Carta "Res omnes", José María Escrivá, 9 de enero de 1932

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Es una reconstrucción fragmentaria a partir de las citas publicadas en los seis tomos de Meditaciones (ed. segunda Roma 1987, 1989-1991) y en algunos volúmenes de la serie de Cuadernos (de momento, los números III, V, VII-VIII). Los lugares de localización de esos fragmentos se ordenan según la división de números de la Carta. Se indica el comienzo y el final de cada cita mediante paréntesis cuadrados [...]; los paréntesis redondos que advierten sobre omisiones de texto (...) pertenecen a la cita tal como ha sido editada. En los tomos de Meditaciones se indica primero su número y después, tras un punto (.), el número de la página donde aparece cada cita. La serie de Cuadernos se menciona con la abreviatura C seguida del número de volumen unidos por un guión (-) y después se añade el número de la página con indicación de la respectiva nota.
Aparecen fragmentos de la carta Res omnes en estos lugares: 1: VI.140. 2: III.726, VI.134, II.456. 3: IV.549. 4: C-VII.120 n.30, IV.500. 5: II.103. 6: II.103, VI.228. 7: C-V.114 n.29, I.435, II.361. 9: C-VII.21 n.22, I.467, V.235, III.569, V.236, V.236, III.567, III.378. 10: III.568. 12: C-VII.5 n.1, IV.286, V.230. 13: IV.605, IV.288. 14: C-VIII.43-44 n.13. 15: III.753, IV.630. 17: II.722. 19: IV.492. 21: III.504, C-VIII.163 n.20, V.321. 22: V.321, VI.358 VI.355. 23: VI.136. 27: VI.133. 28: I.496, II.717. 31: I.500. 32: VI.78. 33: C-V.110 n.13, C-VII.133 n.7. 35: V.456. 37: I.500, VI.334, I.501, II.676. 40: II.548, III.379. 41: C-VIII.216 n.3, II.549, III.459. 42: C-VIII.215 n.1, C-VIII.223-24 n.28, III.459, III.461. 44: C-VIII.221 n.17, IV.577, I.472. 45: C-VIII.218 n.7, II.550. 46: C-VIII.217 n.5, C-VIII.218 n.7, III.460. 47: C-VIII.223 n.27, IV.576. C-VIII.222 n.21. 49: C-VIII.222 n.22. 50: C-VIII.219 n.13. 51: C-VIII.219 n.12. 52: C-VIII.222 n.25. 55: C-VIII.223 n.26. 61: V.474. 62: III.505. 63: V.201. 64: C-VIII.162 n.15, V.201, V.200, III.508. 65: C-VIII.161-62 n.14, III.506. 66: III.509. 67: I.612, IV.683. 68: II.616. 69: II.612, II.616, I.668. 70: I.668, III.682, IV.650. 71: III.681, III.680, IV.649. 72: IV.650, I.723. 73: C-VIII.142 n.22, IV.504, IV.651, IV.653. 74: C-VII.181 n.22, IV.505. 75: C-V.114 n.33, C-V.117 n.43, C-V.121 n.1, C-V.130 n.33, C-VII.126 n.18, C-VII.131 n.2, III.381, IV.236. 76: I.372. 81: I.472, V.473, II.492, III.752. 82: V.83, III.753, VI.135-36, III.754. 83: C-V.70 n.24, III.754, III.113, II.564, II.608. 85: : C-VIII.30 n.3, I.563, II.462, I.564, I.564, II.465. 86: C-V.73 n.32, C-VII.91 n.19, II.465, I.576, VI.326. 87: C-VIII.173-74 n.25, II.494. 88: C-VIII.162 n.16, II.494, V.103, III.508. 89: C-VIII.162-63 n.18, C-VIII.173-74 n.25, III.507. 90: C-VIII.32-33 n.15, C-VIII.34 n.22, C-VIII.174 n.27, C-VIII.177 n.42, C-VIII.284 n.13, IV.127, IV.534, I.110, III.491, VI.408. 91: V.529, II.720, V.8. 92: C-VIII.147 n.4 C-VIII.149 n.13, V.530, VI.174.

1 RES OMNES [...] no queremos librarnos de las trabas —santas— de la disciplina común de los cristianos. Queremos, por el contrario, ser con la gracia del Señor —que me perdone esta aparente falta de humildad— los mejores hijos de la Iglesia y del Papa [...]

2 [...] Instaurare omnia in Christo (Ephes. I, 10), dice San Pablo a los de Efeso, renovad el mundo en el espíritu de Jesucristo, colocad a Cristo en lo alto y en la entraña de todas las cosas. Venimos a santificar cualquier fatiga humana honesta: el trabajo ordinario, precisamente en el mundo, de manera laical y secular, en servicio de la Iglesia Santa, del Romano Pontífice y de todas las almas [...]

[...] Comprenderemos la emoción de aquel pobre sacerdote, que tiempo atrás sintió dentro de su alma esta locución divina: et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (Ioann. XII, 32); cuando seré levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré a mí. A la vez, vio con claridad la significación que el Señor, en aquel momento, quería dar a esas palabras de la Escritura: hay que poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas. Entendió claramente que, con el trabajo ordinario en todas las tareas del mundo, era necesario reconciliar la tierra con Dios, de modo que lo profano —aun siendo profano— se convirtiese en sagrado, en consagrado a Dios, fin último de todas las cosas [...]

3 [...] Hay un paréntesis de siglos, inexplicable y muy largo, en el que sonaba y suena esta doctrina a cosa nueva: buscar la perfección cristiana, por la santificación del trabajo ordinario, cada uno a través de su profesión y en su propio estado. Durante muchos siglos, se había tenido el trabajo como una cosa vil; se le había considerado, incluso por personas de gran capacidad teológica, como un estorbo para la santidad de los hombres.

Yo os digo, hijas e hijos míos, que a cualquiera que excluya un trabajo humano honesto —importante o humilde—, afirmando que no puede ser santificador y santificante, podéis decirle con seguridad que Dios no le ha llamado a su Obra.

Habrá que rezar, tendremos que rezar, tendremos que sufrir, para quitar de la mente de las personas buenas ese error. Pero llegará el momento, en el cual, a base del trabajo humano en todas las categorías tanto intelectuales como manuales, se alzará en una sola voz el clamor de los cristianos diciendo: cantate Domino canticum novum: cantate Domino omnis terra (Ps. XCV, 1); cantad al Señor un cantar nuevo: que alabe al Señor toda la tierra [...]

4 [...] con sabiduría de artista, con felicidad de poeta, con seguridad de maestro y con un pudor más persuasivo que la elocuencia, buscando (…) el bien de toda la humanidad [...]

[...] Habéis de ser fieles, habéis de ser fuertes, habéis de ser dóciles, necesitáis virtudes humanas, corazón grande, lealtad [...]

5 [...] Estamos, pues, todos nosotros obligados a trabajar: porque el trabajo es un mandato de Dios, y a Dios hay que obedecerle con alegría: servite Domino in laetitia (Ps. XCIX, 2).

6 De este modo se hace sobrenatural el trabajo, porque su fin es Dios, y el trabajo se hace pensando en El, como un acto de obediencia. No debemos abandonar el sitio, en el que nos ha sorprendido la llamada del Señor. Tenemos que convertir en servicio de Dios nuestra vida entera: el trabajo y el descanso, el llanto y la sonrisa. En la besana, en el taller, en el estudio, en la actuación pública, debemos permanecer fieles al medio habitual de vida; convertirlo todo en instrumento de santificación y en ejemplo apostólico, sin servirnos nunca de la Iglesia ni de la Obra: cada uno con responsabilidad personal [...]

