Ahora que se aproximan las navidades

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Por Armando, 22 de noviembre de 2006


Ante el afán de adelantar el espíritu navideño en todo el hemisferio occidental aunque claro con fines comerciales, he querido sumarme a esa premura para comentar estas fiestas cuando estaba dentro. Son recuerdos que se me han venido a la cabeza y me gustaría compartirlos con vosotros. En parte lo hago como un ejercicio con el fin de depurar mi memoria histórica, la historia de mi vida y así reinsertarme a la sociedad de una buena vez.

Según fuera el lugar en el que te encontraras para esas fechas tan señaladas te tocaba hacer una carta la cual iba dirigida al Niño Dios, o en su caso, a los Reyes Magos. Para efectos prácticos nos pondremos en el escenario de la carta a los Reyes Magos, así facilito la lectura y simplificando más, al referirme a esa misiva solo escribiré “la carta” y cada quien la coloca en donde corresponda...

La primera carta la tuve que dirigir al Niño Dios, para ese momento de mi primera vez habían ocurrido acontecimientos desde mi pitaje que reflejaban la constante de los años por venir en la Obra, claro que en aquella época ignoraba que eso sucedería y achacaba las dificultades a mi inexperiencia, a mi falta de buen espíritu, a que aún no vencía la soberbia, la vanidad, el orgullo y una interminable lista de pecados y defectos. Era tal la situación que aquello parecía como descombrar un edificio pedazo a pedazo, sin saber por donde empezar debido a lo complejo de la situación.

Esas navidades constituyeron el primer eslabón de una serie de fiestas cuyo telón de fondo sería siempre el mismo, es decir, alegría y tristeza conjugadas magistralmente. Junto a la novedad de escribir una carta pidiendo lo que me gustaría me regalaran, me tocó enfrentar la cruda realidad que esas navidades no regalaría nada a mi familia de “sangre”. Para mi eso suponía un problema porque vivía con mis padres, era el primer año que devengaba un salario con la consiguiente paga extraordinaria y que no pudiera darles nada era algo sumamente difícil. ¿Cómo salí de aquel entuerto?, la verdad no lo sé, no obstante consulté el asunto y me dijeron que no, que lo explicara en casa y que tenía la gracia para que lo llegaran a comprender.

Por supuesto que no dije nada en casa porque seguro era como que si estuviera hablando chino. Y aunque mis padres no entendieran nada de nada, pasamos unas navidades medianamente agradables, esto último porque resultó que el día de la Navidad, debí dejar la comida a medias para ir al centro. Lo de los regalos les dio absolutamente igual a mis padres y hermanos, pero que los abandonara en esa fecha fue un golpe muy duro que les propiné. No olvidaré sus caras al levantarme de la mesa y decirles que me retiraba. En pocas palabras, me porté como un auténtico aguafiestas porque en ese momento terminó todo. La alegría que se respiraba se fue por los suelos.

Pero yo ni enterado, me dirigía más feliz que unas pascuas al centro a pasarlo bien y he de reconocer que me apetecía más estar con los del grupo que con mi familia de “sangre”. Pocos meses habían bastado para sentirme cada vez más desligado de mis padres y hermanos. Era el uso de mi libertad, libremente me había dejado llevar y caía en las redes de la separación espiritual y física también de mi familia de “sangre”. No experimenté pena alguna al dejarlos frustrados sin entender aquello. Me vieron salir sin protestar pero con caras que reflejaban lo poco caritativo que era mi actuar en esos momentos hacia ellos.

Al llegar al centro el plan de Navidad: meditación, merienda, tertulia y la llegada de los regalos. Expectante esperé a que fuera llamado a por el mío. Así fue, el primero algo muy sencillo y sin muchas pretensiones de superficialidad, era un juguete de broma. Luego llegó un segundo y un tercero, pero ninguno correspondía a lo que había pedido en la famosa carta. En aquel entonces era estudiante universitario aún y una de las tantas peticiones fue una carpeta muy práctica para llevar los apuntes y documentos de lectura que siempre dejaban en el curso. Recibí una carpeta de una empresa, de esas promocionales, unos folios debidamente agrupados y nada más. No obstante yo muy contento con estos obsequios. Pero me sorprendió que otro del grupo recibió una carpeta tal como la había descrito en la carta, me llamó la atención pero lo dejé pasar.

Al terminar la tertulia respectiva, el director me llamó aparte y me dijo algo más o menos así “mira, lo de la carpeta, si te has dado cuenta otro ha recibido algo como tu habías pedido, quiero que sepas que esa era precisamente la que tu indicaste, pero no se te dio porque es mucho para ti que solo eres un estudiante, por eso se la dimos al mayor de todos”. No supe que responder en ese momento y si lo habría sabido tampoco podía decir nada, únicamente agradecer y callar.

