A solas con Dios

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Este libro es una recopilación de notas introductorias de José María Escrivá en las revistas internas.

Beato Josemaría Escrivá
A SOLAS CON DIOS
Textos para la meditación
Bonus Pastor, Vol. V. Roma, 1996


Nota introductoria

Han transcurrido quince años desde que, en enero de 1981, vio la luz un volumen con los textos de nuestro Padre que —desde el primer momento— abrían cada número de Crónica y de Noticias. Durante tres lustros, esas incisivas frases de nuestro Fundador han alimentado nuestra oración personal en muchas ocasiones, al tiempo que nos espoleaban a hacer realidad —con la ayuda de la gracia divina— una aspiración inculcada por nuestro Padre en sus hijas y en sus hijos, que sintetiza todos nuestros afanes: hacer el Opus Dei en la tierra, siendo tú mismo Opus Dei 1.

Se publica ahora una nueva edición de esa obra, enriquecida con algunas frases de nuestro Padre que se recogieron en la "Hoja Informativa" —el precedente de Crónica y Noticias, heredera a su vez de las "Noticias" que nuestro Fundador enviaba desde la Residencia de Ferraz y durante la guerra civil, a los que estaban en contacto con la labor— y con otros textos tomados de fichas manuscritas de nuestro Fundador, entre las muchas que conservamos.

El título de este libro lo eligió don Álvaro algunos años antes de su marcha a la casa del Cielo, cuando encargó que se preparase una nueva edición. Responde muy bien a su contenido, pues el objetivo que se proponía nuestro Fundador cuando —un mes después de otro— daba a la imprenta esas frases, era brindarnos un punto de partida para nuestra oración personal. Siempre afirmó que por el camino de la Obra se puede andar de muchas maneras — ¡hasta a la pata coja!, concretaba, bromeando—, con tal de no salirse de esta autopista que Nuestro Señor ha construido en la Iglesia para nosotros y para otras muchísimas almas. Y, al hacernos partícipe de los tesoros que guardaba en su corazón, nos ofrecía —como repetía— la falsilla sobre la que cada uno, llevado por el Espíritu Santo, debía esforzarse por escribir la historia de su personal vida interior. Interesaba mucho a nuestro Padre que cada una de sus hijas y cada uno de sus hijos —a solas con Dios — desentrañase el contenido espiritual de las consideraciones que nos proponía, nacidas al calor de su trato íntimo con Jesucristo.

En la breve introducción que acompañaba a la primera edición de este libro, don Álvaro decía que estas consideraciones de nuestro Fundador son monedas de oro que deberemos siempre custodiar como un tesoro. A él le pedimos que interceda por todos nosotros, para que sepamos escuchar, acoger y meditar las palabras de nuestro amadísimo y santo Fundador con la misma atención, fidelidad y aprovechamiento que vimos resplandecer siempre en su vida.

vuestro Padre
+ Javier
Roma, 9 de enero de 1996, aniversario del nacimiento del Beato Josemaría.

1. De nuestro Padre, Prólogo al Catecismo de la Obra, 23-IV-1947.

Quienes hemos recibido la gracia de Dios de convivir con nuestro queridísimo Padre, en más de una ocasión le hemos oído decir que, al cumplir la misión que el Señor le había confiado, actuaba siempre como en las bodas del gran rey. Se refería a la generosidad que —según cuentan— acostumbraban a usar con los suyos los buenos señores de otros tiempos: en el día de su boda, distribuían con cariño monedas de oro a su pueblo, para que todos disfrutaran de sus riquezas.

Nuestro Fundador lanzaba continuamente doblones de oro en nuestras almas, con sus hechos y con sus palabras. Como el administrador fiel y prudente de la parábola, sacaba —del tesoro que Dios le había confiado— cosas nuevas y antiguas: viejas como el Evangelio, y como el Evangelio nuevas, para meternos más en Dios.

Desde el comienzo de nuestras publicaciones internas, unas frases de nuestro Padre abrían cada uno de los números. Forman una colección de monedas preciosas, con las que debemos negociar. Durante años han sido tema de nuestra meditación, y ocasión de plasmar propósitos firmes, pues sabíamos que esos consejos venían del alma de nuestro Fundador. Así nos hemos unido más a su corazón, a su espíritu, a sus intenciones.