7 [...] Esta obligación incumbe a todos los cristianos: y, por un título especialísimo —la llamadas que hemos recibido—, es onus et honor, carga y honor para los hijos de Dios en su Obra. El Señor pide de nosotros que le llevemos, con nuestra conducta ejemplar y con un apostolado constante de dar doctrina, a todos los hombres que se crucen en nuestro camino [...]

[...] Nuestra generosidad, aunque sea completa, es bien poca comparada con esa generosidad infinita y amorosa del Dios-Hombre, que se entrega al sacrificio por nuestra salvación, dando hasta la última gota de su sangre, hasta el último aliento de su vida. Por eso hemos de procurar también entregarnos sin cicaterías, pendientes del amor de Dios, aunque no falten las dificultades [...]

9 [...] Si me preguntáis cómo se nota la llamada divina, cómo se da uno cuenta, os diré que es una visión nueva de la vida. Es como si se encendiera una luz dentro de nosotros; es un impulso misterioso, que empuja al hombre a dedicar sus más nobles energías a una actividad que, con la práctica, llega a tomar cuerpo de oficio. Esa fuerza vital, que tiene algo de alud arrollador, es lo que otros llaman vocación

La vocación nos lleva —sin darnos cuenta— a tomar una posición en la vida, que mantendremos con ilusión y alegría, llenos de esperanza hasta en el trance mismo de la muerte. Es un fenómeno que comunica al trabajo un sentido de misión, que ennoblece y da valor a nuestra existencia. Jesús se mete con un acto de autoridad en el alma, en la tuya, en la mía: ésta es la llamada [...]

[...] algo preciosísimo. Se me viene a la boca la parábola que, en el capítulo trece de su Evangelio, nos relata San Mateo: el reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en el campo, que si lo halla un hombre, lo encubre de nuevo, y va gozoso del hallazgo, vende todo cuanto tiene, y compra aquel campo. El reino de los cielos es también semejante a un mercader, que trata en perlas finas. Y viniéndole a las manos una de gran valor, va, y vende todo cuanto tiene, y la compra (Matth. XIII, 44-45). Es pues nuestra llamada, cuando la hemos sabido recibir con amor, cuando la hemos sabido estimar como cosa divina, una piedra preciosa de valor infinito [...]

10 [...] Esta llamada es un tesoro escondido que no encuentran todos. Lo encuentran aquellos a quienes Dios verdaderamente elige: se pedirá cuenta de mucho a quien mucho se le entregó (Luc. XII, 48). Cuando hayáis sentido esa gracia de Dios, no os olvidéis de la parábola del tesoro escondido: quem qui invenit homo, abscondit, et prae gaudio illius vadit, et vendit universa quae habet, et emit agrum illum; ¡es tan humano y tan sobrenatural esconder los favores de Dios! [...]

12 [...] tengo certeza de que la llamada —la llamada específica de que vengo hablando en esta carta—, es para muchos: porque en la Obra no hay clasismos, porque interesan todas las almas y, por lo tanto, se necesitan toda clase de instrumentos [...]

13 [...] Mis hijos, por la formación verdaderamente contemplativa de nuestro espíritu, han de sentir dentro de su alma la necesidad de buscar a Dios, de encontrarle y de tratarle siempre, admirándolo con amor en medio de las fatigas de su trabajo ordinario, que son cuidados terrenos, pero purificados y elevados al orden sobrenatural [...]

[...] Cuando, por boca de Jeremías, el Señor predice la futura liberación del pueblo hebreo que está en el exilio, y hace notar que, si antes les había sacado de Egipto, ahora sacará a sus siervos de terra Aquilonis et de cunctis terris (Ierem. XXIII, 8), pienso en que habrá muchas llamadas a la Obra de Dios, sin discriminación. El Señor los traerá de todas las clases sociales, de todos los talentos, de los que están arriba, de los que están abajo, y —como vuelve a decir Jeremías— de los que están en las entrañas de la tierra [...]

14 [...] Nuestra vida es trabajar y rezar, y al revés, rezar y trabajar. Porque llega el momento en el que no se saben distinguir estos dos conceptos, esas dos palabras, contemplación y acción, que terminan por significar lo mismo en la mente y en la conciencia.

Mirad lo que dice Santo Tomás: cuando de dos cosas una es la razón de la otra, la ocupación del alma en una no impide ni disminuye la ocupación en la otra... Y como Dios es aprehendido por los santos como la razón de todo cuanto hacen o conocen, su ocupación en percibir las cosas sensibles, o en contemplar o hacer cualquier otra cosa, en nada les impide la divina contemplación, ni viceversa (S. Th., Suppl. q. 82, a. 3 ad 4) [...]

15 [...] pongamos al Señor como fin de todos nuestros trabajos, que hemos de hacer non quasi hominibus placentes, sed Deo qui probat corda nostra (I Thes. II, 4); no para agradar a los hombres, sino a Dios que sondea nuestros corazones [...]

[...] levantad el corazón a Dios, cuando llegue el momento duro de la jornada, cuando quiera meterse en nuestra alma la tristeza, cuando sintamos el peso de este laborar de la vida, diciendo: miserere mei Domine, quoniam ad te clamavi tota die: laetifica animam servi tui, quoniam ad te Domine animam meam levavi (Ps. LXXXV, 3 y 4); Señor, ten misericordia de mí, porque te he invocado todo el día: alegra a tu siervo, porque a ti, Señor, he levantado mi alma [...]

17 [...] Acordaos de aquel pasaje de San Juan en el capítulo III, del versículo uno al diez, cuando el Señor dice a Nicodemo: nisi quis renatus fuerit denuo, non potest videre regnum Dei; quien no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios o tener parte en él. Nicodemo contesta: quomodo potest homo nasci, cum sit senex?; ¿cómo puede nacer un hombre, siendo viejo? No os voy aquí a repetir todo el pasaje. Nicodemo no era un ignorante. Jesús le pregunta: tu es magister in Israel et haec ignoras? Nisi quis renatus fuerit, había adoctrinado el Maestro, ex aqua et Spiritu Sancto non potest introire in regnum Dei; ¿tú eres maestro en Israel, e ignoras estas cosas?; quien no naciere por el bautismo del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios. Y en otra parte: sic est omnis qui natus est ex spiritu, eso mismo sucede al que nace del espíritu [...]

19 [...] Si no procuramos vivir como hijos de Dios, perderemos la confianza en El, que es perder una buena parte del Amor, y nos resultará la vida dura y amarga. No olvidéis que no solamente somos hijos de Dios, sino hermanos de Jesucristo: primogenitus in multis fratribus (Rom. VIII, 29) [...]

21 [...] sólo nos mueve a nuestra entrega el deseo de dar a Dios toda la gloria, sirviendo a la Iglesia y a todas las almas, sin buscar gloria para la Obra y sin buscar nuestro provecho personal [...]

[...] Esta unión que vivimos con el Romano Pontífice, hace y hará que nos sintamos unidísimos en cada diócesis al Ordinario del lugar. Suelo decir, y es cierto, que tiramos y tiraremos siempre del carro en la misma dirección que el Obispo. Si alguna vez, un Revmo. Ordinario no lo entendiese así, y pretendiese ver incompatibilidades que no pueden existir, a mí me daría mucha pena; pero, mientras no tocase lo esencial, cedería: y deberíais ceder también vosotros, sin dificultad. Porque sólo nos mueve a nuestra entrega el deseo de dar a Dios toda la gloria, sirviendo a la Iglesia y a todas las almas, sin buscar gloria para la Obra y sin buscar nuestro provecho personal.

