Anecdotario

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Por Books, 18.04.2008



La habitación de invitados.

Tenía un pie fuera y otro saliendo.

Solo recuerdo una vez en la que salí fuera para hacer un medio de formación. Daba por hecho que todo venía indicado desde arriba, fecha, y lugar. Después descubrí que había personas que pedían ir a tal sitio o tal otro.

No sé por qué (ahora creo que sí lo sé) lo normal era que me tocaran habitaciones medianitas o lugares regulares. Si había sótano en la casa, al sótano, si pabellón, al pabellón, si casita, a la casita. En algunas ocasiones, creo que un par de veces tuve una habitación en las zonas normalitas.

Pero hete aquí, que cuando estaba con un pie fuera, reparten las habitaciones en el último curso anual que hice, y ¿a dónde voy a parar? ¡a una habitación de invitados! Yo no me lo creía, o sí. Tenía un cuarto de baño de considerables dimensiones y en la habitación ¡un sillón! Al lado había una especie de office. Aquella zona era como un pequeño apartamento. Como me apetecía estar sola, me pasaba muchas horas allí, leyendo, pensando y echando un pitillo alguna vez. Para colmo, si no quería bajar al oratorio podía hacerlo por una puerta que daba al coro. Lástima que solo pude disfrutar de esta habitación al final de mis días en la obra....

El cura que me hizo sufrir

Tenía un pie fuera y otro saliendo.

Conocí en mis tiempos en el opus dei a dos sacerdotes estupendos. Uno de ellos, parecía que flotaba en el aire. Llegaba al centro para la bendición y entraba cantando por lo bajini en la sacristía. Poco le importaba lo que desafinaba. Cuando hablabas con él, te convencías de que eras la mujer más buena del mundo. Nunca pasaba nada, aquello era una tontería, a eso otro no le des ninguna importancia, eso también me pasa a mí. Total, que a veces pensaba ¿y de qué me confieso hoy?.

Pero hete aquí, que cuando estaba con un pie fuera, no lo tuve a él cerca, igual otro gallo hubiera cantado de haber sido así.

Pero no. ¡Qué mala suerte tuve, en mis malos momentos!. Yo aprovechaba cuando venía otro sacerdote para pasar a confesarme, porque el designado me ponía de los nervios. La última vez que hablé con él, tardé tiempo en olvidarla.

Le contaba mis luchas, mis problemas, mis penas, mis dudas, costándome mucho esfuerzo el hacerlo. De repente me corta y me dice: “Ya está bien de dar la lata. La directoras tienen mucho que hacer como para estar pendiente ti. Deja ya de marear, si te quieres ir te vas”. Me dijo más cosas que no recuerdo, todas por el estilo. A mí se me hizo un nudo en la garganta. No entendía nada. ¿No decía alguien, que por un hijo suyo se llegaba hasta las puertas del infierno?. Supongo que este cura debió perderse esta clase o tal vez era demasiado práctico. Pasé el resto de la tarde como alma en pena. No volví a hablar con él.

Perseguida por una numeraria modélica

Tenía yo un pie fuera y otro saliendo.

Hete aquí que me voy al curso anual. Antes de asistir me había molestado en decir en la delegación, que durante mi estancia allí no hablaría con nadie, que ya lo haría a la vuelta. La que me escuchó me dijo que estaba de acuerdo.

Pues bien. El tercer o cuarto día me viene la repartidora de amigas íntimas y me dice que hablaría con dolorcita. Yo le dije que había un fallo, que se enterara bien, porque aquello no era así. Dijo que lo haría.

A los cinco o seis días se me acerca mi presunta amiga íntima y me dice que cuándo me viene bien que quedemos. Vuelta a explicar. Al día siguiente me insiste, y yo le repito la misma historia. Así tres o cuatro veces, hasta que me mosqueé, le dije que me dejara en paz de una puñetera vez. Patético, yo con más de cuarenta años, ella con unos cincuenta, dos mujeres supuestamente maduras, y persiguiéndome como si de una cría se tratara.

