Acerca de la fundación del Opus Dei

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Por Lucas, 19 de octubre de 2009


Tomando pie en los artículos que están apareciendo en opuslibros en torno a la fundación del Opus Dei, me parece que ya podemos contar con hechos probados suficientes para establecer una hipótesis bastante segura acerca de dicha fundación. Es lo que me propongo hacer en este comentario. Algunos sucesos de la vida de Escrivá y de la historia de su obra que no se compaginan con el supuesto origen sobrenatural de la fundación, pudiéndose aplicar a este caso la conocida frase evangélica: Por sus frutos los conoceréis...

El primer dato a tener en cuenta sería la gestación del sacerdocio de Escrivá y su desarrollo hasta el momento de la fundación. Me remito al reciente artículo de Job sobre este respecto, resaltando la ausencia de una verdadera vocación sacerdotal, avalada por las mismas palabras de Escrivá cuando dice que él nunca se había planteado ser sacerdote, ni le atraía el sacerdocio como tal; y por su escaso interés en los estudios religiosos y tareas pastorales (cfr. artículos de Rocca y Mindán), de modo que se fue al seminario para poder realizar estudios civiles de derecho. Hasta tal punto esto es así, que tiene dudas sobre su ordenación y, posteriormente, una vez ordenado, abandona literalmente su primer oficio pastoral en Perdiguera mes y medio después de su nombramiento. Desde ese momento rompe su obediencia canónica con la diócesis de Zaragoza y le son retirados oficios y beneficios. En el Boletín oficial de la diócesis de Zaragoza de esos años no aparece Escrivá por ninguna parte, no recibe nombramiento ni participa en actividades diocesanas, ejercicios espirituales, etc. Así permanece dos años en Zaragoza, manteniéndose a base de dar clases en una academia y de la misa que celebra en la iglesia de los jesuitas, que lo acogen por caridad. Posteriormente se traslada a Madrid para continuar los estudios civiles de derecho, también sin permiso de su obispo, que, como es lógico, no se hace cargo de su sostenimiento económico. En Madrid subsiste a duras penas mendigando misas. Entra en contacto con ambientes clericales, y seguramente con Pedro Poveda. Como él mismo afirma, el 2 de octubre de 1928, haciendo unos ejercicios espirituales, orienta su futuro hacia una fundación. Es probable que ocurriera lo que apunta Gervasio, que en esos ejercicios sufriese una “conversión” decidiéndose por el sacerdocio y por sacar adelante una organización con las ideas que pululaban en el ambiente de entonces, porque lo suyo no era el sacerdocio normal. La hipótesis de una inspiración divina no la veo coherente con hechos posteriores, principalmente con la ausencia de una espiritualidad determinada, pues el fundador va cambiando su espiritualidad según conviene.

En efecto, la organización de la institución en cuanto a los compromisos de obediencia y de entrega permanece inmutable a lo largo del tiempo, pero tanto la espiritualidad como su forma canónica nunca han estado determinadas fundacionalmente. Prueba de ello son las incoherencias entre doctrina y modo de vida. Es ilustrativo en este sentido considerar el punto concreto de los votos. Siempre nos dijeron que eran una imposición de la Santa Sede, que el fundador había tenido que ceder, sin conceder, con ánimo de recuperar. Pues bien, esta explicación es falsa. Los votos comienzan a emitirse en torno al año 1935, cuando no había ningún motivo canónico que los requiriesen; además, los miembros practican desde el principio una espiritualidad de estado de perfección, de vida comunitaria en régimen de obediencia. Es oportuno recordar aquí el proyecto de una vestidura especial a modo de capa, tipo orden de caballería, para asistir a misa en la casa, que Escrivá mandó dibujar a uno de los primeros, y que nunca se llevaría a la práctica. Por otra parte, es muy importante señalar que lo que el fundador presenta como carisma inspirado por Dios, como buen espíritu de la Obra, son muchas veces prácticas que contravienen la doctrina de la Iglesia, y que Escrivá ocultó dolosamente al discernimiento y aprobación eclesial, lo cual nos induce a pensar con seguridad que esas prácticas no han podido ser inspiradas por Dios.