22 Previendo estas posibles dificultades, aunque me parecen inverosímiles, para obtener del Señor desde el principio de la Obra esta unión interna y externa con el Ordinario del lugar, y con todas las almas que trabajan en cualquier clase de tarea apostólica, vosotros sabéis que rezamos cada día pro unitate apostolatus. Una unidad que sólo da el Papa, para toda la Iglesia; y el Obispo, en comunión con la Santa Sede, para la diócesis [...]

[...] Sueño, hijas e hijos míos, con esos oratorios, con esos sagrarios, que se repartirán por todos los rincones del mundo, para llevar este espíritu de Dios —de la Obra de Dios— a todas las almas. Y os pido que sigáis la costumbre, el modo de hacer del lugar donde estéis, en la parte material de los edificios. Pero me da mucha pena ver esas iglesias como garajes, esas imágenes que son una caricatura, que son una burla: no las pongáis nunca en nuestros oratorios [...]

[...] El arte sagrado debe llevar a Dios, debe respetar las cosas santas; está ordenado a la piedad y a la devoción. Durante muchos siglos, el mejor arte ha sido el religioso, porque se sometía a esa regla; porque salvaba, en todo, la naturaleza propia de su fin. Esas imágenes modernistas, caricaturescas, son tan poco oportunas como las imágenes relamidas de pastaflora: lo feo y poco respetuoso es tan malo como lo untuoso y lo cursi.

Ninguno de estos dos extremos sirve para nuestra piedad. El arquitecto, el escultor, el pintor que quiera contribuir con su arte personal al culto divino, ha de atenerse a unas reglas claras. Con esto no digo que sea necesario pintar el cielo de rodillas, como Fra Angélico, pero sí que es preciso pintarlo con respeto, con unción, con devoción [...]

23 […] no involucrar a la Iglesia con las cosas terrenas; por ser hijos de la Iglesia, y haber recibido la llamada específica de Dios, llevamos a Dios todas las cosas de la tierra, pero a nuestras obras no las llamamos católicas: ya lo ve todo el mundo que lo son.

No ponemos nombres de santos a nuestras tareas de apostolado, porque no es necesario ni conveniente. Si lo fuera, ya lo hacen otros: a nosotros, que nos dejen servir a la Iglesia Santa con nuestro propio riesgo personal, sin comprometerla. Lo contrario —servirse de la Iglesia, para ampararse en Ella en la vida profesional, social, política —me parece un falso amor a la Esposa de Jesucristo: y, humanamente, un modo de obrar poco limpio, feo […]

27 [...] el mejor servicio que podemos hacer a la Iglesia y a la humanidad es dar doctrina. Gran parte de los males que afligen al mundo se deben a la falta de doctrina cristiana, incluso entre los que quieren o aparentan querer seguir de cerca a Jesucristo [...]

28 [...] es necesario hacer la más fervorosa apología de la Fe, con la doctrina y con el ejemplo de nuestra vida, vivida con coherencia. Hemos de imitar a Nuestro Señor, que hacía y enseñaba, coepit facere et docere (Act. I, 1): el apostolado de dar doctrina está manco e incompleto, si no va acompañado por el ejemplo. Hay un refrán que deja, con la sabiduría del pueblo, muy claro lo que os estoy diciendo. Y el refrán es éste: fray ejemplo es el mejor predicador [...]

[...] Luego, hay obligación de formarse: obligación de formarnos bien doctrinalmente, obligación de prepararnos para que entiendan; para que, además, sepan después expresarse los que nos escuchan [...]

31 [...] Nuestro trabajo se desarrolla, cada día, en medio de los centenares de personas con las cuales nos encontramos en contacto desde que nos despertamos por la mañana, hasta que se acaba la jornada: lo parientes, la servidumbre, los colegas de trabajo, los clientes, los amigos. En cada uno de ellos hemos de reconocer a Cristo, hemos de ver en cada uno de ellos a Jesús como nuestro hermano; y así nos será más fácil prodigarnos en servicios, en atención, en cariño, en paz y en alegría [...]

32 [...] hay que rechazar el prejuicio de que los fieles corrientes no pueden hacer más que limitarse a ayudar al clero, en apostolados eclesiásticos. El apostolado de los seglares no tiene por qué ser siempre una simple participación del apostolado jerárquico: a ellos (...) les compete el deber de hacer apostolado. Y esto no porque reciban una misión canónica, sino porque son parte de la Iglesia; esa misión (...) la realizan a través de su profesión, de su oficio, de su familia, de sus colegas, de sus amigos [...]

33 [...] Quien no vea la eficacia apostólica y sobrenatural de la amistad, se ha olvidado de Jesucristo: ya no os llamo siervos, sino amigos (Ioann. XV, 15). Y de la amistad con sus apóstoles, con sus discípulos, con la familia de Betania: con Marta, María y Lázaro. Y aquellas escenas que nos cuenta San Juan, antes de la resurrección de Lázaro, aquel et lacrimatus est Jesus. Las palabras llenas de confianza de las dos hermanas cuando quieren comunicar a Jesucristo la enfermedad de Lázaro, y le envían este mensaje: Señor, mira que aquél a quien amas está enfermo (Ioann. XI, 3) [...]

35 [...] Estáis obligados a dar ejemplo, hijos míos, en todos los terrenos, también como ciudadanos. Debéis poner empeño en cumplir vuestros deberes y en ejercitar vuestros derechos. Por eso, al desarrollar la actividad apostólica, observamos como ciudadanos católicos las leyes civiles con el mayor respeto y acatamiento, y dentro del ámbito de esas leyes nos esforzamos siempre por trabajar [...]

37 [...] La actuación de cada uno de nosotros, hijos, es personal y responsable. Debemos procurar dar buen ejemplo ante cada persona y ante la sociedad, porque un cristiano no puede ser individualista, no puede desentenderse de los demás, no puede vivir egoístamente, de espaldas al mundo: es esencialmente social, miembro responsable del Cuerpo místico de Cristo [...]

[...] nuestro ejemplo ha de ser constante: todo tiene que ser ocasión de apostolado, medio de dar doctrina, aunque tengamos debilidades [...]

[...] El conocimiento de nuestros errores nos hace humildes, nos hace acercarnos más al Señor. Además hemos de tener en cuenta que, mientras estemos en la tierra, por providencia del Señor, tendremos equivocaciones, errores. Santiago escribe de Elías que era hombre pecador como nosotros; sin embargo, después hizo de nuevo oración, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto (Iacob. V, 18) [...]

40 [...] Por eso he afirmado, y os lo repito, que habéis de dar ejemplo, siendo así testigos de Jesucristo en todos los campos de la actividad humana, a los que llevaréis la buena semilla que habéis recibido, para ser sembradores de Dios, sal que sazone las almas que no han gustado aún o que han olvidado el sabor del mensaje evangélico, luz que ilumine a los que yacen en las tinieblas del error o de la ignorancia.

En todos los campos donde los hombres trabajan —insisto— os habéis de hacer presentes también vosotros, con el maravilloso espíritu de servicio de los seguidores de Jesucristo, que no vino a ser servido, sino a servir (Matth. XX, 28): sin abandonar imprudentemente —sería error gravísimo— la vida pública de las naciones, en la que actuaréis como ciudadanos corrientes, que eso sois, con libertad personal y con personal responsabilidad [...]

[...] en la acción apostólica, no debemos dejarnos arrastrar por ninguna acepción de personas, ni podemos excluir ninguna actividad humana, porque todas las ocupaciones honestas, todos los oficios honrados serán para nosotros motivos de santificación, y medios de apostolado eficacísimo [...]

41 [...] La presencia leal y desinteresada en el terreno de la vida pública ofrece posibilidades inmensas para hacer el bien, para servir: no pueden los católicos —no podéis vosotros, hijos míos— desertar de ese campo, dejando las tareas políticas en las manos de los que no conocen o no practican la ley de Dios, o de los que se muestran enemigos de su Santa Iglesia.