Increíble pero cierto, yo lo vi.

Maltrato ¿psicológico?

Andaba yo con los dos pies dentro.

Y tuve la mala suerte de tener que hablar durante algo más de año y medio con una persona a la que no aguantaba. Se las daba de chula, se sentaba o mejor se tumbaba en el sofá, estiraba las piernas y cruzaba los pies, en espera de que yo “le soltara el rollo de la semana”. Yo no sabía ni como empezar, pues me sentía humillada desde el principio. En una ocasión, yo estaba deseando contarle un logro, que me parecía importante. Su comentario fue el siguiente: “eso ni se cuenta, se da por hecho”. Yo aluciné, toda la semana esperando este momento y lo que consiguió fue joderme un poco más. Hubo ocasiones en las que me hizo hasta llorar. Yo esto lo decía a “la dirección”, pero la respuesta era que pusiera “visión sobrenatural”. Y yo, como estaba con los dos pies dentro, obedecía. Al cabo del tiempo me vino a decir la directora, que no debí haber hablado durante tanto tiempo con este persona... ¿......?

Pequeñas crisis

A lo largo de mis años en el opus dei tuve “algunas malas rachas”. Y he descubierto, que las “compensaciones” que yo me buscaba eran de lo más inocentes. Claro, como casi todo lo demás, lo sé ahora.

Nunca me gustaron los sábados por la tarde. Siendo adscrita lo pasé realmente mal. Yo había terminado mis estudios, con lo cual no iba a clases, con lo cual no tenía amigas, con lo cual cero amigas para la meditación. Me sentía fatal cuando veía pasearse a otras del centro exhibiendo sus trofeos.

Las tardes se me hacían larguísimas, la casa se me caía encima, porque para colmo en el opus dei no se merienda los sábados.

Un día, ya no aguanté más. Dije que había quedado con una amiga en la calle para pasear, que no quería ir a la meditación. No existía tal amiga. Me fui a casa de mis padres y merendé todo lo que quise. Este plan me gustó y lo repetí en más ocasiones.

También viví siendo adscrita en la administración de un colegio mayor. ¡Que tristeza de sábados, también sin merendar, cenando sopa a las ocho y media de la tarde con el sol en la calle!

Pasaron los años, con sus correspondientes sábados y aunque ya no tenía ese agobio de las meditaciones, me seguía viniendo abajo. No creo me deprimiera pero me entraba una angustia y una tristeza enormes. Las casas en silencio, cada una en su habitación y ¡sin merendar! Y no es que fuera hambre, era pena. Esperaba con ganas que llegara la hora de la cena y se acabara el sábado. A veces sí que estaba hambrienta y si tenías la mala suerte de que aquella tarde le tocara el turno a una especialista en huevos pasados por agua, pues entonces aquello ya era el remate. Un sábado sin merienda, y de cena un huevo pasado por agua ¡qué asco y que pena y hambre! Yo cogía rebanadas de pan y les echaba aceite y después me comía dos piezas de fruta.

En las malas rachas, cuando no estaba “por la labor”, yo hacía mi “contraplandevida”. Si ya no me enteraba casi nunca de lo que se leía por las mañanas, en estas circunstancias desconectaba totalmente. En las oraciones en común no contestaba y si me tocaba dirigir rezos llegaba tarde para que otra se me adelantara. En las tertulias tampoco escuchaba, si lo hacía, me ponía a rumiar por dentro y me decía “vaya tontería que está contando la tía.”

De vez en cuando me iba al Corte Inglés con un cigarro, un chicle de menta y un bote pequeño de colonia. Me metía en los servicios y allí me mediofumaba el pitillo. Después me iba al “territorio vaquero” y me probaba pantalones y me miraba al espejo durante un cuarto de hora añorando una prenda muy preciada por mí y totalmente prohibida.

Estas eran mis compensaciones. Cuando ahora leo que hay curas y directores que tienen una tele en su habitación, que ven películas y escuchan el mp3, me “jago cruse” ¡Por Dios, pero que buena era yo! ¡que tonta!.