Ahora, a los cinco años de su tránsito al Cielo, he pensado que a todos os gustaría tener esas frases reunidas en un volumen, de manera que con mayor facilidad podamos emplearlas, para alimentar nuestro diálogo con Dios y para cimentar profundamente nuestra entrega al servicio de las almas.

Estoy seguro, hija mía, hijo mío, de que te ocurrirá lo que nuestro amadísimo Padre escribió en uno de estos puntos: cuando llevéis a la oración las cosas que os vengo diciendo, os daréis cuenta de que el Señor os ha escogido con tanto cariño... (n. 12). Y os sentiréis fortalecidos y llenos de un agradecimiento que se traducirá en el deseo eficaz de ser más Opus Dei; es decir, mejores hijos de nuestro Padre, con una fidelidad plena al tesoro de doctrina y vida que nos ha legado.

Álvaro
Roma, 1 de enero de 1981

La vocación

1 Hijos, no olvidéis que tenemos vocación divina. Con esta certeza, estamos seguros de seguir adelante.


2 Redemi te et vocavi te nomine tuo; meus es tu (Isai. XLIII, 1): Yo te redimí y te llamé por tu nombre: tú eres mío. La vocación es siempre sobrenatural, llamada de Dios. Debe ser también intangible, virginal. Y en el Opus Dei, alegre.


3 Todas las vocaciones son igualmente fáciles e igualmente difíciles, porque Dios ofrece a todos su gracia, y de todos espera una respuesta generosa y completa.


4 Debéis sentir la responsabilidad de vuestra vocación a la Obra: habéis sido elegidos por Dios, con amor de predilección.


5 Somos gente de la calle. En medio del mundo, iguales entre nuestros iguales, entre todo tipo de personas, con los brazos abiertos a todas las almas, siendo luz y sal, sin ningún distintivo externo, que no tenemos por qué llevar: sólo hay una diferencia, que es interior, del alma: la vocación, que el Señor nos ha dado.


6 Agradeced al Señor la vocación, con un agradecimiento operativo, que se concrete en descubrir los modos de trabajar mucho, de rezar mucho, de preocuparos continuamente de los demás. Y luego, al final de la jornada, poned ese esfuerzo vuestro, con rectitud de intención, a los pies de Jesús.


7 Todas las vocaciones son perfectas, porque todas pueden conducir a la más acabada santidad, si el alma es fiel.


8 ¡Qué hermosa es nuestra vocación, que nos da en la tierra la alegría y la paz que el mundo no puede dar! Esa paz que sólo perdemos cuando consentimos en cosas que son descamino.


9 A quienes desean corresponder a la llamada, les aconsejo que acudan al Espíritu Santo, encomendándose de un modo especial haciendo un triduo. Haz tú lo mismo.


10 Dios es tu Padre; te amó y escogió desde la eternidad. ¿Y serás capaz de no corresponder a tal amor, con el saludo y la charla confiada y filial de cada día?


11 ¡Cómo agradeceréis el haber sabido decir que no, a los amores, por el Amor!: después de esta vida, encontraréis el Amor con toda su belleza, con toda la grandeza y la riqueza y la armonía y el color.


12 Cuando llevéis a la oración las cosas que os vengo diciendo, os daréis cuenta de que el Señor os ha escogido con tanto cariño. A cada uno le ha dicho: ego redemi te, yo te he redimido. Et vocavi te nomine tuo, y te he llamado por tu nombre; quizá por el nomignolo, como dicen en Italia: el apelativo familiar, cariñoso. Y después añade algo estupendo: meus es tu! ¡Eres mío!

Esto no son bobadas, hijos míos, sino una prueba del amor grandísimo que nos tiene Dios. Son palabras de la Sagrada Escritura, y hay que entenderlas como lo que son: verdades consoladoras, divinas, maravillosas.

La Obra

13 Los caminos de Dios en la tierra son muchos. Mejor dicho: son todos.

Cualquier estado, cualquier profesión de este mundo, siempre que sea recta y se persevere en esa rectitud, puede ser un encuentro con Dios.