La vida humana, tanto privada como social, se encuentra ineludiblemente en contacto con la ley y con el espíritu de Cristo Señor Nuestro: los cristianos, en consecuencia, descubren fácilmente una compenetración recíproca entre el apostolado y la ordenación de la vida por parte del Estado, es decir, la acción política. Las cosas que son del César, hay que darlas al César; y las que son de Dios, hay que dárselas a Dios, dijo Jesús (cfr. Matth. XXII, 21)

Por desgracia, es corriente que no se quiera seguir este precepto tan claro, y que se involucren los conceptos, para terminar en dos extremos que son igualmente desordenados: el laicismo, que ignora los legítimos derechos de la Iglesia; y el clericalismo, que avasalla los derechos, también legítimos, del Estado. Es preciso, hijos míos, combatir estos dos abusos por medio de seglares, que se sientan y sean hijos de Dios, y ciudadanos de las dos Ciudades.

42 Política, en el sentido noble de la palabra, no es sino un servicio para lograr el bien común de la Ciudad terrena. Pero este bien tiene una extensión muy grande y, por consiguiente, es en el terreno político donde se debaten y se dictan leyes de la más alta importancia, como son las que conciernen al matrimonio, a la familia, a la escuela, al mínimo necesario de propiedad privada, a la dignidad —los derechos y los deberes— de la persona humana. Todas estas cuestiones, y otras más, interesan en primer término a la religión, y no pueden dejar indiferente, apático, a un apóstol [...]

[...] La Obra no tiene política alguna: no es ése su fin. Nuestra única finalidad es espiritual y apostólica, y tiene un resello divino: el amor a la libertad, que nos ha conseguido Jesucristo muriendo en la Cruz (cfr. Galat. IV, 31). Por esto, la Obra de Dios no ha entrado ni entrará nunca en la lucha política de los partidos: no es solamente loable, sino un estricto deber para nuestra Familia sobrenatural mantenerse por encima de las querellas contingentes, que envenenan la vida política, por la sencilla razón de que la Obra —vuelvo a afirmar— no tiene fines políticos, sino apostólicos.

Pero vosotros, hijos míos —cada uno personalmente—, no sólo cometeríais un error, como os acabo de decir, sino que haríais una traición a la causa de Nuestro Señor, si dejarais el campo libre, para que dirijan los negocios del Estado, a los indignos, a los incapaces, o a los enemigos de Jesucristo y de su Iglesia [...]

44 [...] El vínculo que nos une es sólo espiritual. Estáis vinculados unos a otros, y cada uno con la Obra entera, sólo en el ámbito de la búsqueda de vuestra propia santificación, y en el campo —también exclusivamente espiritual— de llevar la luz de Cristo a vuestros amigos, a vuestras familias, a los que os rodean.

Sois, por tanto, ciudadanos que cumplen sus deberes y ejercitan sus derechos, y que están (...) en el Opus Dei sólo para ayudarse espiritualmente a buscar la santidad y a ejercer el apostolado, con unos medios ascéticos y unos modos apostólicos peculiares. El fin espiritual de la Obra no distingue entre razas o pueblos —únicamente ve almas—, por lo que se excluye toda idea de partido o de mira política.

Y así, en todo: en lo que se refiere al espíritu y al apostolado de la Obra, no estáis unidos más que por un empeño de fe, de moral y de doctrina social, que es el espíritu de la Iglesia Católica y, por tanto, el de todos los fieles [...] Efectivamente sólo nos une la doctrina de la Iglesia Santa de Dios, la llamada divina y el deseo de servirla como hijos suyos fieles y agradecidos [...]

45 [...] Os diré, a este propósito, cuál es mi gran deseo: querría que, en el catecismo de la doctrina cristiana para los niños, se enseñara claramente cuáles son estos puntos firmes, en los que no se puede ceder, al actuar de un modo o de otro en la vida pública; y que se afirmara, al mismo tiempo, el deber de actuar, de no abstenerse, de prestar la propia colaboración para servir con lealtad, y con libertad personal, al bien común. Es éste un gran deseo mío, porque veo que así los católicos aprenderían estas verdades desde niños, y sabrían practicarlas luego cuando fueran adultos [...]

46 [...] También en el campo de la pedagogía escolar —de la formación humana—, bueno sería que los maestros, sin imponer criterios personales en lo opinable, enseñaran el deber de actuar libre y responsablemente en el campo de las tareas cívicas [...]

[...] Es frecuente, en efecto, aun entre católicos que parecen responsables y piadosos, el error de pensar que sólo están obligados a cumplir sus deberes familiares y religiosos, y apenas quieren oír hablar de deberes cívicos. No se trata de egoísmo: es sencillamente falta de formación, porque nadie les ha dicho nunca claramente que la virtud de la piedad —parte de la virtud cardinal de la justicia— y el sentido de la solidaridad cristiana se concretan también en este estar presentes, en este conocer y contribuir a resolver los problemas que interesan a toda la comunidad.

Por supuesto, no sería razonable pretender que cada uno de los ciudadanos fuera un profesional de la política; esto, por lo demás, resulta hoy materialmente imposible incluso en las sociedades más reducidas, por la gran especialización y la completa dedicación que exigen todas las tareas profesionales, y entre ellas la misma tarea política.

Pero sí se puede y se debe exigir un mínimo de conocimiento de los aspectos concretos que adquiere el bien común en la sociedad, en la que vive cada uno, en las circunstancias históricas determinadas [...]

47 [...] Como a Nuestro Señor, a mí también me gusta emplear parábolas, acudiendo sobre todo a esas imágenes de la pesca —barcas y redes—, que tienen un sabor tan evangélico. Nosotros somos como peces cogidos en una red. Nos ha pescado el Señor con la red de su amor, entre las olas de este mundo nuestro revuelto; pero no para sacarnos del mundo —de nuestro ambiente, de nuestro trabajo ordinario—, sino para que, siendo del mundo, seamos a la vez totalmente suyos. Non rogo ut tollas eos de mundo, sed ut serves eos a malo (Ioann. XVII, 15); no te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del mal.

Además, esta red, que nos une a Cristo y nos mantiene unidos entre nosotros mismos, es una red amplísima, que nos deja libres, con responsabilidad personal. Porque la red es nuestro común denominador —pequeñísimo— de cristianos que quieren servir a Dios en su Obra; es la formación católica, que nos lleva a acatar con la máxima fidelidad el Magisterio de la Iglesia [...]

[...] Y no tolerarnos que ninguno confunda nuestros propios errores personales con la Iglesia. No hay derecho a involucrar a la Iglesia con la política, con la actuación política más o menos acertada, y siempre opinable de cada uno: eso es muy cómodo y muy injusto [...]

48 [...] nunca os he preguntado, ni os preguntaré jamás —y lo mismo harán, en todo el mundo, los Directores de la Obra—, qué piensa cada uno de vosotros en estas cuestiones, porque defiendo vuestra legítima libertad [...]

49 [...] Seríamos inconsecuentes si no respetásemos otras opiniones diferentes a la que cada uno de nosotros tenga [...]

50 [...] Y cuando la Jerarquía interviene de esa manera, eso no es de ningún modo clericalismo. Todo católico bien formado debe saber que compete a la misión pastoral de los obispos dar criterio en cosas públicas, cuando el bien de la Iglesia lo requiera; y saben también los católicos bien formados que esa intervención corresponde únicamente, por derecho divino, a los obispos; porque sólo ellos, estando en comunión con el Romano Pontífice, tienen función pública de gobierno en la Iglesia: ya que Spiritus Sanctus posuit episcopos regere Ecclesiam Dei (Act. XX, 28), el Espíritu Santo puso a los obispos para regir la Iglesia de Dios [...]

