Canela fina peruana

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Por Artesano, 3 de septiembre de 2007


Escribo por primera vez y desde Perú. He leído algunos escritos sobre el Opus Dei en el Perú y quisiera aportar con esta serie de escritos, mis experiencias vividas como ex numerario.

Pedí la admision a los 14 años y medio y a los 23 años me fui con un gran sentimiento de culpa, pensando que había actuado de una forma desleal y me sentía culpable por haber tomado una decisión tan extrema. El Tiempo y la vida se fueron encargando de aclarame poco a poco las cosas. Ahora desde la distancia y con la objetividad que me da la experiencia, puedo decir que me equivoqué al confiar mi vida espiritual y mi intimidad con Dios a personas que, en su mayoría, salvo raras excepciones, solamente les interesaba las almas de algunos, dejando de lado la caridad y la justicia cristianas...

Llegue al Opus Dei finalizando los 70s y estuve una década que, pienso yo, fue crucial para la historia de la Obra en Perú. Cuando me hice numerario, no sabía qué significaba serlo, porque no me lo dijeron, llegué ilusionado y con muchas ganas de darlo todo. Sin embargo la inocencia e inmadurez de mi edad no permitieron vislumbrar este "pequeño" detalle. Me contaron cosas que no sucedían ni existían, me hablaban de cantidades de chicos peruanos que, como yo, morían por escribir la carta al Padre. Obviamente todo eso fueron fuegos artificiales y fantasmas creados en una institución que con casi 25 años en el Perú no salía a flote y los pocos numerarios que habían eran mayores y los más jóvenes bordeaban los 30 años. Muchos de ellos se fueron pronto, quedaron los mayores, en su mayoría españoles con una visión distorsionada del mundo en el que vivían en un país tan variopinto como el peruano, en el que la miseria, la incultura y el hambre claman con gritos desgarradores y conviven astutamente con una burguesía pequeña, pero poderosa, a la que el Opus Dei le hace guiños y apaña por conveniencia nada espiritual.

Personalmente pienso que para la historia de la Obra en el Perú, los años 79 y 80 son fundamentales. Recuerdo que yo estaba haciendo mi centro de estudios, era uno de los dos residentes que lo hacíamos, los demás eran adscritos y por esas circunstancias "especiales" nos enterábamos de muchas actividades y campañas que llegaban de Roma a Perú. Casi la mayoría eran llamadas de atención por la falta de audacia para conseguir que piten numerarios, por ahora "no nos interesaban" supernumerarios o agregados, pues parece ser que estos eran de segunda categoría. Casi convivíamos con la Comisión. Los adscritos y la labor de San rafael se hacía lógicamente con gente clase "A", recuerdo que se decía una frase muy peruana referente al apostolado, los chicos de san rafael deben ser "canela fina".

Volviendo a los años 78 y 79, decía que fue fundamental para la Obra en el Perú porque se anunciaba la llegada de un sacerdote numerario, que vivía en Cavabianca con el Padre, que había sido un gran basquetbolista y de una familia que hizo mucho los primeros años de la Obra en el Perú. Hoy es el actual cardenal del Perú. Fue importante su llegada, porque llegó con muy mal humor, pasaban las semanas y no hablaba sino lo necesario y todo esto contrastaba con lo que nos contaban en las tertulias de él. Apenas unos meses antes de llegar a Perú este sacerdote, empezaron a pitar desesperadamente muchos chicos de 15 y 16 años, digamos que la puerta de entrada se abrió casi de par en par, mucha gente muy simpática y agradable pedían la admisión y llegamos a ser multitud. El centro de estudios de 2 personas, pasó a ser un centro de estudios de 15 o 16, se veían sonrisas en la gente de comisión, gente que por lo general vivía casi un tiempo de la tarde prolongado.

En esa época Lima seguía creciendo, las "invasiones" de tierras por los migrantes hambrientos de la sierra se convertían en grandes barrios de miseria y un clima social difícil era tierra de cultivo propicia para iniciativas social-marxistas y en el terreno de la Iglesia peruana cobraba mucha vigencia la teología de la Liberación. En los lugares alejados de la capital, un movimiento radical tomaba las armas y bajo la inspiración maoista se proclamaba liberadora de esta realidad y su objetivo era ir del campo a la ciudad sembrando terror y destrucción para cambiar estructuralmente la historia.