Dime quien eres y te diré cómo te trato

Era llamativo sobre todo en los cursos anuales cómo se trataban entre las directoras, o “ciertas numerarias”. ¡Menudo compadreo!. Ellas sí compartían su intimidad, porque eran directoras ¡y qué peso es el dirigir un centro! y ¡cuántos problemas! ¡y qué ganas de desconectar! ¡y vaya plan el que hay en mi casa!. Y es que estas cosas las escuchabas en la piscina, cuando el aire se llevaba sus voces hacia donde tú estabas.

Y a propósito de piscinas, también había directoras que se tumbaban de espaldas al sol “por prescripción médica”, y había directoras que iban a la playa porque el médico se lo “había aconsejado” y directoras que tenían que hacer mucho deporte para “defgarse”. Tal vez las haya, pero yo no sé de ninguna numeraria auxiliar con este tipo de tratamiento, ni a mí tampoco me lo recetaron nunca ¿Sería que yo no hacía nada? Pues sí, léase en “Mi vida sin mí” capítulos 2, 3, 4, 5.

Algo que también me sorprendía era el trato que ciertas numerarias y directoras dispensaban a las numerarias auxiliares.

Un día, en esa época en que los grandes almacenes empezaron a abrir los domingos, tres auxiliares le estaban diciendo a la directora que iban a ir al Corte Inglés. Respuesta de la directora: “Ni se os ocurra, que yo no me entere que vais a comprar un domingo”. Tiene guasa la cosa, supongo que la directora estaría pensando en que el domingo lo creó Dios para descansar, pero lo paradójico era que se lo estaba diciendo a tres auxiliares que acababan de llegar de un centro, de fregar, limpiar, y cocinar. ¡chúpate esa!

En otra ocasión estábamos en la capilla, en un rezo comunitario. La que debía leer las oraciones no tenía el papelito. Empezó a mirar a su alrededor y tan sólo una numeraria auxiliar estaba leyendo tan contenta su impreso, pero no le dio la gana de prestárselo. Tenía esta auxiliar alguna “prescripción de pastillas”. Bien, pues la directora viendo que no le dejaba el papelito a la otra, se levantó de su banco y se lo arrebató. Yo me quedé con la boca abierta. Después se lo comenté a la subdirectora y me dijo que bueno, que era mayor, que había estado muchos años en Roma... ¿...? Sin palabras.

Viví en un centro en el que la directora y la subdirectora se llevaban francamente mal. En una ocasión, me viene la segunda y me dice: “Mira, había pensado que le dijeras a Pepita (la directora), que... y tal y cual.

Yo no había visto lo que ella me contaba, pero me dijo que como ella era la subdirectora y que tal y cual pues que no era conveniente que fuera la que se lo comentara. Tardé varios días en decidirme, hasta que por fin fui a dirección temblándome las piernas y se lo solté. Había que ver la reacción de la corregida, parecía una leona muerta de hambre: “¿Qué? ¿Eso te lo ha dicho Juanita, verdad? ¿Dilo, te lo ha dicho ella?. ¡será..... esa niñata!

Esta directora no tenía muy bien aprendido eso, de que “no hay que comentar nada durante”, ni tampoco aquello, de que “aunque no sea verdad, hay que aceptarlo porque así se crece en humildad”. Me cogieron de intermediaria para decirse la una a la otra lo que no eran capaces de decirse entre ellas.

Siempre hubo clases

Creo que fue una buena ocurrencia aquello de que decidieran que dejáramos de levantarnos cuando la directora entraba en el cuarto de estar o en el comedor. Realmente, qué familia tan rara. También me pareció una estupenda idea dejar de tratar a las numerarias auxiliares de usted. Qué familia tan rarísima, entre hermanos y un trato tan distante.

