Anéldotas inverosímiles

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Por Satur, 4.09.2006


Una tuna, también conocida en algunas partes de Latinoamérica como estudiantina, es una agrupación de estudiantes universitarios vestidos con trajes de época de color negro, que forman un conjunto musical en el que suelen emplearse instrumentos de cuerda como son el laúd, la bandurria, la guitarra, aparte de la característica pandereta, con una finalidad de diversión o para obtener invitaciones o dinero, o también para lograr los favores de bellas damas a las que dedican sus canciones.

Así define Wikipedia la tuna y, más o menos, así era la tuna del UNIV, aunque con matices.

La primera tuna que asistió a Roma estaba formada mayormente por numerarios, y eso quiere decir que lo de cantar por diversión, pues sí; lo mismo se puede afirmar en cuanto a obtener invitaciones o dinero (se sacaba un pastón); incluso lo de dedicar las canciones a bellas damas, pero no para obtener favores. Nosotros no obteníamos favores de damas bellas, ni no bellas....

La tuna del UNIV era una tuna casta. Tan es así que habitualmente los tunos llevan prendidas sobre su capa unas cintas multicolores bordadas con dedicatorias más o menos cariñosas, más o menos ardientes, más o menos apasionadas, más o menos educadas. Las cintas acostumbran a ser largas, lo que facilita frases extensas tipo “al ver el clavel en mi pelo, mirándolo, creí ver los cojones de tu abuelo. Juanita”. Pura poesía.

Bueno, pues la tuna del UNIV llevaba cintas blancas, sin ningún tipo de dedicatoria, blancas como el traje de una novia, como un petalico de rosa, como una perla en la oreja de una princesa etíope.

Sin encambio, hubo actuaciones en que la tentación nos acechaba, como siglos antes le sucediera al joven Tomás de Aquino, el Acetato. Y nunca de modo tan agresivo como la noche que fuimos a cantar en Roma al presidente de la RAI y su esposa…

Ignoro cómo se concertó la cita, el caso es que nos embarcaron en un autobús que nos llevó hasta un céntrico barrio de Roma. Allí subimos dos pisos andando y cantando, o sea, hasta el primer piso andando y cantando, y a partir del primero, andando y jadeando, porque la escalera se las traía. Éramos unos veinte, además del director de la convivencia ( fundador, mentor y guía de la tuna), y el chófer del autobús , que se apuntó a gorronear cena.

Llegamos a una enorme sala de estar, de techos altísimos con esa de “ cuando la tuna te dé serenata…”. El espectáculo era impresionante: allí había de todo. Una peña de directores de periódicos, directores de cine, alguna actriz, algún actor, presentadores de telegionarles, corresponsales de prensa, y en medio, dominándolo todo, el presidente de la RAI, su esposa, y Joaquín Navarro, recién nombrado portavoz del Vaticano. Todos nos miraban sonrientes, sorprendidos, curiosos de ver un grupo de jóvenes desenfadados y festivos que cantaban alegres canciones y amenizaban la velada en homenaje a Rainone.

Rainone- el de la RAI - era un tipo vejete, canijo, de pelo blanquísimo, como ala de paloma, y nariz “a ver, que voy voy”. Su mujer era una señora madura, matrona cacatúa con un pandero como el castillo de Santángelo y una delantera que parecía una lanzadera de misiles Tomahawk Wiscosin Interprice Play Station. La señora era mayorcita: a ésta no le trajo la cigüeña al mundo, fue un Peridáctito

Por allí andaba también Paloma Gómez Borrero, entonces muy conocida, y a su lado se puso nuestro chófer, hipnotizado y como abducido al poder estar tan cerca de una señora que salía a diario en televisión.

El plan estaba muy claro. Primero cantábamos cinco canciones, después aperitivo y picoteo con la peña, y terminábamos con otras cinco canciones.

La cosa comenzó fantásticamente bien. Al ritmo de las melodías nos cimbreábamos armónicos como acostumbra la tuna. El de la pandereta, un tipo con barba, de calzones algo ceñidos y voz poderosa, daba saltitos y levantaba la patica hasta la altura de la cabeza para seguidamente meterle un guarrazo a la pandereta con la puntera del zapato que dejaba al de la RAI bizco.

Derrepenete, depronoto, el director – que solía colocarse detrás de la barrera de los tunos para observar el ambiente desde nuestra posición – se inquieta. Capta que unos cuantos de nosotros no cantamos tanto a Rainone y su mujer como a un grupo de “bellas damas” que cogidas del brazo, bailan y nos sonríen picaruelas.