Esa ola de terror que se preparaba desde los andes peruanos coincidía históricamente con una ola de pitajes irreflexivos en "Los Andes" limeños, pues asi se llamaba el centro de estudios en la calle Gral Varela 415., en el barrio de Miraflores.

Aún recuerdo con cariño los rostros de estos chicos, la mayoría recién ingresados a la universidad como yo, casi todos con apellidos importantes, "canela fina" limeña a quienes les costaba dejar los mimos y antojos propios de una sociedad burguesa que vivía en el Perú, pero muy lejos de la realidad peruana. Los mayores de comisión casi babeaban con algunos apellidos y se hacian de la vista gorda muchas veces. Pienso que esa fue la piedra de toque y el campanazo a mis 17 años para pensar que no estaba en el lugar correcto. Sin embargo llegó el sacerdote tan anunciado, le bastaron 15 o 20 días para conocernos a todos y convertir el centro de estudios en lo que fue a sus inicios, un centro de estudios de 2 numerarios jóvenes. Me dió mucha pena ver gente que se iba por sus propios medios con la desesperanza de dejar un hotel de lujo y otros a quienes se les prohibía la llegada al centro. Sin embargo no fueron los únicos.

A los pocos meses un sacerdote numerario mayor, español, médico de profesión se largó sin más, muy enfadado. Antes tuvo muchas discusiones con el recién llegado y una mañana sin mas se fue. Hubieron otros que hicieron lo mismo. Yo pensaba inocentemente que las cosas estaban cambiando para bien, preguntaba pero me respondían a medias. Sin embargo confiaba y esperaba. Para ser justo tengo que decir que Juan Luis Cipriani, es una persona que tiene un trato muy agradable, delicado, duro y valiente cuando corresponde serlo, muy inteligente, pero convencido y confiado en que pertenece a esa clase de peruanos que nacieron para solucionarle la vida al país. Que pertenece a ese grupo de familias peruanas de solida formación cívica y moral, poseedoras del tesoro de la tradición peruana y por lo tanto imprescindible en la vida pública del país. En otras palabras, la persona necesaria para un país que ya no existe, para un Perú de los años 50, el Perú romántico de Bryce Echenique, el Perú que se fué, en el que los ingenieros y los agricultores dominaban la tecnología y por lo tanto la política y la economía. El Perú de Victor Andres Belaunde, de Bustamante y Rivero. Ese Perú ya no existe. Aunque, para quienes no conocen mi país, muchos personajes de la política y de la iglesia peruana piensan ciegamente así.

Para concluir este primer escrito quiero indicar que pienso que los errores, las injusticias y defectos de la Obra en el Perú tiene su raíz en una mala interpretación de la realidad peruana, siempre siguieron moldes y estilos irreales, que comentados fríamente no llaman mucho la atención, pero, que cuando se vive en la práctica hacen daños personales, algunas veces irremediables y traumáticos. Yo me incluyo en el grupo de gente que creyó, se entregó y planificó su vida, aún después de salir de la obra y ahora sufre las consecuencias. Desde muy joven dejé a mis padres. Tuve que decirle a mi padre que quería más a la Obra que a él, lo cual le causó un gran dolor, estudie una carrera que no me gustaba y no pude recibirme, por lo tanto mis problemas económicos se agudizan con ello. Pedí ayuda laboral para mantener a mi familia y nunca la recibí y como muchos de ustedes sufro y he visto la indiferencia de quienes en su momento fueron mis hermanos y hoy me miran como una cosa rara. También tengo que decirles que si bien eso me afectaba en un primer momento, me ha ayudado a ver las cosas claramente. Ahora soy una persona con muchísimos problemas materiales, pero me siento libre y feliz, como le comentaba a una amiga muy cercana. Me siento feliz pero muy preocupado.



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