Adolescencia en el Opus Dei

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Por Amalia, 21 de enero de 2008


Desde que mi amiga Marisa me invitó un sábado a la meditación fui yendo todos los sábados siguientes.

Lo primero que me impresionó del centro fue los carteles publicitarios que tenían a la entrada, de viajes, y otras cosas que iban a hacer, con fotos y tal, me pareció un poco raro, pero no le di más importancia. La capilla con el Sagrario no me llamó la atención ya que en el grupo de la Sociedad de Jesucristo Sacerdote,(un grupo al que perteneció mi padre cuando era joven y que nos llevó a los tres hermanos tambien cuando crecimos, yo estuve alli un año, con trece años) también lo tenían.

También me llamó mucho la atención lo felices que parecían todas, siempre sonrientes, y que se interesaban mucho por mi vida personal...

Me acuerdo que Marisa, al llamarme por teléfono para invitarme a la meditación, después de invitarme me dijo que no hacía falta que fuera, se la veía como desganada. Después he pensado que seguramente le dijeron que me invitara, pero en el fondo no quería que me involucrara en ese mundillo, que ella conocía más de cerca, ya que sus padres eran supernumerarios y desde siempre había estado en los clubes. Me acuerdo también que me decía que nunca tenía ganas de ir a los viajes que hacían, pero que luego se lo pasaba bien. Antes tampoco lo comprendí bien y ahora si. No tendría ganas porque en los viajes siempre intentan captar a la gente para que “pite”, pero yo pensé que sería la típica pereza que siempre da antes de los viajes, aunque cuando uno es adolescente los viajes le atraen mucho, a mi me gustaba mucho viajar, así que me extraño las pocas ganas que tenía de ir. Yo no sabía que en los viajes te metían también sus propias normas, de ir a Misa, rezar y otras cosas, seguramente sería otra de las razones por las que no tenía ganas.

El caso es que en semana santa de ese año 1997, que yo tenía 14 años, fui con el club Salabre, de Cartagena (Murcia) a Sevilla, a ver las procesiones. Dormimos en un especie de albergue, en una habitación donde cabían un montón de camas, y todas apretujadas ahí. Eso fue algo que no me gustó mucho. Y el mogollón de gente que se acumula para ver las procesiones en Sevilla, con lo tranquilas que son en Murcia, y yendo de un lado a otro para ver todas las procesiones que habían en ese mismo día. Chefa, una numeraria me cogió por banda en un momento y se puso a hablarme de Dios y cosas de esas. Yo como procedía de familia religiosa y acababa de estar en un grupo religioso, no me pareció raro, y le seguí la corriente y opiné también del tema.

Al volver del viaje, un día la Directora del centro me atrapó para hablar con ella a solas en su despacho, me extrañó bastante y me dio algo de miedo, pero bueno, no tenía escapatoria. Así que se puso a hacerme una serie de preguntas tipo test sobre si me gustaría ser santa, si creo en Dios y tal. Yo le dije que si, que quería ser santa y que tenía fe. Sin más preguntas y sin contarme en que consistía ser numeraria, ni que era eso se levantó llena de alegría y como el ave rapaz que va a cazar a su presa, con mucha velocidad, cogió un papel y me dijo: ¡que bien, que bien¡ tienes vocación… Yo no supe que decir, me pareció todo muy extraño, me quede como: ¿cómo, que tengo vocación? ¿a qué?, ¿harl, esto que es?. Y después me dijo: yo te dicto. Escribe aquí lo que yo te diga, vamos a pedirle tu admisión como adscrita al Opus Dei, al Prelado. Yo no sabía lo que significaba eso, pero si ella decía que tenía vocación… quizás sería verdad.

Después de escribir la carta, me dijo que fuera a darle gracias a Dios por la vocación que me había dado. Me extrañé bastante, pero como una tonta fui a hacer lo que dijo. Amparete se llamaba la directora, estaba muy loca, como casi todas las numerarias que he conocido, cuanto más alto están más locas están, en cuanto a la jerarquía, pero eso me doy cuenta ahora, que estaban como una cabra. Antes me parecía divertido, ya que era una niña y todo eso me parecía nuevo y por lo tanto atractivo.