Vamos a dejarnos de leches. La verdad es que allí había mucha mujer guapa, pero éstas, éstas… estaban para echarles Ketchup con manguera y comérselas. En concreto una era puros fuegos artificiales. Imposible no mirarla, y más si ella te miraba y te guiñaba el ojito. Porque la chavala tío que le miraba, ojito que te guiñaba y, claro, así no hay bordón que te salga, ni púa que acierte… excepto el de la pandereta, porque ahora se entiende que le diera los patadones que le daba a la pobre.

Y es que cada vez que le guiñaba el ojo la italiana, ¡¡¡PATAPÓM!!! , punterazo que te crío. Lógico.

El dire, llevado de un celo santo, cuando nos veía así, como que habíamos perdido la presencia de Dios, se acercaba por detrás y nos decía (mientras seguíamos cantando): “¡para la Virgen, coño, para la Virgen!”. Y así lo hizo entonces. El tío sufría.

Y nosotros seguíamos dale que te pego, pero ya más centrados.

¿Centrados?, ¡quiá!. No había manera. Incluso el de la pandereta había olvidado uno de los gritos que siempre daba en la parte musical. Era un clásico entre nosotros , como una industria humana que sólo los de la tuna sabíamos qué significaba, ése “¡¡¡VENGA TUNA, PARA LA QUE MÁS QUEREMOS!!!”. Y la que más queríamos era la Virgen.

Ay, pero aquella noche llevábamos cuatro canciones y no había dicho ni una sola vez la frasecita.

Estábamos aturdidos. Por más que se nos pusiera detrás con el “¡para la Virgen, mecagüen ya todo, joder, para la Virgen!”, nuestros jóvenes corazones latían bombeados por una sangre que movía el instinto de los años mozos.

Llega el aperitivo y los bellezones se acercan a nosotros, festivas, divertidas, coquetas.

- ¡Bravo, bravísimo! – exclama una de ellas con un acento italiano que sonaba a campanas. Un quesito de mujer- ¡Espania e los espanioles bravos!.

Sonreímos como imbéciles, babeando. Sudábamos y escondíamos nuestro rubor detrás de unas patatas fritas que picábamos.

- E de dónde sois – dice la italiana, il Corpo, la Divina.

- De Barcelona

- ¡¡¡¡Ohhhhhh, Barchelona!!!!, ¡¡¡conozco bien Barchelona!!!, ¡¡¡¡bella chitá!!!.

En ese instante estuve a punto de ponerme de rodillas y decirle “¡déjate de Barchelona y cásate conmigo, joder, ya!”. Pero me contuve. Me pareció que era muy precipitado.

Entonces va il Ángelo y dice

- Pero, ¿no me conocéis?.

La miramos fijamente y, la verdad, no la conocíamos.

- Pues no, ¿quién eres?.

- Soy María Rosario Omaggio

Como si me dice “soy tu prima la del pueblo”.

- ¿Yyyyyy…?

- ¿Cómo que yyyyyy?, ¿de verdad que no me conocéis?

- Pues como que no… quieres sonarme, pero nada, que no caemos. ¿Quién eres?

La chica estaba realmente extrañada, y muy sorprendida .

- Soy actriz, y mi última película es la más taquillera en España.

- ¡¡¡ Coñoooooo!!!, ¡¿eres actriz?. ¿ Y cómo se titula tu película?.

- La Lozana Andaluza – contestó con unos ojazos que no podían contener el brillo del orgullo

- ¿La Lozana andaluza?... pues, chica, no nos suena.

Y era verdad.

La Lozana Andaluza fue de las primeras películas eróticas del postfranquismo. Se anunciaba en toda España y el reclamo era un póster de Rosarito desnuda de cuerpo entero duchándose. Pero, claro, nosotros entri que no íbamos al cine y entri que guardábamos la vista, pues ni Rosario Omaggio ni pollas en vinagre, que diría el maño.

En estas estábamos, que si patatín, que si patatán, con las lozanas, y se acerca uno de la tuna y nos susurra “estáis hablando con unos putones de mucho cuidado”. “¿Putones?, ¿ cómo lo sabes?”. “Pues porque la lozana andaluza es una película porno”.

Decir eso y palidecer de vergüenza fue lo mismo así que, abandonando la tortilla de patata, huimos de allí dejándolas en las tinieblas.

¡Habíamos vencido la tentación!

UNIV.jpg


Hemos dejado a María Rosario Omaggio – ese peazo de mujer -, y a sus amigas, más colgadas que un fuet.

Las segundas partes de nuestros recitales se enriquecían con una puesta en escena donde pretendíamos tocar las fibras más sensibles. Visto ahora, la verdad, resultan bastante cursis, pero en su día eran un pasote. Ciento por ciento de éxito… pero aquella noche todo se fue de madre. Todavía quedaban más tentaciones que superar...