Para hacer presente esta maravillosa realidad, ha suscitado el Señor su Opus Dei: y por eso, desde el 2 de octubre de 1928, procuramos decir a todas las almas, con el ejemplo y con la palabra —¡con la doctrina!—, que se han abierto los caminos divinos de la tierra.


14 El Opus Dei es una obra apostólica. No mira más que a las almas. El Opus Dei no es instrumento para servir ambiciones humanas. Es de Dios y de la Iglesia.


15 Hay quien habla del espíritu del Opus Dei con respeto y con cariño, pero, a veces, ante la realidad ecuménica de nuestros apostolados, se pregunta con qué medios contamos.

Los medios son tan espirituales como los fines. Eso es el Opus Dei: fines espirituales y apostólicos, que se alcanzan con medios también espirituales. No existe en el Opus Dei una doble vida, como se procura que no la haya tampoco en sus miembros; si alguno de los miembros del Opus Dei mantuviese alguna vez algo parecido a una doble vida, tendría mal espíritu, y no podría perseverar en su trabajo apostólico.


16 Si alguna vez el Opus Dei hubiera hecho política, aunque fuera durante un segundo, yo —en ese instante equivocado— me hubiera marchado de la Obra. Por tanto, nunca creáis ninguna noticia en la que puedan mezclar la Obra con cuestiones políticas, ni temporales de ningún género. De una parte, nuestros medios y nuestros fines son siempre y exclusivamente sobrenaturales; y, de otra, cada uno de los miembros del Opus Dei tiene la más completa libertad personal, respetada por todos los demás, para sus opciones temporales, con la consiguiente responsabilidad lógicamente personal. El Opus Dei, por tanto, no es posible que se ocupe jamás de labores que no sean inmediatamente espirituales y apostólicas, que nada podrán tener que ver con la política de ningún país.


17 Este es vuestro camino: siempre sal, siempre luz, siempre alegría, siempre fuego, siempre paz.


18 Tres son las pasiones dominantes de los hijos de Dios en el Opus Dei: dar doctrina, dirigir de un modo o de otro las almas que se acercan al calor de nuestros apostolados y amar la unidad de nuestra Obra.


19 Pensad en esas aves de vuelo rapidísimo, majestuoso, que alcanzan alturas adonde la mirada no llega. No sienten esas aves el peso de las alas, aunque son pesadas e inmensas. Si se las cortarais, si ellas pudieran librarse de ese peso, ganarían en ligereza, pero no podrían volar: se aplastarían contra el suelo.

Lo mismo pasa con nuestras obligaciones en el Opus Dei: no son peso, no son algo negativo; son una continua afirmación del amor auténtico. Con su fiel cumplimiento, nos levantamos altos, altos. Y, siendo muy poca cosa, vivimos vida de Dios, llegamos muy cerca del sol, mirándolo de hito en hito, como lo miran las águilas en su vuelo hasta las cumbres.


20 ¿Quieres un plan eficaz? Te doy éste, muy experimentado en nuestro Opus Dei: callar, rezar, trabajar, sonreír.


21 Yo quiero mucho a vuestros padres, y les encomiendo por lo menos dos veces al día. Vosotros tenéis que tener también mucho cariño — un cariño noble — a los padres de vuestros hermanos.


22 Rezo a diario por los padres de todos mis hijos, y les quiero aunque no los conozca. Rezo por los que el Señor ya se ha llevado y por los que continúan en la tierra, ayudándonos a ser fíeles con su oración y su ejemplo.


23 Cuando atraéis a la Obra a vuestras familias de sangre, les hacéis un gran bien, porque acercarlas a la Obra es acercarlas a Dios. Cumplís con vuestro deber de apóstoles. Aumentáis la eficacia de nuestra labor y, sobre todo, me llenáis de alegría.

Santidad personal

24 Hijos míos: una preocupación hemos de tener los hijos de Dios en el Opus Dei, una preocupación exclusiva; y es ésta: ser santos.


