia a su débil argumentación, y usted creyó seguramente que había alcanzado a controlarme como tantas otras veces, como cuando hacía que cayera llorando a sus pies, o que temblara como una hoja a sus palabras, calculadas para introducirse en los puntos flacos del interlocutor, y hacer daño si se considera necesario. Cuando abandoné el Opus Dei, a los diecinueve años, lo hice sin poder exponer demasiadas razones, aunque ese abandono, o esa defección, como podría llamarlo usted y como sin duda lo veía yo también en aquel momento, era sentida de un modo visceral, como una necesidad perentoria. Quizá le sorprenda saber que la tarde que escribí mi última carta al prelado experimenté una situación de alivio incongruente con el borrón que, supuestamente, acababa de echar sobre mi alma. El cuerpo tiene razones que el alma ignora. Desde entonces no sólo no me he convertido en una de esas personas tristes que se supone que somos los desertores de la Obra, sino que he experimentado una plenitud indescriptible. Sólo ahora disfruto de una realización personal y de un sentido moral de los que antes carecía por completo. Usted desconoce sin duda que un año en el Opus Dei no vale lo que un día fuera del Opus Dei. Y, a mi ver, tampoco merece descubrirlo. De modo que vayamos a lo que realmente me interesa.

Yo no sé si alguien le habrá dicho alguna vez que su conducta —una conducta, sin duda, institucionalizada— es incongruente. Usted nos exigía a los adolescentes que tuviéramos carácter sin darnos la oportunidad de desarrollarlo. Que tuviéramos criterio propio sin enseñarnos a ejercitarlo. Los adscritos debíamos tener mucha personalidad, nos decía, pero al mismo tiempo debíamos consultar una cantidad de cosas que habría ruborizado a un fariseo. Usted exigía un rendimiento académico sobresaliente a adolescentes muertos de sueño que perdían la mitad de la jornada yendo de casa al centro, del centro al colegio, del colegio al centro y del colegio a casa, desperdigándose en actividades peregrinas, círculos y meditaciones, por no mencionar las dos horas diarias de normas de piedad y esa absurda conversación de pasillo que suplantaba cualquier otra forma de vida social. Se esperaba que tuviéramos curiosidad intelectual, negándosenos al mismo tiempo la libertad le lectura, e incluso el acceso a una biblioteca medianamente digna. Debíamos ser la sal de la tierra, derrochar simpatía, tener innumerables amigos y aficiones, cuando la presión constante, renovada anualmente de manera burocrática y recordada a cada instante, era llevar gente al centro, invitar a la meditación, conseguir pitables, presión que determinaba una conducta kamikaze y que concluía por hacernos odiosos en nuestras clases, convirtiéndonos en alumnos marginales y marginados que al cabo de tres años sólo podían relacionarse con los otros adscritos del mismo colegio. Usted sabe de sobra que esto es un fenómeno generalizado. Reconozcámoslo: la Obra arruina personalidades en un lapso de tiempo extraordinariamente breve. A veces me encuentro por la calle a los numerarios de mi generación, que algún día fueron muchachos pletóricos e imaginativos, convertidos en tipos ojerosos de sonrisa congelada, cuya desinformada conversación incurre en ciertos tics lingüísticos inexistentes fuera de los centros de la Obra, tipos que han perdido, en fin, los intereses de su juventud, y que con mucha frecuencia trabajan en instituciones del Opus Dei, sin duda porque nadie les contrataría en ningún otro sitio.

Pero lo peor no es eso, sino el hecho de que usted aprovechara el ascendente de su posición en beneficio de la institución para la que vive y trabaja. Supongo que usted no está tan abstraído como para dejar de ver la facilidad con que se hacen y deshacen vocaciones: en cuanto un adscrito no funciona como es debido, se descubre que esa no era realmente su vocación, se le explica que todo se trata de un lamentable error, y se le despide más o menos amablemente por la puerta de atrás. Y lo contrario —que es mi caso—: en cuanto alguien manifiesta la más ligera preocupación existencial, todavía en el umbral de la infancia, se le convence inmediatamente de que su vocación es la de numerario o numeraria. Inmediatamente, y mediante un engrasado trabajo en equipo —en el que, por cierto, los sacerdotes juguetean a menudo en los límites del sigilo sacramental—, el niño es integrado a un mundo adulto que no es el de su familia, y que está llamado a sustituir a su familia generando una dependencia, también afectiva. El hecho de aprovecharse de su edad y de su posición para convencer a niños de catorce o quince años de que mientan sistemáticamente a sus padres es indignante y equiparable, en grado más leve pero no menos indecente ni traumático, al abuso físico que muchos otros sacerdotes y educadores practican aprovechándose exactamente de las mismas circunstancias. Ser un adulto y tratar con niños y jóvenes exige un especial sentido de la responsabilidad del que usted obviamente carece. Abusando de la confianza que yo había depositado en usted, me incitó a engañar a mi familia, a abandonar mis amigos (de forma expresa, con nombres concretos), a descuidar toda preocuación honesta, incluida la profesional, y a desperdiciar años enteros en lugares siniestros que poco o nada tienen que ver con el mundo real, por más que el nominalismo campante elevado a filosofía inspiradora del Opus Dei afirme constantemente lo contrario de lo que se practica. Ésas son las flores que usted quiere poner delante de su Señor: almas anémicas, atrofiadas, mezquinas, de seres informes que llegan a viejos reprimiendo tentaciones inanes, sin saber qué han hecho exactamente con sus vidas.

No sólo soy el único que piensa así. Cuando me encuentro con amigos del colegio hablamos a veces de usted y de los profesores. No demasiado, porque la cosa se ventila con facilidad: eran ustedes unos indocumentados suficientemente inconscientes para no ver la maldad que estaban produciendo. Pero usted tiene que ser consciente, y si no lo era antes tiene que hacer el esfuerzo de serlo ahora: es un deber de justicia.

Sí, los antiguos alumnos hablamos de usted y de sus perfumes, de usted y de sus estilográficas, de usted y de sus relojes, de usted y de su risa atiplada. Nos acordamos a veces de usted, y nos reímos un rato, y pasamos a otra cosa. Porque por suerte estamos ahora muy lejos de todo aquello, y tenemos cosas mejores en que ocupar el tiempo.

Permíteme, en fin, Rogelio, que antes de despedirme te tutee, despojándote del último pedestal simbólico que todavía conservabas en mi imaginación. Esta carta es, no hay por qué negarlo, un ajuste de cuentas. Ahora bien, no quiero privarte del derecho de réplica, que podrás ejercer dirigiéndote a la dirección que figura más abajo. La verdad es que tengo curiosidad por saber si eres capaz de entablar un diálogo de hombre a hombre, en igualdad de condiciones, y no de hombre a niño. Si no me identifico públicamente (la coordinadora de la web sí tiene todos mis datos) es porque sé demasiado bien cómo sois en la Obra, y no quiero que mañana un numerario llame a mi puerta o a la de mis familiares para explicarme lo mal que me porto. Que empleen el tiempo en juzgarse a sí mismos. Sin embargo, hay otro motivo para mantenerme en el anonimato, y es que quiero que repases mentalmente la lista de todos los muchachos a los que has maltratado psicológicamente a lo largo de los años, y caigas en la cuenta de que conformamos una larga nómina, tan larga que no serás capaz de dar conmigo. De hecho, quizá no estoy completamente solo al escribir esta carta: tengo la sensación de estar dando voz a muchos otros que no te olvidan.

Sinceramente

Un antiguo alumno


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