Tarde un mes en asimilar lo que había pasado. Y fue entonces cuando se lo comunique a mis padres, pero con otra versión de los hechos. Les dije que en América me habían educado en la fe, y que según la providencia, había encontrado otro camino para seguir con la vida de santidad. En el fondo lo que me atraía eran tres cosas: todas parecían muy felices, y viajaban, iba a conocer a mucha gente y además podía irme de mi casa y seguro que mis padres estarían de acuerdo y muy contentos con mi “elección”, ya que ellos eran muy religiosos y sabía que les ilusionaría que su hija hubiese dado ese cambio, y que sintiera una llamada por Dios a ser santa en medio del mundo. Irme de mi casa, haciendo lo que sabía que a ellos les haría feliz que yo fuera.

Como yo vivía en un pueblo, San Javier, Rocío M. venía desde Cartagena todas las semanas para darme un maratón de charla, círculo, contarle mi vida en la charla fraterna, etc. Contarle mi vida, porque había que decir de todo: como he cumplido las normas, como he aprovechado el tiempo, preocupaciones, dudas, tentaciones, cualquier cosa que fuera intima y personal en cuanto a moral y conciencia. Me parecía un detalle que viniera ella desde Cartagena para formarme, me llamó la atención. Pero lo que no sabía es que lo hacía porque le convenía. Yo fui poco a poco conociendo el mundo del Opus Dei. Al año siguiente nos fuimos a vivir a Murcia. Rocío M. se encargó de presentarme a la directora del centro de allí. Me llevó a Albedaya, que era como se llamaba el centro juvenil de Murcia, y me presentó a Monste S. Desde el principio me cayó bien porque era muy graciosa, no paraba de hablar, de moverse, de reír, etc. Estaba loquísima, pero a mi esa locura me atrajo, jeje.

Pues nada, se supone que yo como pre-numeraria, debería de saber en qué consistía su vida. Pero no tenía ni idea. Lo único que sabía era que había que ser santas en medio del mundo. Al principio esto suena bien. Tienes tu trabajo, y convives con unas mujeres simpáticas, y todo es un mundo de flores y pájaros. Poco a poco me fueron metiendo todas sus normas. Había que hacer proselitismo y convencer a mis amigas para que vayan al centro. Eso no me parecía nada normal, primero porque la amistad no consiste en convencer a otra persona para que sea como tu quieras, si no en conocerse y compartir cosas comunes, y crecer en el diálogo de las aportaciones de sus ideas… Yo siempre he respetado las ideas de la gente y sus comentarios y me los he quedado en mi archivo mental para su posible posterior uso. Yo les hablaba de Dios, y de la Iglesia, pero no sabía bien como meterles lo de que me acompañasen a ver a un cura dando una charla en una capilla, ya que a veces ni me agradaba a mi, ¿como voy a compartir algo que no me gusta? Se lo decía pero como quien no quiere la cosa; eso se nota y no atrae a nadie. Pero yo cumplía.

En cuatro años que estuve atrapada en el Opus Dei, nada más que conseguí que unas tres amigas rezaran conmigo parte del rosario, llevar a otras amigas al centro para hacer un trabajo, que viniera una a estudiar, quedar todos los Domingos con Pilar a misa y después a hablar y tomar algo en un bar de al lado y poco más. Luego se añadió el círculo a mis normas, antes era una charla normal. El círculo se componía de varias partes, al principio rezar unas oraciones de entrada, en latín y de pie. Luego sentadas escuchar la primera parte de la charla que solía ser una virtud o valor general, y la segunda parte hablaba sobre las normas: rosario, oración, lectura, tiempo de la noche, confesión, charla fraterna, corrección fraterna, etc.

