Abducido a los diecisiete años

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Por Luis, 12.07.2006


Animado por la espléndida narración de Isabel Nath, me animo a contar cómo fue la mía. Creo que es interesante que en Opuslibros proliferen estet ipo de relatos, ya que ponen al descubierto en primera persona una de las principales objeciones que se le puede achacar al Opus Dei.


Contacto fraudulento

Todo empezó a mis dieciséis añitos. Ese verano lo pasé en casa de una hermana, lejos de la localidad donde vivía con mis padres y resto de hermanos; mis padres me decían que me llamaba a casa con frecuencia un tal Fernando, que decía ser amigo mío, aunque mi madre estaba algo mosca porque tenía una voz demasiado de “mayor”. Yo estaba también muy intrigado por quien sería el tal Fernando: a pesar de ser un nombre tan común no tenía ningún amigo que se llamase así, ni siquiera compañeros de clase. Además se negaba a dejar teléfono, a pesar de la insistencia de mis padres...

Llegado el mes de septiembre, ya de vuelta a casa, un día me llama el tal Fernando ¡por fin!. Tras saludarnos le pregunté por su identidad y por esa supuesta relación de amistad entre nosotros que a mí no me constaba.

-“En realidad -me dijo- es que somos compañeros de colegio porque yo estudié también en los Maristas” (prestigioso colegio de la localidad).
-“Pues te equivocas porque yo estudio en La Salle”, tuve que decirle. Grande fue su sorpresa... pero contraatacó:
-“¿Pero tú no eres Luis Mernabo?” (quedó fatal: ni siquiera sabía con quien estaba hablando: Mernabo era un compañero de clase)
-“Pues no.”
-“¡Ah!, perdona, tú eres Lucio Domínguez”(otro compañero). Ya tuve que cortarle, algo más que molesto:
-“Mira, yo soy Luis Plomez, llevas llamándome todo el verano diciendo que eres mi amigo y ahora resulta que ni siquiera me conoces ni sabes a quien llamas. ¿Quién eres tú y qué quieres exactamente?”...

El pobre Fernando se excusó como pudo y me explicó que “La Asociación de Amigos de la Universidad de Navarra” había abierto una sede en nuestra ciudad para hacer actividades culturales y querían invitarme a un cursillo de Técnicas de Estudio”. Me invitó a visitarles al ” piso” y esa misma tarde pude conocer a Fernando, que resultó ser un estudiante de Arquitectura en Navarra, simpaticote, que se excusó tan bien por sus líos que acabamos riéndonos bastante. Según me enteré posteriormente, habían conseguido mi dirección y la de otros compañeros, de mi propio colegio, en donde habían contado esa misma historia. El local resultó ser un piso modesto pero simpático, donde había otros chicos de mi edad, varios señores mayores reunidos y ante mi sorpresa, un cura. Era el típico apeadero que se atiende desde un centro de estudios superpoblado, en este caso Aralar. Nadie me habló del Opus Dei en absoluto.

A mis padres les pareció bien la idea de hacer el dichoso cursillo y aunque por mi brillante trayectoria académica no era lo que más falta me hacía, me apunté. Aunque empezaba en Octubre, enseguida me volvieron a llamar para invitarme a “tertulias culturales” los sábados por la tarde, que consistían en tertulias informales de varios chavales de mi edad con personajes curiosos de los que estudiaban en la Universidad de Navarra. Un japonés (se llamaba Soichiro Nitta, era el primero de Japón y luego se ordenó y fue uno de los curas del centro de estudios en la época en que lo hice. Si alguien sabe algo de él, que me lo diga por favor), un filipino especialista en los Beatles, sudamericanos varios, un nigeriano de Biafra.... Uno de ellos fue Jacinto Choza, a quien he reencontrado en Opuslibros (un saludo, amigo). Esas tertulias me encandilaron. En mi vida había asistido a nada así, con gente tan exótica, tan amable, tan culta, tan adulta....que al ver mi interés se volcaban en mí y me pedían que les acompañara a visitar la ciudad....yo encantado, ingenuo de mi.