Después se les ocurrió que a las personas mayores de no sé qué edad, se les hablara de usted. Qué mal me sentó que una esaboría de unos veinticinco años, se aprendiera tan bien la lección y me hablara de usted cuando yo tenía algo más de treinta años. Pero esto no cuajó. Total, que parece que lo del tratamiento les debía preocupar...

Recuerdo, que siendo adscrita y viviendo en la administración de un colegio mayor, se me atragantó la comida cuando entró al comedor una numeraria auxiliar y me habló de usted y me sirvió la comida. Esta chica era de un barrio muy cercano al mío tal vez un pelín más bajo si hablamos de clases sociales. Era una escena rarísima. Y a propósito de clases, decir que conmigo la teoría de que los numerarios son la “élite”, no se cumplió, ya que mi familia era de clase bastante normalita, mi padre un trabajador, muy currante por cierto, que nos sacó adelante porque descansaba bastante poco. Pero sí es cierto que mi caso es de los poco corrientes.

Algo que nunca entendí y que no me gustaba era el por qué una directora tenía derecho a llegar tarde. Cada uno tiene su vida, su trabajo, sus encargos. Cada uno es responsable de no hacer esperar a los demás, aunque a veces sea inevitable, para todos.

Solo en una ocasión de mis años en el opus dei se me ocurrió ir a “comentar” una cosa a la delegación. Era sobre algo que me sorprendió de la directora de un curso anual al que había asistido. Tenía que haber visto a la de san miguel pero estaba ausente, con lo cual la que me recibió fue la directora. Tardé algo en decidirme, porque estos temas me ponían muy nerviosa. Antes de la cita, yo tenía una consulta en un médico. Había previsto que llevara retraso, pero aquel día fue una pasada.

Llegué tarde, unos diez o quince minutos. Y ¡joder¡ qué recibimiento!!!: “Me has hecho esperar”, yo no puedo permitirme el lujo de perder el tiempo”. No sé si dijo algo más. El caso es que yo empecé a sudar, algo raro en mí. No me dejó explicarle nada. Yo no arrancaba. Empecé a trabucarme, y por fin lo solté. Ella me dijo, mirándome con ojos de sapo: “Ya lo sabía”. No volví a “comentar” nada nunca jamás a las instancias mayores.

Otra cosa que me ponía de los nervios era escuchar la frase “las numerarias tenemos que dar ejemplo a las auxiliares” No se podía hablar de cualquier cosa delante de ellas, con lo cual tenías que disimular o morderte la lengua. ¡ejemplo a las auxiliares! que en muchísimas ocasiones nos daban mil vueltas en todos los aspectos,

Pero ¡c’est la vie...!

La pasarela cibeles

En el centro de estudios, en los dos años que permanecí creo que me compré una falda, una blusa, una rebequita de perritos, y dos retales de tela, uno de ellos horroroso. La ropa que llevé durante este tiempo, era cedida. Recuerdo tres modelitos. Uno de ellos lo heredé de una que acababa de llegar de colegio romano. Era un conjuntito de falda, “yersy” y bobita. Celestito y a rallitas naranjitas. De “punto”. ¡qué cosa tan fea! ¡qué rancia estaba! Parecía salida de un hospicio...... pero había que vestirse. Otro consistía en falda gris, lisa por detrás, y con unas tablitas delante, y una chaqueta azul.......ya os podéis imaginar qué imagen tal laical, con la falda por debajo de las rodillas.

Y este se llevó la palma. Conjuntito de tela de algodón de camiseta, falda y camiseta de cuello mao, a rallas anchas azules y blancas, no sé si parecía una presidiaria o un jugador del Español, club de fútbol...... había que ir vestida..... Pero claro, aquella “no era yo”.

CAMARERA ¡!!!!!!

Pues sí, resulta que fui camarera durante un año, ¡y yo sin saberlo¡. Necesité pedir mi vida laboral para no recuerdo qué y me llevé esa sorpresa. También fui pinche de cocina y jefe de cocina.

Ocurrió que en una ocasión tuve que ir a las oficinas del paro..... Esto fue anterior a lo de la vida laboral. No sabía ni para qué iba. Me preguntaban que cuándo me contrataron, que por qué lo dejé..... Hice un ridículo monumental.