Regresé a casa con ese sabor agridulce de mis primeras navidades en la Obra. No entendía el por qué debía decírmelo de esa forma. Al llegar mis padres ya estaban durmiendo, todo lo que anteriormente hacíamos en esa fiesta no lo hicimos por primera vez en años y así sería para siempre, para siempre…

El Año Nuevo no lo pasé en casa, planes apostólicos hicieron que a partir de ese año también, no conociera lo que era pasar el cambio de año con los míos. Convivencias, cursos anuales, en fin, siempre había algo programado para que pasara lo mínimo en casa. Pero advierto que en esos tiempos esto no suponía un trauma para mi, ni un pesar, nada de eso, iba feliz, convencido que era el querer de Dios. Así que el abandono de la familia estaba bajo el marco del “ciento por uno en esta tierra y después la vida eterna”, porque yo era uno de esos privilegiados que había dejado “casa, hermanos, padres, etc”.

Esa fue la constante en todas las fiestas, el sabor agridulce que me producían las celebraciones que luego eran seguidas por una llamada de atención por cualquier cosa. Si pedía algo en esas cartas que diera la impresión de superficialidad, debía pasar por una serie de interrogatorios para a la luz de esas peticiones, descubrir lo que había dentro de mi corazón que me hacía ser tan apegado a las cosas materiales. Si pedía algo sumamente sencillo otra vez el mismo procedimiento porque igual detrás había algo de soberbia espiritual que me hacía lucir como desprendido, humilde y entregado cuando no era más que una auténtica manifestación de soberbia solapada.

Así un año y otro año. Llegué a descubrir muchas cosas más cuando me permitieron estar tras bambalinas y esto aconteció en el momento en que fui ayudante para las compras. Ese fue el instante en que aprecié con toda su crudeza la discriminación interna que se hace. Pero insisto, aún con todo, fui participe de los mismos, no me inmuté en grado alguno al darme cuenta que habían regalos para los tipo “A” y para los tipos “B”. Que según fuera su condición así era lo que se les compraba porque como decía el fundador, a nadie hay que sacarlo de su sitio. Bajo ese criterio se hacían las compras y yo aplicaba la máxima con todo rigor. De tiendas de prestigio nos dirigíamos con el secretario de turno a rastrillos a buscar cosas baratas y de buen ver. De tal forma que los empaques de los mismos reflejaban la procedencia de los obsequios. ¡Cuántos presentes me tocó empacar en una forma demasiado maltrecha!

En mi posición privilegiada de ayudante del secretario que a su vez lo era de los Reyes Magos, podía darme cuenta de muchas cosas, muchísimas y ni eso me inmutaba ni me hacía pensar en nada. Cumplía con los criterios y no cuestionaba los procedimientos. A medida que empecé a subir en mi status profesional y por consiguiente a ingresar más en caja, fueron mejorando los regalos y mis peticiones en la carta consideradas acordes al cargo y posición que ocupaba. De obsequios tipo 99 céntimos –claro en aquella época eran duros- pasé a otras escalas. Los demás pues igual, los mismos criterios, según su nivel así era el regalo. Ahora bien con los numerarios era otra cosa que si me da tiempo lo mencionaré.

Mientras tanto con mi familia las cosas seguían igual en cuanto a las celebraciones navideñas, casi nula participación de mi parte en las mismas y ellos para condescender conmigo a la espera de una correspondencia recíproca de mi parte, asistían a los triduos para pasarla conmigo, a mi estilo como decían ellos. Pero las cosas se complicaron cuando nació mi hermano más pequeño. Todos sabéis que a un niño le hace ilusión recibir regalos y este crío no fue la excepción. Además en su calidad de “benjamín” nadie podía quedarse atrás en darle algo en fecha tan señalada. Desde el momento que mi madre anunció que llegaría fue un auténtico problema, bueno los directores lo hicieron un problema. No obstante estuve apoyando a mi madre y a mi padre también porque intuía que esperaban más apoyo de su hijo mayor en esos momentos.

Hice de todo para que me dejaran regalarle un juguete a mi hermanito y aún con la negativa, me las ingenié para no hacer pasar un mal rato al niño y siempre tuvo algo que le daba su hermano mayor. Este crío me veía como su padre porque claro, al llevarlo por la calle eso parecía, pero este es otro tema y no diré más.