Otro punto que pone en tela de juicio la inspiración divina de la Obra es que la espiritualidad plenamente laical proclamada actualmente por el Opus Dei, no se compagina con la espiritualidad de estado de perfección que se asumió en las primeras décadas de modo firme y satisfactorio (cfr. intervención del fundador en el Congreso General sobre el Estado de Perfección, Roma 1950; también, Congreso de Perfección y Apostolado, Madrid 1956, en el que los altos cargos de la Obra insisten en este planteamiento). A este respecto, escribe Giancarlo Rocca: “En una conferencia dada en Madrid en 1948 Escrivá no dudó en afirmar que los institutos seculares constituyen un “estado de perfección”, evidentemente distinto del de los institutos religiosos: “Hasta ahora se consideraba el status perfectionis adquirendae como sinónimo del estado religioso, y he aquí que aparece un estado de perfección –con la existencia, por tanto, de una “vocación peculiar de Dios” (Provida)– en el que ninguno de sus miembros son religiosos”. (José María ESCRIVA DE BALAGUER, La Constitución apostólica “Provida Mater Ecclesia” y el Opus Dei, Madrid 1949, p. 16, traducción italiana: La Costituzione apostolica “Provida Mater Ecclesia” e l’Opus Dei, Roma 1954)” (G. ROCCA, El Fundador del Opus Dei. Una evaluación crítica, Revue d’Histoire Ecclésiastique, Abril 2007). Y se puede aducir también en este sentido la conferencia de Álvaro del Portillo en el mismo Congreso sobre los estados de perfección, Roma 1950, en la que dice que lo que había sido establecido para los institutos seculares era el “mínimo” para la vida de consagración, y que los institutos seculares que lo deseasen podían añadir otras normas para hacer más estable y profunda la consagración de sus miembros: “… nihi tamen prohibet quominus illo in corpore, vel illo in recipiente recipiantur normae vitae, leges peculiares, spiritus multaque alia…, ita ut in Instituto saeculari sic effecto minimum vital consecrationis…; sed in eo, minimo illo a longe superato, vita acquirendae perfectionis solidior ac profundior forsitan habeatur, quam illam quae in aliis religiosis institutionibus continetur” (Álvaro DEL PORTILLO, Constitutio, formae diversae, institutio, regimen, apostolatus, Institutorum saecularium, en Acta et documenta Congressus generalis de stativus perfectionis, Romae 1950, II, Roma, Librería Internazionale Pia Societá San Paolo, 1952, p. 289-303 (296-7). Citado por Rocca en el mismo artículo). Esto quiere decir que estando en sus manos adaptar el modo de vida de los numerarios, como lo permitía la Constitución Provida Mater Ecclesia, a unos parámetros seculares (sin votos, sin vida en común, etc.), no quisieron hacerlo, sino que optaron por el modelo más riguroso y más parecido al de los religiosos, salvo en la vestimenta. Lo cual significa que sus ideas no iban por el camino de la espiritualidad laical. Pero es que, además, pocos años después, en los sesenta, se desprenden del estado de perfección y de lo que ellos habían denominado solución jurídica definitiva, para enrolarse en el movimiento del laicado, tan en boga en ese tiempo. Todo ello induce a pensar que el fundador no recibió de Dios una espiritualidad definida aquel famoso 2 de octubre.

Si Escrivá vio todo el Opus Dei el 2 de octubre de 1928, con su espiritualidad laical netamente distinta de la de los religiosos, nos preguntamos ahora: ¿cómo es que desde el principio organizó una praxis de vida completamente al modo de los religiosos?

Todas estas mutaciones del espíritu, que no permanece estable ni sigue un curso lineal a lo largo del tiempo, se mezclan con la tramposa presentación histórica del mismo. La probada falsa datación de las Instrucciones y de las cartas, vuelve a confirmar la reelaboración continua de sus ideas fundacionales.