Más tarde trabajé en una administración por las mañanas, incluido sábados y domingos, daba clases por la tarde, de lunes a viernes y cobraba el paro........ Nunca firmé un contrato ni una nómina en los colegios mayores y por lo visto estuve contratada cuatro años. De todos modos y a pesar de lo esperpéntico del caso, algo es algo, porque de todos los años que trabajé..... pude cotizar sólo en algunos momentos. Después vino lo de la póliza, pero esa ya es otra historia.

Una boda y un funeral

Andaba yo con un pie fuera y otro saliendo. Se casaba una de las personas que trabajaban conmigo como empleada de hogar en una administración. Además era mi amiga. Siempre me llevé muy bien con ellas, y ponía empeño en que estuvieran bien atendidas.

Pues dio la casualidad de que el día de la boda, a la misma hora había círculo en el centro en el que vivía. Lo dije. Era fácil cambiarlo ya que era época de vacaciones. La directora dijo que vería qué se podía hacer. Negativo, el círculo no se cambiaba, ni de hora ni de día. Yo dije que me iba a la boda (a la ceremonia, claro). La juanita me dijo, que yo vería. Y le dije que efectivamente, y me fui.... más ancha que unas pascuas.

En otra ocasión había fallecido la madre de una supernumeraria de mi grupo. Coincidía el funeral con una reunión de encargadas de grupo. Dije que no asistiría a la reunión. Me insistieron en que tenía que estar. Patético. Reuniones que a veces consistían en leer papelitos, que no aportaban nada, que cualquiera me lo podía contar en otro momento. Y no, el funeral por la madre de una persona de la obra, no era tan importante. Llegué a irritarme sobre manera, pero me fui al funeral.

Y es que en la obra la caridad está por encima de todo... eso es lo que dicen.

Los lunes al sol

Hubo un momento en que mis padres empezaron a ser como niños. Ambos con problemas para caminar, muy torpes, vamos. Y después, mi hermano del que ya contaré en otra ocasión. Cuando iban de vacaciones, nos turnábamos entre el resto de los hermanos para estar con ellos en la playa. Bajar la sombrilla, las sillas, toallas, la nivea, el aftersun, el periódico.... y claro, a ellos.

Cuando le conté a una directora de la delegación que me iba, me sale con lo siguiente: “Tú, bajas todas las cosas, y después te subes a tu casa”. Yo aluciné, “pero si lo más gordo es meterlos y sacarlos del agua, ponerles las cremas, las toallas por encima, o sea ¡estar con ellossss!”. “Tú verás, pero ya sabes que no vamos a la playa en verano”. Chúpate esa. Pero las directoras sí iban, “por prescripción médica”. A mis padres, que les dieran dos duros... allá ellos.... Pues esto es lo que hay, o lo que había..... ¡como todo ha cambiado tanto!??.

Sin palabras

Trabajaba en una administración, algo cutrecilla, por cierto, y que se inundaba con cierta frecuencia. Entre las numerarias auxiliares, había una, del norte, muy delicada, educada y terriblemente “¿cuadriculada?”.

Encontrábame con ella en el oratorio de la residencia, yo limpiando la zona del altar y ella por los bancos. Yo pasaba la mopa. Cuando llegué a lo que es propiamente el altar levanté las partes que caían del mantel y las puse sobre éste. De repente, veo que la auxiliar, suelta el trapo del polvo, viene hacia mí con cara de circunstancias, muy seria, y me dice: “señorita, eso no se puede hacer, es una irreverencia, es como si se le levantara la falda a nuestro Señor”...

Yo me quedé tiesa, no estaba acostumbrada a escuchar cosas tan rarísimas. Me entraron ganas de reírme, pero no lo hice por detalle con la auxiliar. De este tipo de ocurrencias, se dieron más, no las recuerdo bien y no las puedo poner en pie. Pero había cada cosa....