En una ocasión fuimos de paseo por la ciudad dos de los “visitantes” de la Universidad de Navarra conmigo y un amigo a quien yo había llevado (y que acabaría pitando bastante antes que yo. Creo que aún sigue). Sorprendentemente nos hicieron un buen número de fotos en las zonas más fotogénicas y turísticas de la ciudad. Unos días después solicité que me dejaran ver las fotografías pero siempre había excusas...y me olvidé de ellas. Tiempo después de pitar, leyendo “Crónica” atrasadas me encontré un artículo en que se hablaba de cómo se había comenzado la labor en mi ciudad.. ¡y allí estábamos mi amigo y yo en varias fotos!. El texto era alucinante: no tenía nada que ver con la realidad que yo había vivido, y algunas cosas eran auténticas mentiras. Hablaban de mí muy elogiosamente, sí, pero tan equivocadamente que incluso siendo ya de la Obra y “fanático”, no pude menos de enfadarme y preguntar al director como era posible que Crónica mintiera descaradamente. Me calmaron negando que fueran mentiras, que quizás yo no me acordaba bien, que alguien habría metido la pata inadvertidamente... La realidad la comprendí años después: cada redactor manipulaba los hechos que escribía para elaborar el tipo de relato que su superior inmediato requería. A medida que el relato “subía”, se iba hinchando, como un globo.

El cursillo de Técnicas de estudio, por el contrario, me pareció flojo y el que lo daba, un numerario pedante de bastante mal humor, logró que desaparecieran varios asistentes en cuanto acabó el cursillo. Luego se ordenó y ejercía de lo que ahora algunos llaman “Prelaturator Tiberino”.

Mosqueo y ruptura

Llegó la Navidad y me encontré como asiduo frecuentador del “Piso” , asistiendo a las meditaciones que se daban justo después de la “tertulia cultural”: sin tiempo para escabullirse entraba un cura en la sala de estar, se ponía de rodillas ( y todos con él, claro) y empezaba aquello del “Señor mío y Dios mío...”. Luego había que confesarse.....Yo empecé a ver que me estaban liando, que era demasiado interés, que no me daban ni bien ni mal los resultados del famoso Cursillo, que había cosas oscuras y me fui percatando de que aquello era un montaje del Opus Dei y me lo ocultaban. Además, el que me “trataba”, otro Fernando, me caía francamente mal y aunque le dí varios cortes y le manifesté claramente que con él no quería hablar de nada, él insistía sin desalentarse, haciéndose terriblemente pesado. Cosas del destino, luego resultó que acabamos de parientes a través de una cuñada. Les di un ultimátum para que me dieran los resultados de los test y me marché pensando en no volver. Y no volví en tres meses. Ahí sí que tuve lucidez, la que faltó más adelante.

¿Resumen de este primer contacto con el Opus Dei?

  1. Adultos notablemente superiores en todos los aspectos se aprovecharon de mi ingenuidad y de mi ignorancia para conectarme a la labor.
  2. Mintieron en varias ocasiones en temas importantes.
  3. Me ocultaron que detrás de todas esas actividades estaba el Opus Dei (ignorando que mi familia estaba bastante bien dispuesta hacia la Obra).
  4. Montaron un cursillo de Técnicas de Estudio con muy poca o ninguna profesionalidad para engañar a varios chavales “de provincias”. Años después yo seguí su ejemplo y monté cursillos similares. El fin justificaba los medios.

Reincorporación

Y sin embargo volví. Varios meses después de mi despedida, asistí a Ejercicios Espirituales de los que organizaba mi colegio y el cura que los predicaba me habló bien de la Obra, de modo que como “propósito” de los Ejercicios decidí volver a frecuentar el “piso”. Esta vez lo hicieron mejor. Empezó a tratarme otro numerario, que lo hizo bastante mejor que el anterior, de modo que en mayo estaba yo perfectamente integrado en la labor, con un buen plan de vida y trayendo a varios amigos al “piso”. Conoció a mis padres (se cayeron bien mutuamente) y en la clásica romería de mayo me habló para pitar, aunque yo ni me enteré, no estaba maduro. Prudentemente no insistió.