Comenzamos con una canción muy románticona, normalmente era esa de “cuando se quiere de veras como te quiero yo a ti”. El de la pandereta la presentaba así como muy sentido, muy en plan “a ver tuna (silencio de la tuna)… (mirada a al matrimonio)… (expectación en la peña)… esta canción normalmente no la cantamos en nuestras salidas, y sólo lo hacemos ante personas que entienden una palabra que muchos la usan, pero pocos la conocen… (miradas de complicidad al matrimonio. Silencio expectante)… y esa palabra es AMOR… (miradas del matrimonio entre sí mismos, cabeza ligeramente ladeada y apretón de manos, cálido y afectuoso)… pero aquí vemos que sí podemos cantarla porque no hay más que ver como se miran, el brillo de esos ojos que han compartido tantas cosas… (besito del matrimonio, y él la abraza)…

Entonces el tío gritaba (ante el respingo del personal todo): ¡¡¡VENGA, TUNA, PARA LOS QUE SABEN QUERER!!!. Y nos arrancábamos con la cancioncita.

Es que se derretían.

El panderetero acostumbraba en mitad de la canción a hacer un numerito que a mi siempre me pareció excesivo, pero como nadie decía nada, pues a callar, que doctores tiene la Iglesia. Y es que el barbas, que estaba como un armario, a mitad de canción, mientras tocaba la pandereta, se ponía de rodillas delante de la “bella dama” y se iba arqueando hacia atrás lentamente hasta tocar con la coronilla el suelo. Parecía como un aparcamiento de bicis, pero a lo grande. Bueno, en realidad lo que parecía era una danza fálica, porque es que era como una donación del paquete a una vestal romana. Había que ver los ojos de la señora intentando no mirar a esa bestia que de rodillas delante de ella, lentamente, se contorneaba hacia atrás mostrándole el Polo Norte y el Triángulo de las Bermudas.

La siguiente canción fue un alegre pasodoble. Allí entraba yo. Se trataba, nada más comenzar la canción, de acercarme a la signora y ponerle la capa de tuno. La mía. Me aproximo sonriéndole pícaramente, me quito la capa, la despliego sobre sus hombros y, ¡¡¡ COÑOOOOOOOOOO!!!, que piensa que quiero danzar con ella, se me abraza a la cadera, me coge la mano izquierda y hala, a bailar como una auténtica loca.

El acojone que me entró fue mayúsculo. Miro al dire buscando una luz, un criterio, un consuelo para mi alma atribulada. ¡Grande duda la mía!. ¿Qué hacer?, ¿sigo bailando ignorando mi compromiso de celibato y arriesgando mi castidad? O, por el contrario, como El Acetate, cojo la guitarra y le pego un guantazo para alejar de mi la tentación.

Pero el dire no tiene tiempo a responderme porque en ese mismo instante todos los que allí estaban se ponen a bailar en parejas (todos excepto Joaquín Navarro Valls, el dire y los camareros). Allí que te ves al chófer preguntándole a Paloma Gómez Borrero eso de “bailas”?, y llevándola como una pluma por toda la diagonal del salón. Y uno, que creo que fue el primer baile agarrado de mi vida, dale que te pego con la hipermástica al ritmo de Julio Romero de Torres, el que pintó a las mujeres morenas.

Serenados los ánimos con la tercera y cuarta canción nos despedíamos cantando, pero no se le ocurre mejor idea al dire que lo hiciésemos en fila de a dos, acercándonos al matrimonio, hacer una ligera inclinación de cabeza, y salir bajando las escaleras. Y así lo hicimos pero, ante nuestra sorpresa, al Rainone le da el puntazo y coge la cabeza del primer tuno, cuando está inclinando la cabeza delante de él, y ¡pimba!, le planta dos besos – uno por mejilla – ,y la mujer al de al lado, y así con todos.

A mi me tocó la Play Station. Algo es algo.

Ya en la calle nos sucedió algo que era muy habitual en todas las salidas de la tuna, y es que como nos poníamos ciegos a cervezas, y a vino, y a cubatillas, en el aperitivo, y en las casas los lavabos no están hechos para que evacuen veinte tíos, pues nos entraban unas ganas inmensas de cambiar el aceite a las olivas.

Así lo hicimos, y cubiertos por nuestras capas, protegidos por la noche oscura, nos perdimos aquí y allá entre los coches aparcados en batería. Hacer pipí entre un BMW y un Mercedes es algo sublime, la verdad.

La cara de los invitados al vernos allí, chirrichirri - bajaron poco después – nos hizo pensar que nunca más cantaríamos en ese sector.

Y, encima, y es verdad lo que aquí se escribe, la tonta de la Rosario Omaggio se acerca a un tuno , al verlo de espaldas cerca de la rueda delantera de su coche y le dice “¿necesitas ayuda?



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