Así fui aprendiendo en que consistía ser numeraria. Es decir, me lo fueron metiendo poco a poco después de haber firmado el contrato. Porque habían varios pasos a dar, uno a los catorce años y medio, otro a los dieciséis, otro a los diecisiete y otro a los dieciocho, que es el más importante y “definitivo”, se llama la "oblación". Yo seguía los pasos como algo más. De hecho me extrañaba de que hubiera que estar continuamente reafirmándose, yo pensaba: “si he dicho que si es que si” y de hecho no veía la posibilidad de ir para atrás, de decir que no. Yo sola me estaba metiendo en la boca del lobo, y quería que llegasen los pasos lo antes posible. Es un error que siempre he tenido de pequeña, quería crecer y que llegase todo rápido, pero a veces no lo meditaba lo suficiente, ni si quiera me paré un segundo a recapacitar en donde me estaba metiendo y si era posible salir: “esto era mi vocación y tenía que dar el máximo de mis posibilidades, para ser santa”.

Yo creía que iba a ser santa con el hecho de estar en el Opus. Te lo hacen pensar, de manera inconsciente se te van metiendo las ideas y vas haciéndolas tuyas. De todas las charlas, meditaciones, libros que teníamos que leer, etc. Al final llegamos a pensar que Escrivá era un santo, el mejor de todos los hombres y que tenemos que ser como él. Te sientes superior sin serlo. Es algo raro, además te dicen: hay que tener “complejo de superioridad”. Yo me veía muy inferior, muy pequeña, en mi misma como persona, y cuanto más intentaba parecer superior a los ojos de los demás, más inferior me sentía. Te hacen creer que estás endiosada, que Dios siempre está contigo y por eso te sientes superior, pero luego cuando te das cuenta que hay cosas que no puedes hacer por ti misma, y Dios no lo va a hacer por ti, te sientes inferior. Yo creo que en el Opus Dei todas tienen la misma enfermedad que el propio fundador. El endiosamiento, el sentirse superiores. Es algo que se llega a transformar en enfermedad.

Otra cosa que se añadía era que cada año, en verano, nos íbamos un mes a hacer un “curso anual”, que era como se llamaba. Se supone, o al menos eso te dicen, que es un mes para descansar y tomar energías. El primero que hice fue el verano de segundo de BUP, con dieciséis años. Fue en un colegio de Valencia, allí conocí a otras aspirantes numerarias, todas más o menos de la misma edad que yo. Me parecieron niñas muy raras, parecían que estaban jugando a ser mayores, a imitar a las numerarias mayores, y capté el juego y me puse a hacer lo mismo. Imitábamos todo, los gestos, la forma de sentarse, de comer, de vestirse, de hablar. Es como si tuvieran un molde fijo. Intenté imitarlas, pero no me salía, y me parecían tan raras, que me veía yo rara allí, es decir, me veía como desubicada, las miraba a todas con un gesto de extrañeza, intentando encontrar alguna que coincidiera con mi forma de pensar y de ser, para poder ser amiga suya, pero no lo encontré. Eran todas como robots, llevaban una máscara puesta, la máscara de la sonrisa fría. Nada era natural. Seguíamos un horario estricto, de levantarse, asearse, rezar, misa, desayuno, charlas, comida, tertulia, dos horas de tiempo libre por la tarde, que normalmente era para escribir cartas a amigas, para seguir con el proselitismo, o deporte o piscina.

Este curso anual me pareció raro, pero fue el más flojo, con más tiempo libre, y con más cosas de diversión, hicimos una obra de teatro, dieron una charla para hablar en publico y nos enfocaron con una cámara una a una para decir algo que teníamos que pensar con antelación, celebramos un cumpleaños de una y cosas así, pero aún así fue duro. Tengo dos anécdotas sobre Monste, "la directora feliz", que me atrajo tanto, como niña adolescente que era y que llegué a depender afectivamente de ella. Tan cariñosa como parecía nunca pude abrazarla como a veces deseé, ni si quiera rozarla, me daba mucho respeto y miedo, estaba siempre tan rígida, y no descansaba ni un momento, que no me dio tiempo para demostrárselo. Yo siempre he sido una niña muy cariñosa, y ahora soy una mujer cariñosa y me gusta demostrar mi cariño con abrazos y besos, lo necesito, es algo necesario según mi manera de ser.