Ese verano asistí a un cursillo de inglés en la propia Universidad de Navarra. Estaba muy mal organizado, era una pura excusa para que los de Aralar tuvieran “carne fresca”. Profesionalidad cero. Pero contribuyó a irme metiendo más en “la Cosa”.

Tras acabar brillantemente mis estudios de lo que hoy se llama” Enseñanza Secundaria post-obligatoria”, empecé mis estudios (carrera técnica superior) en una de las grandes ciudades del país, con una buena beca del Ministerio que me cubría prácticamente todos mis gastos.

Me dieron una carta de presentación para un colegio mayor de la Obra (era el centro de estudios, pero de eso me enteré después de pitar, claro). Allí fue donde entraron a matar: me encontraba recién llegado a una gran ciudad, sin conocer a nadie, sin amigos, lejos de mi familia, sólo e ingenuo....Infanticidio. Rápidamente tejieron en torno a mí una tupida red de círculos, convivencias, retiros, esquí, dirección espiritual..En el Colegio mayor todo el mundo me conocía, todos eran mis amigos, todos rivalizaban en invitarme a merendar (pagando yo, eso sí). Daba gusto.

Abducción nocturna

No obstante, aún me resistí unos meses hasta el mes de mayo en que me hicieron la gran encerrona. Durante el clásico puente de primero de mayo montaron una ”convivencia de estudio” en una casa muy agradable , aislada en plena montaña, con piscina, tenis....Y sí, el primer día sí que estudié, pero aquello era como el castillo de Drácula: de día todo maravilloso, pero de noche te chupan la sangre y la vida. Y esa noche....después de cenar me cogió el que me trataba, que llamaré EBO, y me planteó con energía que pidiera la admisión como numerario. Me resistí como gato panza arriba. A las doce de la noche le relevó el mismísimo director del centro de estudios, a quien yo apenas conocía, y que me imponía cierto respeto, aunque era persona cordial y educada. A las dos de la mañana renunció él también y me envió al cura, que ante mi sorpresa, aún estaba en pie. Se repitió la historia: todos sus argumentos los tiraba yo por tierra......A las tres y media de la madrugada el cura se agotó y me dio un ultimátum: vete media hora al oratorio y lo que nos digas al salir lo respetaremos. Allí me fui. Empecé a pedir muy sinceramente a Dios que me iluminase, muy concentradito, muy concentradito...¡y me quedé dormido! Al despertarme habían transcurrido tres cuartos de hora y aún no sabía qué decir. De repente, me inundó la mente la idea de que si les decía que sí, se acabaría toda esa tensión que me atenazaba. Esa idea me llenó de paz. Salí del oratorio y dije que sí a una vocación que no sabía en absoluto qué implicaba, salvo no casarse. En realidad nunca vi ni sentí nada, salvo que estaba desesperado por librarme de esa tensión. Lo único que conseguí fue convencerles de que no iba a escribir la carta esa noche ni en esa convivencia, que deseaba unos días para digerirlo todo. Un resto de sentido común aún me quedaba.

¿Dije que sí? En realidad, cualquier entendido en psiquiatría podría identificar perfectamente los intríngulis psicológicos de esa presión de tres adultos, profesionales hechos y derechos, a un pobre chaval, sólo, aislado de su familia, con la tensión de unos exámenes de los que dependía la continuidad de su beca. En realidad me rompieron. Rompieron la resistencia que les oponía, con su insistencia machacona y con el “cariño” que me demostraban. Y con nocturnidad y alevosía. A las cuatro de la mañana, tras seis horas de ”tercer grado”, me rompí. Fue una “abducción” en toda regla, con devolución diecinueve años después. Evidentemente lo primero que me dijeron es que no comentara nada en absoluto a mis padres, aunque en aquel entonces yo era menor de edad.