Los datos que he ido dando a lo largo de estas líneas son auténticos y comprobables. Sobre ellos puede elaborarse una hipótesis con fundamento.

Entonces, ¿qué es lo que vio Escrivá aquél 2 de octubre? Desde luego no oyó el voltear de las campanas de Nuestra Señora de los Ángeles celebrando a su patrona, porque tal fiesta se celebra y se celebraba en esa parroquia a primeros de agosto. ¿Qué vio, pues? Aquí es donde aparece la hipótesis.

Escrivá era muy milagrero, en todo veía sucesos extraordinarios. El que alguien descubriera el escudo de la Obra en una reja de la basílica del Monasterio del Escorial es muy significativo y gracioso. Pero podría tratarse de una coincidencia. Lo mismo que la rosa de Rialp y tantas otras cosas. No seamos mal pensados. Entonces, ¿qué vio? Vio toda la Obra como sería al cabo de los siglos. Bueno, la vio sin mujeres, sin sacerdotes, sin auxiliares, sin agregados; primero destinada a universitarios, luego a colegiales e incluso a niños de ocho años. Vio que duraría hasta el final de los tiempos, mientras hubiera hombres en la tierra, que sería indestructible como la Iglesia, etc.

Yo pienso que el 2 de octubre no hubo inspiración divina, pues por sus frutos los conoceréis, sino una cierta conversión a su sacerdocio en la línea de una visión personal de por dónde podría ir tirando en la vida para alcanzar el triunfo al que él estaba destinado, sacándole partido a un planteamiento peculiar de su sacerdocio. Con las ideas que entonces pululaban sobre la santidad en el mundo –algo distinto al fenómeno religioso- y que seguramente le habrían impactado porque las llevaba recogidas en unas notas, y su piedad sentimental y fantasiosa de rosa mística, creyó encontrar la base para una fundación original, y la llamada divina para realizarla. Luego todo lo fue componiendo según la conveniencia del momento.

Para finalizar, viene bien recordar la cita técnica que recoge Marcus Tank en su artículo sobre el Trastorno narcisista de la personalidad del fundador del opus Dei:

El aspecto cognitivo de los narcisistas es muy interesante, pues juegan con la realidad alterando y recomponiendo los hechos con el fin de reforzar sus creencias, con un estilo denominado expansivo. Los narcisistas escriben fábulas personales, historias revisadas que magnifican los acontecimientos. Recuerdan el pasado como les gustaría que hubiese sido. Varían los énfasis o los acentos con los que se interpreta la historia, siempre al servicio de la situación actual. La reconstrucción del pasado supone la base para sus fantasías actuales. El pasado se instrumentaliza para su autopromoción, al contrario que los depresivos, que lo utilizan para su autocrítica.

La fantasía no se limita al futuro, sino que se extiende al pasado, racionalizando y reconstruyendo el mismo. A veces mezclan sueños de omnipotencia y rasgos paranoides. Es decir, todo un delirio, una construcción lógica coherente a la que otorgan estatuto de realidad.

Estas personas tienen una imaginación tan vívida que el futuro parece carecer de contingencia. La fantasía se experimenta con enorme intensidad, de modo que rivaliza con la propia realidad. Se conceden licencias respecto a los hechos y suelen mentir para mantener sus ilusiones. Se engañan a sí mismos y tienden a elaborar razones plausibles.

Emplean mecanismos de racionalización y de regulación cognitiva, de modo que componen representaciones subjetivas en mayor medida de lo normal mediante recuerdos ilusorios y cambiantes sobre realidades pasadas. Los conflictos e impulsos inaceptables son rápidamente remodelados en cuanto surge la necesidad.

El poder y la gloria de sí mismo es un espectáculo que debe ponerse en escena una y otra vez en la imaginación. El narcisista es a la vez actor y aplauso —tiene rasgos histriónicos—, de manera que el argumento no se vuelve aburrido por muchas veces que se repita. La fantasía sirve para regocijarse de la exhibición de sí mismo.



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