Pues en ese curso anual hubo dos anécdotas que me impactaron sobre su manera de ser: La primera que llevamos ropa a lavar y por los altavoces dijeron que había ropa que se había mezclado el color y que fueramos a ver si teníamos alguna nuestra, pero yo creía que no había llevado nada mío. Lo dijeron para que esa ropa la volviesen a lavar y como yo no me enteré bien, pues no la llevé. Se enfadó mucho y se puso muy seria. No entendía por qué se ponía así por algo de tan poca importancia, por algo material. Otra cosa es que yo cogí otitis, durante varios veranos sucesivos lo pillé, ya estaba acostumbrada. Pues Monste eligió a otra numeraria un año mayor que yo, que ni era de Valencia, sino de Alicante, pero que había estado alguna vez allí, para que me buscase un médico, y fuimos a la aventura a buscar la consulta del médico. Solo sabíamos el nombre de la calle, pero nada más. Ni siquiera habíamos llamado para pedir cita. Así que estuvimos varias horas dando vueltas sin encontrar el médico. Pero a mi me impresionó las salidas que tenía esta chica, Cristina, creo que se llamaba. Era muy lista y me ayudó mucho. Pues al regresar y contarle a Montse lo sucedido, va y le insulta a mi compañera y le dice: ¡anda con la espabilada esta!, se burló de ella delante de todas las que estaban allí en ese momento tomando el sol al lado de la piscina. Nosotras andando, esforzándonos por buscar una salida y tal y ella va y le insulta, me sentó fatal, y durante todo el curso anual estuvo llamándola así: “la espabilada”. Pues nada, a pesar de sus errores yo seguía creyéndome que era la mejor, me pasaba el día hablando de ella: “Montse ha dicho tal y pascual…”.

El curso anual siguiente, que correspondía al verano de tercero de BUP, fue en Alicante, también en un colegio de los suyos. Esta vez no vino Montse y la eche bastante de menos. Las demás eran más serias, y todo se me hizo más difícil sin ella. Me acuerdo que una numeraria menor que yo me hizo una corrección fraterna, la primera que me hicieron que me hizo sentir bastante mal. Por la mañana, en el aseo personal, todas hacíamos cola para entrar en la ducha. Cuando llegó mi turno, fui rápida y pensé en vestirme en el aseo, es decir, donde estaba el retrete, para dejar el espacio de la ducha libre para otra, me puse la toalla alrededor del cuerpo, cogí mi ropa y salí, me daba mucha vergüenza, porque yo ya soy tímida de por mí, pero encima me di cuenta que se quedaron todas mirándome con una cara de pensar: “ésta está haciendo algo mal”, pero yo aún así pensé que no estaba mal lo que estaba haciendo y que no se me veía nada. Pues al salir ya vestida viene una, y me dice que no ha estado bien eso que he hice. Con lo cual me hizo pensar que mi razonamiento de que lo estaba haciendo bien no era correcto, y me hizo sentir mal, ya que mi intención había sido buena. Yo le di las gracias, porque era lo que había que hacer cuando te corregían y ya está.

Otra cosa que fui descubriendo poco a poco, aunque lo descubrí de forma un poco bruta gracias a Montse fue que dormían sobre una tabla y que se ponían el cilicio una vez por semana al menos. Estando en su cuarto me dijo: “ven, que te quiero enseñar una cosa”, ella estaba sentada en la cama y me senté a su lado, fue cuando noté lo dura que estaba, y me impactó bastante. Luego otro día antes del círculo, dijo: “esperar un momento, que voy a ponerme el cilicio y ahora bajo”, así como cualquier cosa. Esta es la parte más leve, ya contaré otro día la segunda parte, cuando estuve viviendo en Albedaya, y lo mal que lo pasé y como sali.




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