Una última frivolidad

A los pocos días de volver a la ciudad me llamaron para que fuera urgentemente al colegio mayor-centro de estudios. Al día siguiente tenía un importante examen final y quise retrasarlo, pero me apretaron y tuve que ir. Se trataba de que tenía que escribir la carta de petición de admisión ese día. Me rebelé un poco porque habíamos quedado para dos días después y me estaban haciendo perder una tarde preciosa. No hubo modo. Pasé por el aro y escribí la carta. Tiempo después me enteré del porqué de tanta prisa: una visita de un director de comisión, que les había echado la bronca al consejo local porque pitaban pocos, de modo que decidieron que ese mismo día pitaría yo y darían con “la carta en las narices” al vocal de san Rafael. Tal cual, me lo contó el propio EBO...

Conclusiones

Creo que lo mejor es copiar una de las respuestas que dan los Orejas en sus “Preguntas frecuentes”. Basta leer mi relato anterior y contrastar con la respuesta que copio, para sacar bastantes conclusiones

25. ¿Qué tienen de condenable los métodos utilizados para la captación de personas para la organización (al interior de ella llamados de “proselitismo”)?

El hecho de que conjugan la instrumentalización de la amistad, la presión y el chantaje psicológico y moral.

Además, en el caso de menores de edad naturalmente influenciables, se les aleja emocionalmente de la familia antes de aplicarles ese tipo de presión.

Todo lo relatado hasta aquí es rigurosamente cierto. Podría documentarlo exhaustivamente con infinidad de nombres, lugares, centros y fechas que recuerdo con bastante exactitud. ¿Algún opusiano se atreve a negármelo?

Visto a distancia, muchos años después y con una buena porción de mi vida fuera del Opus Dei, puedo afirmar, como Isabel Nath, que no guardo rencor a ninguno de ellos. Sé que iban de buena intención y que no eran más que instrumentos de” la gran máquina, Matrix”, la auténtica responsable de todas estas barrabasadas, que pueden denominarse sin exageración “INFANTICIDIOS”. Pero a alguien de “los de arriba de la organización“ se les aplicará algún día aquello de que “a quien escandalizare a uno de solo de esos pequeñuelos, más le valdría que le aten al cuello una piedra de molino y le arrojen al mar”.

Propina

  1. EBO se fue a Roma y se ordenó. Siempre había sido lo que se llama “la alegría de la huerta”, en el mejor sentido de la expresión. Me lo encontré de cura años después en Pamplona, triste y hundido, con un claro desequilibrio mental (uno más de "la cuarta planta” ) aunque con el cariño hacia mi persona intacto. Y después de mi marcha de la Obra lo volví a ver en una estación de tren de provincias, prematuramente viejo, demacrado, con su madre (muy anciana) del brazo, caminando los dos como quien lleva el mundo en la espalda. No me reconoció. Se me saltaron las lágrimas.
  2. Ese primer año de universidad lo superé con muy buenas notas. Los siguientes cursos,(segundo y tercero) atiborrado de normas, encargos y actividades internas, me tuve que conformar con sacar a duras penas algún que otro notable.
  3. Tuve que renunciar a la beca para irme a vivir al Centro de estudios, con la consiguiente tormenta familiar. Mis padres se negaron entonces a pagarme ese lujo de colegio mayor y tuve que buscarme un trabajo para subsistir. Consecuencia: esos dos años de Centro de Estudios suspendí una asignatura cada año (cuarto y quinto curso de carrera). Así es como me enseñaron a no santificar el trabajo profesional. Eso sí, durante una temporadita fui el alumno estrella del centro de estudios y el favorito del subdirector de la delegación. Poco duró.
  4. No tiene mucho que ver con lo anterior pero es interesante. Años después, estando en la labor de San Gabriel, tuve como encargo archivar las fichas de libros y las recensiones que llegaban regularmente al centro. Recuerdo perfectamente que una de las fichas catalogaba muy duramente las obras de un tal Ratzinger, englobándole con otros alemanes: Rahner, Kung... Seguro que se las han comido con patatas (jua, jua) pero es justo hacerlo público. Para aquellos inquisidores, ser teólogo y alemán significaba ser otro Lutero.



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