Así se viola la conciencia en el Opus Dei

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Por LaRosaBlanca, 8 de noviembre de 2010


Los tiranos de todos los tiempos han intentado dominar al prójimo. Siempre necesitaron recurrir a la tortura y la violencia física para conseguirlo. Gracias a Escrivá, fundador del opus dei, se ha descubierto un nuevo método capaz de llegar a lo más hondo de la conciencia y someterla sin violencia física. Para ello se utilizan tres armas letales de destrucción masiva: el sacramento de la Reconciliación (mal utilizado, claro), la “charla fraterna” o “confidencia” y la “corrección fraterna”. Utilizadas con maestría las tres juntas, se llega a reducir al otro sin que se entere. ¡Hitler y Stalin se revuelven de envidia en sus tumbas!

En el opus dei, el secreto máximo para comenzar a destruir personas está en la dirección espiritual colectiva. En efecto, es la institución del opus dei quien lleva la dirección espiritual. El padre Escrivá y sus sucesores delegan la tarea en los directores, quienes a su vez pueden delegar en terceros. Siempre laicos. No se distingue el fuero interno y el externo. Cada semana los numerarios y agregados tienen una "charla fraterna", donde, con "sinceridad salvaje", cuentan toda su interioridad. La víctima no puede elegir, la hace con quien le mandan. Los que reciben la charla no están obligados a guardar secreto (es dirección espiritual colectiva). Hablan de la intimidad de las personas en el Consejo Local y se hacen informes escritos de conciencia. La víctima desconoce que su intimidad es manoseada y puesta por escrito. Una vez que han llegado al sagrario de la conciencia, se les dice que la voluntad de Dios se manifiesta a través de los directores. Deben "obedecer o marcharse".

De este modo se produce una auténtica violación de la conciencia. También los sacerdotes deben someterse a la "confidencia" semanal con un laico. A continuación, y también con una periodicidad semanal, las víctimas deben confesarse con el sacerdote del centro. Se les dirá que son libres para confesarse con quien quieran, pero en la práctica les obligan a confesarse con los "buenos pastores", es decir, los sacerdotes designados por la obra. La confesión ha de ser breve y concisa. Una vez administrada la absolución, la conversación posterior, incluso si se trata de asuntos tratados en la confesión, queda libre del sigilo sacramental y el secreto profesional. Este subterfugio es inédito en la historia de la Iglesia. El sacerdote orienta al penitente con las indicaciones espirituales que le llegan de los directores, últimos responsables de la dirección espiritual. Esta práctica inadmisible era desconocida por la autoridad de la Iglesia hasta hace poco tiempo.

Una vez sometida la conciencia en sus zonas más íntimas y la voluntad de Dios manifestada a través de los directores, la víctima ha de sufrir nuevas vejaciones:

  1. Quedan prohibidas las conversaciones sobre cuestiones personales con otros miembros de la prelatura. Basta con la confesión y la charla fraterna semanal. Así, la víctima queda aislada. Atomizada. Se corta de raíz la amistad e intimidad entre los miembros, con más razón con miembros del otro sexo.
  2. Se le carga de "normas". Han de cumplir tantas al cabo del día que no hay tiempo para pensar ni para descansar. Del cumplimiento han de dar cuenta semanal en la charla fraterna y se aconseja que lleven una ficha diaria y apunten si las han cumplido o no.
  3. El comportamiento "externo" se controla a través de la llamada "corrección fraterna". Después de pedir permiso a la autoridad competente, cualquier miembro puede corregir a otro. Se anima sin cesar a las víctimas a que las hagan. Todos espían a todos. Es coacción sutil y eficaz.


Este proceder provoca un gran sufrimiento en los miembros. La persona queda sometida completamente. En la mayoría de los casos, el “tratamiento” lo padecen desde la adolescencia, edad privilegiada por la secta del opus para hacer proselitismo. Cuando enferman son llevados a psiquiatras de la obra, siempre acompañados, quienes recetan pastillas para perseverar en la vocación. Los casos más graves son llevados a la cuarta planta del hospital de Pamplona. Por increíble que parezca, todo lo dicho se puede demostrar con documentos secretos de la obra desconocidos por la Iglesia hasta hace poco, y por el testimonio de miles de víctimas. La Iglesia tiene la difícil tarea de enfrentarse a esta patología del cristianismo y hacer justicia pública a las víctimas.



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