51 [...] Ved, hijos de mi alma, la gran necesidad que hay de formar a los católicos con un fin determinado: el de conducirles a la unidad en las cosas esenciales, dejándoles al mismo tiempo que usen de su legítima libertad, con caridad y comprensión para todos, en las cuestiones temporales. Libertad: no más dogmas en cosas opinables.

No va de acuerdo con la dignidad y con la psicología misma de los hombres ese fijar arbitrariamente unas verdades absolutas, donde por fuerza cada uno ha de contemplar las cosas desde su punto de vista, según sus intereses particulares y con su propia experiencia personal [...]

52 [...] Otra advertencia, hijos, aunque quizás es superflua, porque, si tenéis mi espíritu, difícilmente querréis actuar así en la vida pública. La advertencia es ésta: que no seáis católicos oficiales, católicos que hacen de la religión un trampolín, no para saltar hacia Dios, sino para subir hasta los puestos —las ventajas materiales: honores, riquezas, poder— que ambicionan. De ellos decía con buen humor una persona seria, quizá exagerando, que ponen los ojos en el cielo, y las manos donde caigan [...]

55 [...] De la Iglesia sólo podemos servirnos para encontrar las fuentes de la gracia y de la salvación [...]

61 [...] Viene muy bien que os recuerde esa manifestación tan heroica de la rectitud de intención, de la humildad verdadera en el servicio de Dios, que se ha de vivir siempre en Casa: me refiero a la disposición de todos mis hijos a abandonar la labor personal más floreciente —puede ser también una labor política—, para dedicarse a otras tareas profesionales externamente menos brillantes, si el bien del apostolado lo requiere y los que tienen autoridad en la Obra así lo disponen.

Esta decisión habitual es una muestra bien evidente de desprendimiento, porque nos da lo mismo trabajar aquí o allí, con tal de saber que nuestra labor es un servicio a Dios y a todas las almas: con este espíritu, mis hijos aprenden a agradar a Dios en todo lo que hacen, y a evitar el contagio del afán desordenado de poder y de las ambiciones personales [...]

62 [...] que muchas veces no sirve sino para hacer el mal, o para que se diluya la responsabilidad. No admito más secreto que el de la confesión: y así lo digo siempre, a todos los que alguna vez se me acercan con la pretensión de contarme algo en secreto [...]

63 [...] por tener esa entrega maravillosa al servicio de Dios, lucieran un canelón en la espalda que dijera, poco más o menos: conste que soy un buen chico [...]

64 [...] Debéis trabajar con naturalidad, sin espectáculo, sin pretender llamar la atención, pasando inadvertidos, como pasa inadvertido un buen padre que educa cristianamente a sus hijos, un buen amigo que da un consejo lleno de sentido cristiano a otro amigo suyo, un industrial o un negociante que cuida de que sus obreros estén atendidos en lo espiritual y en lo material.

Debéis trabajar —por tanto— silenciosamente, pero sin misterios ni secreteos, que nunca hemos empleado y nunca emplearemos: porque no se necesitan para servir a Dios, y además repugnan a las personas que tienen claridad en la conciencia y en la conducta. Silenciosamente: con una humildad personal tan honda, que os lleve necesariamente a vivir la humildad colectiva, a no querer recibir cada uno la estimación y el aprecio que merece la Obra de Dios y la vida santa de sus hermanos

Esta humildad colectiva —que es heroica, y que muchos no entenderán— hace que los que forman parte de la Obra pasen ocultos entre sus iguales del mundo, sin recibir aplausos por la buena semilla que siembran, porque los demás apenas se darán cuenta, ni acabarán de explicarse del todo ese bonus odor Christi (II Cor. II,15), que inevitablemente se ha de desprender de la vida de mis hijos [...]

65 [...] nosotros hemos de tener muy metidas, en nuestra vida de almas entregadas al servicio del Señor, aquellas palabras suyas: guardaos de hacer vuestras obras buenas en presencia de los hombres, con el fin de que os vean; de otra manera no recibiréis el galardón de vuestro Padre que está en los cielos (Matth. VI, 1).

La virtud teologal de la esperanza nos da un aprecio tan grande del premio que nos ha prometido nuestro Padre Dios, que no estamos dispuestos a correr el riesgo de perderlo por falta de humildad colectiva; no queremos que a nosotros se nos apliquen, por haber buscado el aplauso de los hombres, aquellas otras palabras de Jesús: amen, dico vobis, quia receperunt mercedem suam (Matth. VI, 16); recibieron ya su galardón. ¡Triste negocio!

Por eso no queremos que se nos alabe, ni que se nos pregone: queremos trabajar calladamente, con humildad, con alegría interna —servite Domino in laetitia (Ps. XCIX, 2)—, con entusiasmo apostólico que no se desvirtúa precisamente porque no se desborda en ostentación, en manifestaciones aparatosas. Queremos que haya en todas las profesiones, en todas las tareas humanas, grupos escogidos de hombres y de mujeres que, sin banderas al viento ni etiquetas llamativas, vivan santamente e influyan en sus compañeros de trabajo y en la sociedad, para el bien de las almas: ése es el afán exclusivo de la Obra [...]

66 [...] defensa de una humildad que Dios quiere que sea también colectiva —de toda la Obra—, no sólo individual; es también, al mismo tiempo, instrumento de mayor eficacia en el apostolado del buen ejemplo, que cada uno personalmente desarrolla en su propio ambiente familiar, profesional, social [...]

67 [...] Comprensión, pues, aunque a veces haya quienes no quieran comprender: el amor a todas las almas os ha de llevar a querer a todos los hombres, a disculpar, a perdonar. Debe ser un amor que cubra todas las deficiencias de las miserias humanas; debe ser una caridad maravillosa: veritatem facientes in caritate (Ephes. IV, 15), siguiendo la verdad del Evangelio con caridad.

Tened en cuenta que la caridad, más que en dar, está en comprender. No os escondo que yo estoy aprendiendo, en mi propia carne, lo que cuesta el que a uno no le comprendan. Me he esforzado siempre en hacerme comprender, pero hay quienes están empeñados en no entenderme. También por esto, quiero comprender a todos; y vosotros siempre debéis esforzaros en comprender a los demás [...]

[...] antinada. No nos sentiremos jamás enemigos de nadie [...]

68 [...] El mismo San Pablo nos ofrece su ejemplo personal para practicar esta doctrina: híceme flaco para los flacos, para ganar a los flacos; híceme todo para todos, para salvar a todos (I Cor. IX, 22). Este es, hijas e hijos míos, el espíritu que os he enseñado a ejercitar. Un espíritu que es manifestación bien real de diversidad práctica, de espíritu abierto, de disponibilidad sin límites [...]

69 [...] Alguna vez el panorama os puede parecer descorazonador: porque advertiréis la pequeñez humana de vuestro esfuerzo, frente a todo un mundo que desconoce la comprensión. Tenéis razón: se ha dicho que el mundo acaba siempre dividido en dos mitades, y una se dedica a hablar mal de la otra. Pero, precisamente porque sobra desunión e incomprensión, nos quiere Dios en todos los caminos de los hombres para vivir personalmente la comprensión de Cristo, y para enseñarla a vivir [...]

[...] Si me preguntáis por los medios para obtener ese fin de caridad, os contestaré que los tenéis en nuestros modos apostólicos peculiares, que son manifestaciones naturales del espíritu sobrenatural de la Obra. Primero, como sabéis, la labor de amistad y de confidencia entre los jóvenes de todas las clases sociales, que son la esperanza, que ahora está cuajando, en la realidad de mañana.