25 La santidad no consiste en hacer cosas cada día más difíciles, sino en hacerlas cada día con más amor.


26 Si quieres ser feliz, sé santo. Si quieres ser más feliz, sé más santo. Si quieres ser muy feliz, sé muy santo.


27 Una santidad sin alegría no es la santidad del Opus Dei; una santidad sin doctrina no es la santidad del Opus Dei.


28 Los hijos míos tienen que ser piadosos, doctos, alegres y... pillos: santos y pillos.


29 En la Obra, todo es medio de santidad: el trabajo y el descanso; la vida de piedad y el trato afectuoso con todos; la alegría y el dolor. En una palabra, hay una posibilidad de santificación en cada minuto de nuestra vida: en todo debemos amar y cumplir la Voluntad de Dios.


30 Las cosas no se improvisan. Tampoco la santidad. Dios nos espera a lo largo de cada día, de cada hora. Las almas van madurando con el paso del tiempo, si no ponen obstáculos con infidelidad.


31 Nuestra misión es hacer alegre y amable el camino de la santidad en el mundo.


32 Piedad, piedad, piedad: si faltas a la caridad, será por falta de vida interior, y no por tener mal carácter.


33 El secreto de nuestra eficacia es ser piadosos, sinceramente piadosos.


34 Las Normas se han de cumplir con puntualidad: hodie, nunc; fielmente, con delicadeza de amor. Y cuando se prevén dificultades, no se atrasan: se adelantan.


35 No querría ninguna obra, ninguna labor, si mis hijos no se mejorasen en ella. Yo mido la eficacia y el valor de las obras por el grado de santidad que adquieren los instrumentos que las realizan.


36 No olvidéis, hijos míos, que en el Opus Dei no es suficiente ser buenos, ni muy buenos; es necesario ser heroicos.


37 Pienso que, en el cielo, mi gloria consistirá en ver que mis hijos están más altos que yo. No me defraudéis: sed santos de verdad.

Formarse

38 Santidad y apostolado. Estos son los fines que nos proponemos personal y corporativamente. Para conseguir estos fines, necesitamos formación... con los medios oportunos. No esperéis nunca una iluminaciones extraordinarias de Dios, que no tiene por qué darnos, cuando están los medios a nuestro alcance, si ponemos el esfuerzo conveniente.


39 Hay desorientación, hay falta de fe, son continuas las desviaciones en las filas del ejército de Dios en la tierra. Hay, hijos míos, y es necesario que no lo olvidéis, una propaganda infame contra la santidad del matrimonio, contra la santidad del sacerdocio, contra la castidad y la virginidad, contra la Madre de Dios y Madre nuestra, contra el Romano Pontífice, contra la Sagrada Eucaristía.


40 Habéis de sentir la necesidad y el deber gustoso de trabajar, para que la doctrina que recibís, la formación que se os da, vaya a otras mentes y cuaje también en los corazones de otros, en obras llenas de rectitud.


41 He aprendido a esperar: no es poca ciencia. Dios cuenta con el paso del tiempo para que las almas se formen, y no hay que hacerles violencia; como no se fuerza ordinariamente una planta para que crezcan las flores más deprisa.


42 Hijos míos, que se pueda decir de vosotros lo que decían del Señor: coepit faceré et docere (Act. I, 1). Primero vivía las cosas y después las enseñaba.


43 Para un miembro del Opus Dei, los estudios profesionales nunca pueden carecer subjetivamente de importancia. Ninguno de mis hijos, si tiene buen espíritu, vivirá con aire de provisionalidad sus estudios, ni se desinteresará en la pugna intelectual entre estudiantes.


44 Hay que renovarse: saber decir lo mismo cada día con gracia nueva. Es el don de lenguas, parte del don de lenguas.


45 Con la gracia, con la caridad, el alma recibe también los dones del Espíritu Santo. Quisiera que la caridad os llevara también a desear y a pedir algo, que no es un don del Espíritu Santo, pero que es fruto de la caridad: el don de gentes.


46 Nuestra pedagogía se compone de afirmaciones, no de negaciones, y se reduce a dos cosas: obrar con sentido común y con sentido sobrenatural.


