Acerca de lo que aprendimos y practicamos dentro de la obra

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Por Elena Longo, 20.02.2005


A proposito de lo que comenta Ana Azanza en su intervenciòn en la ùltima puesta al dìa de la web acerca de la delicadeza en la caridad que se vive dentro de la obra, siento la necesidad de intervenir y de profundizar el argumento, pues no creo que todos nos vamos a reconocer en lo que Ana expone. Antes de todo quiero subrayar que creo que, a grandes rasgos, Ana sì que tiene razòn en enfatizar que la caridad que efectivamente se acaba por vivir dentro no es una caridad autentica, sobre todo porque, como yo también he tenido ocasiòn de exponer en otras intervenciones anteriores, no se puede dar ninguna autentica virtud en la falta de libertad, interior y exterior, que hay en la obra.

El ejemplo que pone de servir el café es muy gráfico, y por ser una experiencia tan universal para todos nosotros, diría casi que se vuelve el paradigma de esta afirmaciòn. En lo que no coincido con Ana es en la falta de matizaciòn: todos los que se encuentran dentro son falsos, y todos los que nos encontramos fuera somos autenticos. Puede ser que no afirme lo segundo, pero sì lo primero.

Màs veces en esta pagina hemos llegado a la conclusiòn que lo que nos atrajo cuando conocimos el opus fue lo positivo de su mensaje. Entre los que visitamos habitualmente estas paginas, hay muchos que fueron forzados a escribir la carta de peticiòn de admisiòn; otros, en cambio, en el comienzo, efectivamente fuimos atraidos por el mensaje que la obra predicaba: hacer de nuestras vidas un servicio a la sociedad y a la iglesia, hacernos cargo de acercar muchas almas a Dios para hacerles felices antes en la tierra y después en el cielo, intentar vencer este desafìo entre fe por un lado, y ciencia, filosofia, saberes humanos por el otro por medio de una honda formaciòn intelectual empapada de doctrina; y todo esto quedándonos cristianos corrientes en medio del mundo. Eramos personas con poca experiencia de la vida, por ser extremadamente jóvenes, con buena fe y llenos de buena voluntad.

Estas circustancias hicieron muy lento y muy dificil el proceso de darnos cuenta de que lo que viviamos cotidianamente era algo muy distinto de lo que habiamos creìdo. Nos enseñaron que el demonio actùa, que interviene continuamente en nuestras luchas ascéticas para alejarnos del ideal de santidad, y ésta y otras razones que nos repitieron a menudo, y que nosotros repetimos a otros, por largo rato parecieron justificar las aporias, las contradicciones que iban surgiendo delante de nuestros ojos. Yo creo que esta situaciòn, si es acertada en su reconstrucciòn, puede explicar que mucha gente, a lo largo de mucho tiempo, pueda quedarse dentro en buena fe, creyendo en el mensaje de la obra y viviendo, en consecuencia, con sinceridad y honradez, las virtudes cristianas y humanas, aunque de forma defectuosa e incompleta, pero sin darse cuenta de esto.

Por supuesto creo también que para cada uno de los que estuvimos dentro y de los que siguen dentro llega el momento de una “opciòn fundamental”: un momento en el que la conciencia percibe de alguna forma el engaño y la trampa de lo que se està viviendo, y una especie de “fuerza gravitacional” que todos llevamos dentro, unos hacia la asunciòn de responsabilidad, el riesgo, la autenticidad, la libertad; otros hacia la seguridad, la dependencia, el temor hacia su propio juicio, empiezan a llevarnos por caminos divergentes: uno que va hacia la fidelidad a la instituciòn y otro que va hacia la fidelidad a sì mismo y -esperamos los que nos encontramos en este lado- hacia la fidelidad a la imagen que el mismo Dios dibujò de sì en nuestro ser. Pero este acontecimiento es algo misterioso, del que a lo mejor ni el mismo interesado se da perfectamente cuenta cuándo sucede dentro de sì mismo. Yo me imagino que es por una de estas circunstancias que veremos con extremada claridad en aquellos momentos que siguen o preceden inmediatamente la muerte, en los que cada uno percibe con claridad meridiana todos y cada uno los momentos importantes y decisivos de su vida, y percibe de forma evidente y meridiana la bondad o la maldad de sus actos. Ahora no podemos juzgar en los demàs acerca de esto.

Los que nos quedamos 18, 20, 30 años en el opus no podemos reprochar a los que aùn siguen dentro màs de lo que nos hubieran podido reprochar los que se salieron a los 2 meses, o al año, o a los 2, o a los 3. Cada persona tiene sus tiempos, su inteligencia de los hechos, su capacidad de reaccionar. Si, quedándonos tantos años en la obra, nosotros conseguimos guardar esta integridad interior que nos permitiò llegar a salir, ¿cómo podemos negar esta misma posibilidad a los que aùn siguen dentro, con una perseverancia a lo mejor màs corta que la nuestra, o quizà a muchos que acabaràn muriendo dentro de la obra, por razones que nosotros nunca podremos conocer con certeza?

Hemos reflexionado en la web muchas veces en que en la obra se predica una doble verdad: la de cara hacia fuera, y la de cara hacia dentro. Yo sigo reconociéndome en muchas cosas que se predican hacia fuera (aunque reconozca que el opus no las ha inventado ni descubierto, a lo mejor sí las ha recopilado): el intentar servir a los demàs y no servirme de ellos; el no buscar el brillo exterior y las “milagrerias”; la importancia que tienen las virtudes humanas para tener vida interior y sobrenatural; el vivir las limitaciones económicas de mi vida con dignidad y elegancia dentro de lo posible; y muchas cosas màs. Dentro de estas cosas predicadas hacia fuera (y poco practicadas hacia dentro) hay una que parece muy acertada en este argumento: juzgar los hechos sin juzgar a las personas. Y pienso que esto de continuar profundizando, y desenmascarando, y condenando las prácticas equivocadas que se dan en la obra hay que continuar haciéndolo evitando juzgar a las personas singulares, por el simple hecho que es de justicia hacerlo así, y porque esto es una conditio sine qua non para que, quien entra en nuestra pagina, se encuentre acogido y aceptado aunque su recorrido de alejamiento de la obra se encuentre aùn en sus primeros pasos.

En los primeros tiempos de mi salida de la obra yo, como muchos que se encuentran aùn en buen plan con la obra, pensaba que el espiritu era bueno, y que eran las personas que a menudo desacertaban (y por cierto en este juicio mío tenía su peso el recuerdo aùn muy vivo de cómo concretamente unas cuantas personas se habìan portado conmigo). Ahora, con el paso del tiempo y, creo yo, con una mejor comprensiòn de esta experiencia, mi juicio ha dado una vuelta de 180 grados: es el espiritu, y cómo se vive, y las praxis consolidadas, y todo el montaje que lo custodia, lo que está equivocado y es hasta malo, pero creo que en muchos casos las personas se salvan, y de todas formas no somos nosotros los que podemos juzgarlas. Y si todo lo que acabo de exponer es acertado, entonces sì que es posible que los que salimos por habernos dado cuenta de lo falso de nuestras vidas dentro, podemos habernos traìdo, como ùnica herencia de los años pasados dentro, la fidelidad y la práctica màs o menos autentica, de los ideales que intentamos vivir en nuestra vida dentro el opus dei.

Un abrazo a todos,

Aquilina


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