Luego, la práctica constante de las virtudes de la convivencia, ofreciendo a Dios con alegría, sin que se note, los roces inevitables con caracteres, mentalidades, gustos diversos: cum omni humilitate et mansuetudine, cum patientia supportantes invicem in caritate (Ephes. IV, 2); con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos unos a otros con caridad.

70 No exageréis esas dificultades. Un alma contemplativa sabe ver a Jesucristo en los que le rodean, y no le cuesta soportar todo lo que sea molesto en la convivencia con sus hermanos los hombres. Más aun, soportar le parece poco: lo que quiere es edificar, imitar a Jesucristo con su caridad sin límites, con su capacidad de ceder y conceder en todo lo personal, en todo lo que no suponga ofensa de Dios [...]

[...] la verdad serenamente, de forma positiva, sin polémica, sin humillar, dejando siempre al otro una salida honrosa, para que reconozca sin dificultad que estaba equivocado, que le faltaba formación o información. A veces, la caridad más fina será hacer que el otro quede con la convicción de que ha llegado, por su cuenta, a descubrir alguna verdad nueva [...]

71 [...] Esta entrega, esta comprensión, esta caridad, olvidándonos de nuestros derechos, nos hace ceder en todo lo que sea nuestro, en todas nuestras cosas personales, hasta donde llegó Jesucristo. El Señor nos ha dicho que aprendamos de El: discite a me quia mitis sum et humilis corde (Matth. XI, 29); para vivir esa mansedumbre, esa humildad, esa santa transigencia con todo lo personal, nos basta contemplar a Jesús, que semetipsum exinanivit formam servi accipiens, in similitudinem hominum factus et habitu inventus ut homo (Philip. II, 7); que se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los demás hombres y reducido a la condición de hombre [...]

[...] Por amor a todos —a sus amigos que quieren ser fieles, aunque están llenos de miserias; y a los que no quieren ser amigos suyos—, Jesucristo se deja maltratar, insultar, crucificar. Maiorem hac dilectionem nemo habet, ut animam suam ponat quis pro amicis suis (Ioann. XV, 13); nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos [...] y no tuvo límites el anonadamiento de Nuestro Señor. Hasta la muerte más ignominiosa llegó su santa transigencia: humiliavit semetipsum factus obediens usque ad mortem, mortem autem crucis (Philip. II, 8); se anonadó a sí mismo, siendo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

Y lo hizo por amor a los hombres, a los que llama amigos suyos, aunque no quieran serlo. Vos autem dixi amicos (Ioann. XV, 15), dice a los discípulos que le van a dejar solo en el momento de la prueba. Amice, ad quid venisti? (Matth. XXVI, 50), ¿a qué has venido, amigo?, dice al mismo Judas, que viene a entregarlo [...]

72 [...] Pero Jesucristo no nos ha dado sólo el ejemplo de la santa transigencia; nos ha dado también el ejemplo clarísimo de la santa intransigencia, en las cosas de Dios [...]

[...] no transige con el error —¡esas reprimendas terribles a los fariseos!—, ni tolera que delante de El se ofenda impunemente al Creador. Contemplad la santa indignación de Cristo, frente al abuso de los mercaderes en el Templo (...).

Tampoco podemos tolerar que se ofenda a Dios donde estemos nosotros, pudiéndolo evitar; si es preciso, utilizaremos también una santa coacción, acompañada de toda la suavidad posible en la forma, y siempre respetando la legítima libertad de las conciencias. Es decir, actuaremos de tal forma que quede claro que no nos movemos para defender intereses personales, sino sólo por amor de Dios —zelus domus tuae comedit me (Ioann. II, 17), el celo de tu Casa me come las entrañas— y por amor a los hombres, que queremos sacar del error, para impedir que condenen neciamente su alma [...]

73 [...] Por eso, a veces, hijas e hijos míos, no tendremos más remedio que pasar un mal rato nosotros y hacérselo pasar a otros, para ayudarles a ser mejores. No seríamos apóstoles si no estuviésemos dispuestos a que interpreten mal nuestra actuación y reaccionen de un modo desagradable.

Hemos de convencernos de que los santos —nosotros no nos creemos unos santos, pero queremos serlo— resultan necesariamente unas personas incómodas, hombres o mujeres —¡mi santa Catalina de Siena!— que con su ejemplo y con su palabra son un continuo motivo de desasosiego, para las conciencias comprometidas con el pecado [...]

[...] para los que no quieren tener una vida limpia, nuestra delicadeza en la guarda del corazón ha de ser necesariamente como un reproche, como un estímulo, que no permite a las almas abandonarse o adormecerse. Es bueno que sea así; el hijo mío que no quiera provocar estas reacciones en las almas de los que le rodean, el que desee siempre hacerse el simpático, no podrá evitar él mismo la ofensa a Dios, porque se hará cómplice de los desórdenes de los demás. Vivid de modo que podáis decir: inflammatum est cor meum, et renes mei commutati sunt: zelus domus tuae comedit me (Ps. LXII, 21; LXVIII, 10); mi corazón se inflama y se conmueven mis entrañas: porque el celo de tu casa me devora [...]

74 [...] El santo es incómodo, os decía. Pero eso no significa que haya de ser insoportable. Su celo nunca debe ser un celo amargo; su corrección nunca debe ser hiriente; su ejemplo nunca debe ser una bofetada moral, dada en la cara de sus amigos. La caridad de Cristo —esa santa transigencia con las personas, de la que os hablaba— debe suavizarlo todo, de modo que nunca se aplique a ningún hijo mío eso que se puede decir —a veces, desgraciadamente, con razón— de ciertas buenas personas: que para aguantar a un santo, se necesitan dos santos.

Nuestra actitud ha de ser todo lo contrario: no queremos que nadie se aparte de nosotros, porque no hayamos sabido comprenderle o tratarle con cariño. Nunca hemos de ser personas que van buscando pelea. Sigamos el consejo de San Pablo: vivid en paz, si puede ser y en cuanto esté de vuestra parte, con todos los hombres (Rom. XII, 18) [...]

75 [...] Más aún, vamos positivamente a hacernos amigos, a ganarnos amigos para hacerlos amigos de Jesucristo. El Señor quiere servirse de nosotros —de nuestro trato con los hombres, de esta capacidad nuestra, que nos ha dado El, de querer y de hacernos querer—, para seguir haciéndose El amigos en la tierra; como se sirvió de Juan el Bautista para encontrar al otro Juan, el que iba a ser el amigo predilecto, el que vemos recostado en el pecho de Jesús aquella noche entrañable de la Ultima Cena: erat ergo recumbens unus ex discipulis eius in sinu Iesu, quem diligebat Iesus (Ioann. XIII, 23) [...]

[...] Vamos a hacernos amigos entre todos nuestros compañeros de trabajo, entre todos los que viven en nuestro ambiente, aunque estén lejos de Dios; incluso os puedo decir que a éstos nos debemos acercar más, porque nos necesitan más. Nos necesitan, primero, los cristianos flojos, los que no viven de acuerdo con la fe que profesan; vamos a acercarnos a ellos con toda nuestra caridad y con toda nuestra comprensión, ofreciéndoles una amistad sincera, auténtica, humana y sobrenatural.

No os retraiga el peligro del contagio; con nuestra vida contemplativa, con la fidelidad a nuestro espíritu, a nuestras Normas y a nuestras Costumbres, estamos inmunizados de sus errores y de sus ejemplos, si no son cristianos. Como los queremos con el corazón de Cristo, está Jesús entre nosotros y ellos, y acabaremos ahogando el mal en abundancia de bien [...]