47 No olvides que la debilidad de los buenos es la fortaleza de los malos. Por eso, no dejes nunca de ejercitar tus derechos, encaminando toda tu actividad a la gloria de Dios.


48 Hemos de tener fe de niños y doctrina de teólogos, os he dicho. Ahora añado: y piedad de vieja. De esa vieja que suspira de amor en el rincón de una iglesia. Sin palabrería, sin teorías pseudocientíficas, la piedad de la vieja tiene tradición y solera: como el buen vino.


49 Los hijos de Dios en su Obra hemos de ser virilmente castos, reciamente devotos, apostólicamente trabajadores; con una piedad sólida y práctica, con un celo activo y prudente, con una obediencia pronta y cordial.


50 No basta querer ser pobre. Hay que aprender a ser pobre.


51 La riqueza del Opus Dei es que sepamos vivir pobres.


52 Dar después de la muerte es ser generoso con lo que no nos pertenece. Díselo a esas personas facultosas, que se resisten a ayudar en vida a las empresas de apostolado.


53 Bendigo con toda el alma a cuantos — con su oración, con su trabajo o con sus aportaciones económicas — colaboran en esta gran empresa sobrenatural del Colegio Romano de la Santa Cruz.


54 No olvides, hijo mío, que tú colaboras en la formación de tus hermanos y de tantas almas, en todo momento: cuando trabajas y cuando descansas; cuando se te ve alegre o preocupado; cuando en medio de la calle haces tu oración de hijo de Dios y trasciende al exterior la paz de tu alma; cuando se nota que has llorado, y sonríes.

Trabajar por amor

55 Una característica peculiar de la espiritualidad del Opus Dei es que cada uno ha de santificar su profesión — su trabajo ordinario —, ha de santificarse en su profesión y ha de santificar con su profesión.


56 El trabajo es para nosotros el eje, alrededor del cual ha de girar todo nuestro empeño por lograr la perfección cristiana. Y, al buscar en medio del mundo la perfección cristiana, cada uno de nosotros ha de buscar también necesariamente la perfección humana, en su propia labor profesional. De ahí que no nos puedan entender jamás los que no quieren hacer lo posible para dejar de ser chapuceros.


57 Los miembros de la familia de Dios no trabajamos a sueldo, como los mercenarios. Trabajamos a destajo: como los buenos hijos.


58 Trabajo. Muchas horas de trabajo al día: sintiendo la urgencia de las necesidades, también económicas, de esta familia sobrenatural que formamos. Esto es sentido de responsabilidad, esto es querer ser santos y servir a Dios.


59 Vuestra vida y la mía han de ser así: corrientes. Procuraremos acabar bien, todos los días, las mismas cosas que tenemos obligación de hacer, sin chapuzas, ni complicaciones, ni tonterías de imaginación. Dios nos espera siempre; a mí, entre los papeles; y a vosotros, donde estáis... El Señor está en los libros, en los aparatos del laboratorio, en las máquinas del taller o de la fábrica, en el trabajo profesional de cualquier tipo que realizáis.


60 El mejor modo de ser misionero, con misión, sin llamarse nunca misionero, es vivir santa y alegremente; y para esto hay que cumplir los deberes sociales y profesionales, y tener siempre una gran caridad.


61 Os he enseñado desde el principio que no hay trabajos grandes ni pequeños: todos son grandes, si se hacen por Amor. Los trabajos aparentemente pequeños se engrandecen a través del prisma de nuestra vocación de servicio.


62 En el servicio de Dios no hay oficios de poca categoría. Todos son de mucha categoría. La categoría del oficio depende del que lo ejercita.


63 El mejor espíritu de sacrificio es la perseverancia en la ilusión del trabajo comenzado.


64 Para un alma enamorada el trabajo es vigilia, y lo es el descanso. Hemos de terminar el día con un pensamiento de amor: mañana, Señor, seguiré trabajando por Ti. Y al despertarnos, la primera palabra que acude al corazón debe ser también un acto de amor de Dios y una renovación del deseo eficaz de volver al trabajo.