“Ha estado usted a punto de irse al otro mundo”

Estas fueron las palabras que me regaló el mantenedor de un colegio mayor, en cuya administración trabajaba.

Yo pasaba una temporada en el planchero. Era sábado a mediodía. Fui al lavadero, a cambiar el agua a la lavadora, pues era de esas gigantes con un bombo horizontal de unos dos metros, y manual. Había que darle a una manivela para soltar el agua sucia, abrir la llave del agua para que entrara la limpia. Pues bien, estoy en estas faenas, cuando el bombo, lleno de ropa y de agua, empieza a pegar botes de arriba abajo. Salía mucho vapor por todos lados, incluso de una lavadora automática que había a otro lado. Como pude, aterrorizada, solté la mano de la llave, salí corriendo y busqué a la directora, y ésta al mantenedor y al cura de la residencia, ya que el director “no podía aparecer al otro lado”. Bajamos a las calderas, que estaban inundadas. Resulta que el termostato había fallado, y la temperatura del agua subió de una manera espantosa. Fue entonces cuando el mantenedor me dijo: “señorita, ha estado usted a punto de irse al otro mundo”. Tardé toda la tarde en recuperarme del susto, y esa noche no pegué ojo... se la ví!.

¿Sibaritas, místicas, retorcidas, cínicas?

Una empleada de hogar con la que trabajé varios años, y con la que aun mantengo contacto, me llamó un día indignada. Ella seguía trabajando en un centro de la obra, por cierto, mal pagada. Yo ya me había ido:

-“Estoy hasta el gorro, esto no hay quien lo aguante. ¿Qué te crees que me viene a decir el otro día la gili esa (la administradora)? Agárrate!. Va y me dice la tía: ‘mira, tu estás mal de dinero ¿no? Pides a veces que se te adelante el sueldo, o que se te suba..... Habíamos pensado.... que vinieras a trabajar el domingo que hay retiro, para que las de la casa puedan rezar bien y no se distraigan recogiendo la mesa, poniéndola...’”

Mi amiga le contestó. “Mira, yo tengo una familia, trabajo aquí de lunes a viernes. Salgo a las diez de la noche. Los sábados y domingos me dedico a los míos. Así que no, no vendré a trabajar el domingo de retiro.”

La administradora le contestó que no le haría tanta falta el dinero, a lo que ella le dijo, que aunque tuviera que tirar de donde fuera, no iba a dejar a sus hijos y a su marido para ir allí.

Y es que así se las gastan a veces.....

Un regalo de mi hermana

Cuando la otra, era buena....

En mis veintidós cumpleaños, veintidós santos, veintidós días de reyes, recibí regalos de mis padres y hermanos. Recordando he querido contar con las cosas que me quedé: una caja de bombones, que escondía en el armario entre la ropa, una carpeta portafolios, algún bolígrafo....

Un pañuelo que me regaló mi hermana, me lo quedé, pero cuando me lo vio puesto la directora, me lo arrancó del cuello. También me quitó un jersey que me había comprado sin consultar. Y es que me encontraba pasando entonces, una mala racha.

En una ocasión, en la que me encontraba “bien”, mi hermana me regaló un jersey que me encantó. El color me parecía precioso, y la forma también. Pero con mucha pena y pocas ganas lo dejé en dirección.

Al día siguiente, se sienta a mi lado en el comedor una de las personas más rancias que me encontré en el opus dei. No vestía como una “persona corriente”. Bien, pues me dice: “me ha dado la directora un jersey que lo voy a usar para excursiones”. Le pregunté que cómo era. ¡Era el que me regaló mi hermana, no había duda!. Claro, ella no podía llevarlo puesto como cualquiera, con más o menos estilo, ya que como fuera que lo usase, lo estropeaba. ¡Qué mal me sentó! Cuando se lo vi puesto, casi lloro de la pena.

Y hablando de trapos

Cuando me hallaba con un pie fuera y otro saliendo, me fui un día de compras, yo sola ¡oh falta de espíritu! Y cuando llegué al centro no dejé la ropa en dirección ¡oh pecado!.