76 [...] Debéis hacer el propósito firme de no desanimaros, porque la labor no es fácil. Es más milagro, en efecto, la conversión de un mal cristiano —católico o no— que la de un pagano: ya que los primeros tienden a comprender mal, de un modo deformado, todo lo que les digamos de Jesús y de su doctrina, porque delante de sus ojos no ven a Jesucristo, sino una caricatura de Jesucristo [...]

81 [...] Solo nos une la doctrina de la Iglesia Santa de Dios, la llamada divina y el deseo de servirla como hijos suyos fieles y agradecidos. Esta es nuestra ambición sobrenatural, que es precisamente lo que más se opone a cualquier ambición humana, a cualquier afán de ventaja personal. No trabajamos para encumbrarnos, sino para desaparecer y, con nuestro sacrificio, poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades de los hombres. Nuestro lema es el del Bautista: illum oportet crescere, me autem minui (Ioann. III, 30); conviene que Cristo crezca, y que yo me haga pequeño. Por eso, nuestra ambición más grande —la verdadera gloria de la Obra— es vivir sin gloria humana, para que sólo a Dios vaya la gloria, soli Deo honor et gloria (I Tim. I, 17). Ya hemos contemplado el ejemplo de Jesucristo. Vamos a verle otra vez, volviendo a un texto maravilloso de San Pablo, que os he citado en otra ocasión: ... no debemos dejarnos llevar de humana complacencia de nosotros mismos ... Porque Cristo no buscó la propia satisfacción, antes bien, como está escrito, decía a su Padre: los oprobios de los que te ultrajaban vinieron a descargar sobre mí (Rom. XV, 1-3) [...]

82 [...] fielmente pegados al Vicario de Cristo en la tierra —al dulce Cristo en la tierra—, al Papa, tenemos la ambición de llevar a todos los hombres los medios de salvación que tiene la Iglesia, haciendo realidad aquella jaculatoria que vengo repitiendo desde el día de los Santos Angeles Custodios de 1928: omnes cum Petro ad Iesum per Mariam! [...]

[...] no vamos al apostolado a recibir aplausos, sino a dar la cara por la Iglesia, cuando ser católicos es difícil; y a pasar ocultos, cuando llamarse católicos es una moda. De hecho, en muchos ambientes, ser católicos de verdad, aun sin llamarse así, es razón suficiente para recibir todo tipo de injurias y de ataques; por eso os he dicho alguna vez que a nosotros nos repugna vivir de ser católicos: viviremos, si es necesario, a pesar de ser católicos. Y nos repugnaría más aún vivir de llamarnos católicos [...]

[...] esta ambición tiene unas manifestaciones concretas muy claras, que podríamos llamar también nuestras pasiones dominantes, nuestras locuras. La primera es la de querer ser el último en todo, y el primero en el amor. Al Señor le decimos, en nuestra meditación personal: Jesús, ¡que yo te quiera más que todos! Ya sé que soy el último de tus siervos; ya sé que estoy lleno de miserias. ¡Me has tenido que perdonar tantas ofensas, tantas negligencias! Pero tú has dicho que ama menos aquel a quien menos se le perdona (Luc. VII, 47).

83 [...] No podemos aspirar a ser corredentores con Cristo, si no estamos dispuestos a reparar por los pecados, como El hizo (…) Queremos ofrecer nuestra vida, nuestra dedicación sin reservas y sin regateos, como expiación por nuestros pecados; por los pecados de todos los hombres, hermanos nuestros; por los pecados cometidos en todos los tiempos, y por los que se cometerán hasta el fin de los siglos: ante todo, por los católicos, por los elegidos de Dios que no saben corresponder, que hacen traición al amor de predilección que el Señor les ha tenido.

Amar como el que más: ganar para Cristo todas las almas; reparar abundantemente por las ofensas hechas al Corazón Sacratísimo de Jesús: he aquí nuestras ambiciones. Con una locura tan divina, con este celo que nos come las entrañas, zelus domus tuae comedit me (Ioann. II, 17), ¿qué ambición humana podrá pegársenos en el camino de nuestra vida? Ninguno de nosotros, si mantiene este espíritu de la Obra, puede tener afán de lucirse, de ascender en la escala social, de conseguir puestos, honores, reconocimientos, si no es a pesar suyo y para servir a Dios.

Porque si nos moviésemos por esta ambición humana, para satisfacer nuestro amor propio —no faltarán quienes digan falsamente que lo hemos hecho—, entonces tendríamos que renunciar a la aspiración de servir a Dios: nemo potest duobus dominis servire (Matth. VI, 24), porque nadie puede servir a dos señores: a Jesucristo y a nuestra vanidad [...]

85 [...] Hijos de mi alma: os encontráis aquí, en la Obra, porque el Señor ha puesto en vuestro corazón el deseo limpio y generoso de servir; un celo verdadero, que hace que estéis dispuestos a todo sacrificio, trabajando silenciosamente por la Iglesia sin buscar ninguna recompensa humana. Llenaos de esas nobles ambiciones; reforzad en vuestro corazón esta disposición santa, porque el trabajo es inmenso [...]

[...] Debemos pedir a Dios, Señor Nuestro, que aumente nuestra ansia de servir, porque messis quidem multa, operarii autem pauci (Matth. IX, 37); porque los obreros son pocos, y mucha la mies: no tiene orillas el mar de la labor apostólica, y ¡hay en el mundo tan pocas almas que quieran servir! Considerad qué pasaría si los que queremos servir no nos entregáramos del todo [...]

[...] Hijos míos, la vida nuestra es corta, tenemos poco tiempo para vivir en la tierra, que es cuando podemos hacer a Dios este servicio. Dice el poeta: al brillar un relámpago nacemos, y aún dura su fulgor cuando morimos, ¡tan corto es el vivir! Mejor lo escribe el Salmista: homo sicut foenum dies eius, tamquam flos agri, sic efflorebit (Ps. CII, 15); el hombre, cuyos días son como el heno, florecerá como la flor del campo, que nace con el primer beso del sol y por la noche se marchita. Por eso nos dice San Pablo: tempus breve est (I Cor. VII, 29), ¡no tenemos casi tiempo! [...]

[...] Este es mi espíritu y éste ha de ser vuestro espíritu, hijas e hijos míos. A la Obra no venís a buscar nada: venís a entregaros, a renunciar, por amor de Dios, a cualquier ambición personal. Todos tienen que dejar algo, si quieren ser eficaces en Casa y trabajar como Dios nos pide, como un borrico fiel, ut iumentum! La única ambición del borrico fiel es servir, ser útil; el único premio que espera es el que le ha prometido Dios: quia tu reddes unicuique iuxta opera sua (Ps. LXI, 13), porque el Señor premia a cada uno según sus obras [...]

86 [...] El apóstol es el cristiano que se siente injertado en Cristo, identificado con Cristo, por el Bautismo; habilitado para luchar por Cristo, por la Confirmación; llamado a servir a Dios con su acción en el mundo, por la participación en la función real, profética y sacerdotal de Cristo, que le hace idóneo para guiar los hombres hacia Dios, enseñarles la verdad del Evangelio, y corredimirlos con su oración y su expiación.

El cristiano dispuesto a servir es guía, maestro y sacerdote de sus hermanos los hombres, siendo para ellos otro Cristo, alter Christus, o mejor, como os suelo decir, ipse Christus. Pero —insisto— se trata de no hacer una labor personal, de no tener ambiciones personales; se trata de servir a Cristo, para que El actúe; y de servir también a los hombres, porque Cristo no vino a ser servido, sino a servir: non venit ministrari, sed ministrare (Matth. XX, 28) [...]