65 Que tengáis el día lleno con la vida de piedad, con la vida de trabajo. Porque el Opus Dei es operatio Dei: trabajo de Dios; y, a la vez, es una continua oración. Somos Opus Dei, porque nuestra vida, nuestra labor, es siempre oración en todas las encrucijadas de los caminos de la tierra.


66 Al ocuparse en su trabajo los hijos de Dios en su Opus Dei, procuran no sólo cumplir sino amar, que es siempre excederse gustosamente en el deber y en el sacrificio.


67 Trabajar, trabajar, trabajar con optimismo. Ése es el milagro grande que hacemos. Así ningún día es igual al siguiente, aunque hagamos todos los días lo mismo.


68 Llega un momento, hijos, en el que se cuentan los días que faltan y se siente la necesidad de dejar más labor hecha: no por soberbia, sino por Amor.

Diálogo contemplativo

69 Nuestra vida de hijos de Dios, en su Opus Dei, nos lleva a estar en medio del ajetreo del mundo y, a la vez, a recogernos como si estuviéramos en el oratorio.


70 Estar con Cristo es estar seguro. Poderse mirar en Cristo es poder ser cada día mejor. Tratar a Cristo es necesariamente amar a Cristo. Y amar a Cristo es asegurarse la felicidad.


71 Nuestra celda es la calle. Por eso, en la calle —en la oficina, en el estudio, en la cátedra, en el laboratorio, en la fábrica, en las labores del campo...— debemos vivir constantemente nuestra unión con Dios. Sólo así llevaremos nuestro ambiente —bonus odor Christi (cfr. II Cor. II, 15) — a todas las tareas de los hombres. Sólo así usaremos de los bienes de la tierra con templanza, con ascetismo sonriente. Sólo así haremos amar nuestro camino.


72 El ser contemplativos exige una oración constante; y sin ser contemplativo, no se puede perseverar en la Obra.


73 ¿Es justo que El, siendo quien es, esté constantemente pendiente de ti, y que tú, ¡siendo quien eres!, te olvides del Señor con tanta frecuencia?


74 Hemos de estar constantemente pendientes del Señor, a toda hora; de lo contrario, estorbamos en la Obra y quizá lleguemos a perder la vocación. No veáis una excusa en la enfermedad, ni en la vejez, ni en el trabajo: hemos aprovechado siempre esas circunstancias como medios de santificación. De esta manera seremos amables con todos y felices en la tierra, con la relativa felicidad que se puede alcanzar aquí abajo. Pero no nos sentiremos nunca desgraciados, aunque los nervios se rompan de pena, o se nos salten las lágrimas.


75 ¿Minucias y nimiedades a las que nada debo, de las que nada espero, ocupan mi atención más que mi Dios? ¿Con quién estoy, cuando no estoy con Dios?


76 Al sentir la responsabilidad de hacer la Obra —¡qué bonita responsabilidad!—, necesariamente hemos de apoyarnos en la oración, en ese diálogo con el Señor, que no se ha de interrumpir: sin Ti, Dios mío, nada puedo; contigo, lo puedo todo.


77 Primero, la piedad. Una persona piadosa, como consecuencia, cumple su deber: porque, cuando la piedad es sincera, lleva al trabajo, al cumplimiento gustoso del deber cotidiano. Por eso somos contemplativos, porque hay una íntima unión entre ese fondo sobrenatural interior y esas manifestaciones externas de quehacer humano.


78 Sed piadosos, esforzaos por mantener una continua presencia de Dios, y así no perderéis el sentido sobrenatural de vuestra vida: conservaréis siempre joven el amor que os movió a entregaros y el celo por las almas, que es su consecuencia necesaria. El aburguesamiento, hijas e hijos míos, la falta de celo y de vibración son una deslealtad con Dios. Y los que se aburguesan nos hacen daño: son un obstáculo para toda la labor.


79 Nuestra oración no es un juego de palabras. Ha de tener manifestaciones prácticas: mejora, un progreso en nuestra dedicación personal a Cristo, Señor Nuestro.


80 ¡Qué seguridad os tiene que dar la oración, hijos míos! Rezar, rezar es el sistema; luego, a trabajar con serenidad y alegría.