Me parecía absurdo que me acompañara alguien que no era de mi estilo y más absurdo soltar las compras en dirección, estando en época de rebajas, y donde se acumulaba la ropa porque éramos muchas personas las que vivíamos allí, y ni la directora ni su abuela miraban nada, porque lo que querían era quitarse aquello de en medio cuanto antes, pero claro, caiga quien caiga, es necesario cumplir los trámites...

Recuerdo que durante mucho tiempo, para ver qué te tenías que comprar, y qué debías “desechar”, se paseaban directora y subdirectora por todas las habitaciones, te hacían vaciar el armario entero, y con libreta y boli en mano, te decían “tienes suficiente ropa, o demasiada, o tienes que comprarte un conjuntito, o esto no te queda ya bien, lo tienes que dejar. Y apuntaban: P.K.W.: compras: un conjunto; desechar: una falda....

A veces te daban ropa, unas más monas que otras, y según como estuviera el ambiente, te la quedabas o si ya estabas harta de ropa que no te gustaba.... decías: “no gracias”. En algunas ocasiones sí me gustó lo que me dieron. Decían que yo tenía “cuerpo de pobre” y que todo me valía....

Obligada por una “luxindex”

Ya me estaba yendo, o lo pensaba más en serio. Cumplía el trámite de sentarme una vez a la semana con mi supuesta amiga de intimidades. Yo hablaba de tonterías, pues no me apetecía contarle nada a la persona designada. Dije a la directora que quería cambiar, pero no tuve éxito. Ya dejé de llevar agenda porque no tenía nada que apuntar, porque no tenía nada de contar.

Un día me dice una del consejo local: “Ha llamado la de san miguel, que quiere que vayas a hablar con ella”.

Cuando llegué, más fresca que unas pascuas a la delegación y después de los saludos de rigor, me dice la mujer: “me han dicho que no usas la agenda para tus conversaciones”. Yo le contesté que no sabía que era obligatorio y además le dije que tampoco la llevaba para círculos, ni meditaciones, ni ná de ná..... Total que aquello fue el inicio de una conversación bastante chunga y en la que la chica no logró convencerme de nada de lo que tenía escrito en su luxindex...

Y ahora me viene la duda: ¿eso de la agenda era una norma o una costumbre? Claro que no me importa un pedo de violinista....

Poderoso caballero

Hacia el año 1996, creo recordar, nos reunieron un día a un buen grupo de administradoras y otras numerarias con trabajos internos. Nos comunicaron, que al no tener seguridad social, ni estar contratadas, se nos haría una póliza de jubilación, de cara a nuestro incierto futuro. La noticia lógicamente fue acogida muy bien, aunque eran bastantes los años en los que habíamos estado totalmente desamparadas. Cuando estaba pensando en mi salida, encontrándome en paro, me llegó el momento de pagar lo correspondiente a ese año. No tenía dinero, pues no cobraba ni siquiera el desempleo. Le dije a una persona de la delegación, con la que hablaba por aquellas fechas, que la iba a rescatar. Ella me preguntó qué iba a hacer con el dinero...

Le contesté que lógicamente ingresarlo en mi cuenta. Según ella, lo suyo sería que lo hiciera en la caja de mi centro. Yo pensaba que no, ya que la situación en la que me encontraba no era para tontear con algo que me pertenecía, y que de irme, sería lo único que me podía llevar conmigo.

Más tarde, pensando en esto, me dije que había sido tonta. Resulta, que para ingresar el dinero, era mi centro, pero para pagarme lo correspondiente a ese año del seguro, no era mi centro. O sea, para yo dar, era mi casa. Para que se me diera a mí ¿qué era?