Lo mejor era cuando no vivía con mis padres, por lo menos el estrés que generaban las navidades no lo padecía y creo que todos salíamos beneficiados. Así pase muchas navidades sin estar con ellos, esto me aseguraba que no había motivo para atormentarme con el tema de los regalos. No obstante siempre estaba como esa idea inicial, entre más desprendido de mi familia, más complacía a Dios y me esforzaba en ello. Fueron años de mucha frialdad de mi parte y me daba cuenta que mis padres agradecían cualquier gesto por mínimo que este llegara a ser.

En casa de mis padres si contribuía en cuanto a la preparación de la cena de noche buena y la comida de la Navidad pero de eso no pasaba y luego con el cuento que tenía que irme al centro, por más que me esmerara en esos menesteres, daba igual porque vendría el aguafiestas de siempre a arruinarlo todo. Mis hermanos me lo dijeron pero a mi ni me importaba lo que opinaran.

No haré más largo esto porque a medida que escribo me está entrando una tristeza profunda por lo que hice y que en su momento no me daba cuenta. En cada letra, en cada párrafo vienen a mi mente las caras de las personas que están implícitas en este relato, las de mi familia y las de aquellos del grupo que eran vistos de segunda clase, que no había que darles algo sumamente caro porque ellos por su nivel no lo apreciarían. Y a medida que los dedos avanzan en la redacción del mismo, me doy cuenta del daño que hice y de lo mucho que debo expiar por esas faltas a la caridad graves que realicé en nombre de Dios. Y eso que solo me estoy refiriendo a las navidades, porque hay más de otros momentos pasados.

Pero mejor cambio de enfoque sin salirme de la temática. Las primeras navidades fuera fueron diferentes. No creo que me lo haya propuesto ni mucho menos, pero al aproximarse la fecha fui haciendo las compras navideñas ahora si para los míos, para mi familia, la que siempre estuvo a mi lado en las buenas y en las malas, los seres queridos que nunca me dijeron que por ser de un nivel u otro no merecía tal o cual obsequio. De tal forma que les compré los regalos a todos sin escatimar gastos, bueno esto último dependió de lo que hubiera en la cartera o en la cuenta bancaria, porque ahora tenía una cuenta a mi nombre. Parecía un auténtico Papa Noel o los tres Reyes Magos juntos. En una de esas visitas a las tiendas me acompañó un amigo y me sorprendió lo que me dijo al ver las cosas que compraba, su comentario fue más o menos el siguiente “hombre, estás comprando como si nunca hubieras hecho un regalo a tu familia”. No le respondí porque había acertado sin estar enterado de nada.

Esperaba tanto el momento de entregar los regalos, más que los destinatarios de los mismos. Contaba los días, las horas y los minutos, por fin llegó el día y raudo me dirigí a entregarlos a cada uno. Sus caras de sorpresa y de contento fueron el mejor regalo que recibí ese día. Mis padres me veían con una cara de alegría que no es posible describir, al terminar mi madre me dijo “hijo mío, gracias por lo que nos has dado que ha sido mucho y seguro has gastado lo suyo, pero el mejor regalo es que ahora estás con nosotros, ahora si estás aquí totalmente”. Estas palabras reflejan lo vivido y no puedo comentar más al respecto porque hablan por si solas.

Este año talvez sea más moderado, aunque no lo garantizo, no obstante ya me han hecho serias advertencias en cuanto al dinero que gaste para los obsequios, los he escuchado como cuando escuchas la lluvia. Es mucho lo que debo enmendarme, y no me refiero solo a lo material que a la larga eso es efímero, sino a lo más importante, al estar con ellos aunque ahora esté lejos porque he montado una casa en la cual vivo solo. Pero ya no es esa soledad del estar acompañado pero que los problemas cotidianos no cuentan porque apartan de Dios, sino el vivir solo físicamente si, pero acompañado, arropado y constantemente querido por mis padres y mis hermanos.

Perdonad que os colocara este rollo, no sé si será de alguna utilidad. Igual parecerá exagerado porque al leerlo nuevamente ni yo doy crédito a lo que he expuesto, en el sentido de haber pasado por esas situaciones sin darme cuenta de mi comportamiento, de mi falta de caridad, de ajustarme a unos criterios que no ven la circunstancia de cada uno sino de un colectivo. Son muchas cosas las que pasan por mi mente en estos momentos y espero algún día reparar en la medida de lo posible, estas faltas constantes a la caridad. En mi escrito esta es la palabra que más destaca y es lo que menos viví en esas fiestas tan entrañables, tan humanas y a la vez tan divinas como son las navidades.



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