[...] Servir, pues; porque el apostolado no es otra cosa. Por nuestras propias fuerzas no podemos nada en el terreno sobrenatural, pero siendo instrumentos de Dios lo podemos todo —omnia possum in eo, qui me confortat! (Philip. IV, 13): ¡todo lo puedo en Aquél que me conforta!—, porque El ha dispuesto, por su bondad, utilizar estos instrumentos ineptos. Así que el apóstol no tiene otro fin que dejar obrar al Señor, hacerse disponible, para que Dios cumpla —a través de sus criaturas, a través del alma elegida— su obra salvadora [...]

87 [...] Estamos expuestos a un peligro muy sutil, a una insidia casi imperceptible del enemigo, que cuanto más eficaces nos ve, tanto más redobla sus esfuerzos para engañarnos. Ese peligro sutil —corriente, por lo demás, en las almas dedicadas a trabajar por Dios— es, hijos míos, una especie de soberbia oculta, que nace de saberse instrumentos de cosas maravillosas, divinas; una callada complacencia en uno mismo, al ver los milagros que se obran por su apostolado: porque vemos inteligencias ciegas que recobran la vista; voluntades paralizadas que vuelven a moverse; corazones de piedra que se hacen de carne, capaces de caridad sobrenatural y de cariño humano; conciencias cubiertas de lepra, de manchas del pecado, que quedan limpias; almas muertas del todo, podridas —iam foetet, quatriduanus est enim (Ioann. XI, 39)—, que recobran la vida sobrenatural.

Y tantos obstáculos humanos superados; tantas incomprensiones vencidas; tantos ambientes conquistados: un trabajo cada vez más amplio .v diverso, cada vez más eficaz... Todo eso, hijos míos, puede a veces ser ocasión de una injustificada —pero posible— satisfacción de nosotros mismos. Debemos estar atentos, para que esto no suceda; debemos tener una conciencia muy fina, y reaccionar enseguida.

88 No podemos admitir ni por un instante ningún pensamiento de soberbia, por cualquier servicio nuestro a Dios: porque, en ese mismo momento, dejaríamos de ser sobrenaturalmente eficaces [...]

[...] siervos suyos engreídos, que se complacen en sí mismos; los quiere, al contrario, convencidos de su propia indignidad, y llenos de un santo empeño en no estorbar la obra de la gracia [...] queremos trabajar como tres mil, haciendo el rumor de tres [...]

[...] Hijas e hijos míos: os he insistido en la necesidad de desprendernos de toda ambición terrena y de llenarnos de la preocupación —que es una continua ocupación— de servir. Estamos convencidos de que nada vale, nada tiene consistencia, nada merece la pena, al lado de esa misión sublime de servir a Cristo Señor Nuestro. Pero, precisamente porque hemos aprendido a despreciar el aplauso de los hombres y toda búsqueda vanidosa de espectáculo, nuestro afán por conservar el tesoro de la humildad debe ser aún más atento y delicado.

89 [...] El espectáculo de los prodigios que obra Dios por nuestras manos debe ser una ocasión para humillarnos, para alabar a Dios y reconocer que todo viene de El, y que nosotros no hemos hecho más que estorbar o, a lo más, ser pobres instrumentos en las manos del Señor. Debemos pensar que hay muchas otras almas que han trabajado mejor que cada uno de nosotros, que se han sacrificado más y han rezado con mayor perseverancia; pero que el Señor se ha querido servir más de vosotros y de mí que de estas otras personas, para que se vea que es El el que actúa, para que se note que los instrumentos no cuentan o cuentan muy poco. Porque Dios ha escogido a los necios según el mundo, para confundir a los sabios, y Dios ha escogido a los flacos del mundo, para confundir a los fuertes; y a las cosas viles y despreciables del mundo, y a aquellas que no eran nada, para destruir las que son al parecer más grandes, a fin de que ningún mortal se jacte ante su acatamiento (I Cor. I, 27-29) [...]

90 [...] Sin humildad no podemos jamás servir eficazmente, porque no sentiremos la necesidad de abandonarnos confiadamente a la acción de la gracia, no tendremos el impulso continuo de acudir a Dios como a nuestra única fuerza. Y no alcanzaremos del Señor los favores que nos tiene reservados, para nuestra santificación y la de nuestros compañeros: quoniam excelsus Dominus, et humilia respicit (Ps. CXXXVII, 6); porque el Señor es excelso, v mira las cosas humildes.

Hijos de mi alma: sé que lucharéis por ser humildes; sé que seréis así maravillosamente eficaces, porque seréis instrumentos dóciles en las manos de Dios. Y llevaréis al mundo entero la sal y la luz de Cristo. [...] Luego, hijas e hijos míos, cuando os parezca que habéis trabajado mucho en el servicio del Señor, repetid las palabras que El mismo nos ha enseñado: servi inutiles sumus; quod debuimus facere, fecimus (Luc. XVII, 10); somos siervos inútiles: no hemos hecho más que lo que teníamos obligación de hacer [...]

[...] El resumen que saco siempre al final del día, al hacer mi examen, es pauper servus et humilis! Y esto cuando no he de decir: Josemaría, Señor, no está contento de Josemaría. Pero, como la humildad es la verdad, son muchas las veces que —lo mismo que os sucederá a vosotros— pienso: Señor, ¡si no me he acordado para nada de mí, si he pensado sólo en Ti y, por Ti, me he ocupado sólo en trabajar por los demás! Entonces nuestra alma de contemplativos exclama con el Apóstol: vivo autem iam non ego: vivit vero in me Christus (Galat. II, 20); no soy yo el que vivo, sino que vive en mí Cristo [...]

91 [...] ¡Qué clara estaba, para los que sabían leer el Evangelio, esa llamada general a la santidad en la vida ordinaria, en la profesión, sin abandonar el propio ambiente!

Sin embargo, durante siglos, no la entendieron la mayoría de los cristianos: no se pudo dar el fenómeno ascético de que muchos buscaran así la santidad, sin salirse de su sitio, santificando la profesión y santificándose con la profesión. Y, muy pronto, a fuerza de no vivirla, fue olvidada la doctrina [...]

[...] A la vuelta de tantos siglos, quiere el Señor servirse de nosotros para que todos los cristianos descubran, al fin, el valor santificador y santificante de la vida ordinaria —del trabajo profesional— y la eficacia del apostolado de la doctrina con el ejemplo, la amistad y la confidencia. Quiere Jesús, Señor Nuestro, que proclamemos hoy en mil lenguas —y con don de lenguas, para que todos sepan aplicárselo a sus propias vidas—, en todos los rincones del mundo, ese mensaje viejo como el Evangelio, y como el Evangelio nuevo [...]

92 [...] Nunca, para la Obra, habrá problemas de adaptación al mundo; nunca se encontrará en la necesidad de plantearse el problema de ponerse al día. Dios ha puesto al día su Obra de una vez para siempre, dándole esas características seculares, laicales (...). No habrá jamás necesidad de adaptarse al mundo, porque somos del mundo; ni tendremos que ir detrás del progreso humano, porque somos nosotros —sois vosotros, mis hijos—, junto con los demás hombres que viven en el mundo, los que hacéis este progreso con nuestro trabajo ordinario [...]

[...] Al suscitar en estos años su Obra, el Señor ha querido que nunca más se desconozca o se olvide la verdad de que todos deben santificarse, y de que a la mayoría de los cristianos les corresponde santificarse en el mundo, en el trabajo ordinario. Por eso, mientras haya hombres en la tierra, existirá la Obra. Siempre se producirá este fenómeno: que haya personas de todas las profesiones y oficios, que busquen la santidad en su estado, en esa profesión o en ese oficio suyo, siendo almas contemplativas en medio de la calle [...]