Pasó un año. Escribí mi primera carta diciendo que me iba. Me contestaron al mes y pico, diciéndome que lo pensara. En estos días un cargo muy importante de la delegación mantenía conmigo una conversación, en la que me animaba a quedarme. Fue algo de un tono muy elevado, ella tocaba el cielo. Todo muy sobrenatural, muy espiritual, muy de Dios. De repente, y sin aviso, me suelta: "Desde que rescataste el dinero de la póliza, tu ya tenías claro que te ibas". Me quedé pegada. Hacía un año de eso, durante el cual yo seguía haciendo esfuerzos por quedarme. Yo ni me acordaba. Ella había bajado del cielo a la tierra en un segundo. Para variar, una vez más, el dinero jugaba un papel importante. Yo lo tuve claro. Aquella fue la puntilla. Digamos que con esa frase me puso en bandeja la salida.

Le contesté: "Me parece increíble. Ya no tengo ninguna duda. Esa póliza era mía, para mi futuro. En ningún rincón en letra pequeña decía, que si el futuro estaba fuera de la obra, dejara de ser mi futuro. Además, he trabajado muchos años sin estar contratada, sin cotizar en la seguridad social. No sé como puedes decirme esto. Yo puedo irme a vivir a casa de mi madre. Pero ya me dirás que hace alguien que se va de la obra, que no tiene familia y se va sin un duro. Supongo que se tendrá que ir a vivir debajo de un puente". Ella no dijo nada, y yo me fui sin despedirme y acto seguido estaba escribiendo mi segunda carta diciendo con claridad cristalina que me iba. Sí, yo estuve allí.

Durante muchos meses me retuvieron la correspondencia. De mi centro la llevaba alguien a la delegación. Algunas cartas eran importantes y me llevaron a más de una situación tensa, por no haberlas leído en su momento y como consecuencia, no haberlas contestado. Me lo dieron todo cuando recibí la contestación a la segunda carta que escribí, poniendo fin a mi estancia en el opus dei.

Un autógrafo, por favor

No sé cuantas veces firmé papeles sin saber lo que hacía. Llegaba la secretaria de la casa y me decía: ¿puedes firmar esto?. Me ponía los papeles delante de la nariz, con un bolígrafo, yo firmaba y se los llevaba.

Un día empecé a leer lo que ponía. Cuando iba por la segunda línea, la que en esos momentos llevaba las cuentas, me dice: ¿por qué lo lees? ¿no te fías de la obra?. Yo dejé de leer y firmé. Sí, así se las gastaban, y así de imbécil era yo.

Tertulias insoportables

Nunca me gustaron las tertulias de "contar". Esto ocurría sobre todo en los cursos anuales. "Hoy le toca contar a fulanita". Y la fulanita soltaba el rollo de su centro, su labor y yo que sé.

Pero si había algunas que me parecían de nota, eran aquellas en las que las narradoras habían vivido episodios importantes en la historia de la obra. Anécdotas, que a mí me ponían especialmente de los nervios.

-"En los viajes, había una numeraria que llevaba entre su equipaje una sartén para hacerle las tortillas al padre" ¿?

- "Un día el padre se enfadó mucho porque había una pelusa debajo de un sofá"

- "Otro día se enfadó mucho porque fue a un centro y no estaba la administradora"

-"Aquel día se enfadó porque vio un cuadro torcido".

!Cosas pequeñas! decían. Para mí todo era exagerado, desproporcionado, absurdo, maniático. Yo he conocido "el placer de las cosas pequeñas" fuera del opus. Dentro, llegaban a ser en algunas ocasiones un verdadero suplicio.

¡Nuestra celda es la CALLE!

¡Somos del MUNDO, pero no mundanos!

¡Hemos de amar al mundo APASIONADAMENTE!

¡Las personas del opus dei son CIUDADANOS CORRIENTES!

Si estas máximas son reales, que baje Dios y lo vea. Me daría con un canto en los dientes, si alguna fuera cierto. Pero mucho me temo que si pierdo la mandíbula, será por otro motivo. Claro, que siempre cabe la posibilidad de acudir a la intercesión de san Judas Tadeo ¿pensáis que daría resultado? En fin, que como os decía a mí no me importa otro pedo de violinista, como diría Frank McCourt....



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