81 En estos momentos tan duros para nuestra Santa Madre la Iglesia hemos de rezar continuamente al Señor — clama, ne cesses! (Isai. LVIII, 1) — con impaciencia y con urgencia. La impaciencia santa — no los agobios, ni los nervios, ni el egoísmo — es manifestación de celo sobrenatural. Y notaremos que es santa, si — al mismo tiempo que urgimos al Señor — sentimos el reproche de que podemos y debemos vivir una entrega mayor, una oración más continua.


82 Vivid la vida cristiana con naturalidad. Reflejad a Cristo como un espejo normal, que no desfigura, que no hace una caricatura. Si tú eres normal, como ese espejo, reflejarás la vida de Cristo y la darás a los demás.


83 El Opus Dei es fruto de la oración, y sólo con oración seguirá saliendo adelante. Por eso, os insisto en que seáis muy piadosos, sin miedo a que se note. Rogad a Dios que os aumente cada día la piedad, para que sea más sincera, más honda, más recia.

Humildad de instrumentos

84 Ocultarse y desaparecer. Ciencia que el mundo no entiende. Sabiduría celestial, que es camino de felicidad en la tierra.


85 Os mando a todas partes del mundo con un complejo de seguridad —de superioridad—, porque es Dios Nuestro Señor quien quiere que hagáis esa labor. Convenceos de eso, haced la oración por vuestra cuenta con estas palabras que ahora os estoy diciendo. Pensad: yo valgo poco, yo puedo poco, yo no tengo medios. Quizá la Obra —en esa Región— no tiene medios tampoco, pero omnia possum in eo qui me confortat! (Philip. IV, 13). ¡Adelante! Adelante con una tozudez, que es santa y que se llama, en lo espiritual, perseverancia: ya veis que el complejo de superioridad nace de la humildad, de saberse nada y contar con la gracia divina.


86 Dios no quiere el mal, pero permite que nos sintamos capaces de todos los errores, para que seamos humildes. Y sólo sobre esa humildad se puede edificar la santidad cristiana.


87 Con la vida interior, especialmente con la mortificación de los sentidos y la humildad, podemos ir a donde sea.


88 ¡Cuánto cuesta vivir la humildad! Porque la soberbia muere veinticuatro horas después de haber muerto el individuo. Por eso, cuando — en contra de lo que os dice quien tiene gracia especial de Dios para aconsejaros — penséis que tenéis razón, sabed que no tenéis razón ninguna. Tened miedo a la soberbia, y acudid entonces deprisa, con el corazón contrito, a la Confesión y a la Confidencia, para que os ayuden a salir del error.


89 Si sois fieles..., si sois humildes..., seréis castos y limpios, seréis mortificados, seréis obedientes.


90 El árbol del proselitismo tiene como raíz interior la humildad. Si las raíces son débiles, el árbol se secará y no dará fruto.


91 ¿Sabéis cómo maduran las obras? Con vuestra alegría, con vuestro trabajo y con vuestro sacrificio, con vuestra oración y con vuestra humildad.


92 La conversión de tantas almas no católicas la conseguimos con la caridad. Porque la fe es una virtud sobrenatural, que Dios concede cuando se pide con amor.


93 Cuando experimento la necesidad de estar continuamente dando gracias a Dios, me pregunto: ¿cómo puede dar agua la fuente seca? Por la misericordia de Dios, y para mi confusión, la da.


94 Omnia possum in eo qui me confortat! (Philip. IV, 13): es el reconocimiento de nuestra ineficacia y del poder infinito de Dios; de nuestra poquedad y de la grandeza del Señor, por quien trabajamos; de nuestra ignorancia y de su Sabiduría; de nuestra indigencia y de las riquezas insondables que hay en Dios y que El nos entrega abundantemente.


95 El Señor quiere que los instrumentos hagan lo posible para estar bien dispuestos: has de procurar que nunca falte esa buena disposición tuya. Y de esa manera se multiplicarán a tu alrededor todas las cosas buenas, se llenarán de luz y de sal las inteligencias y las costumbres.


96 El Señor busca el instrumento inepto para que se vea que es El quien actúa. Cuando seáis viejos, veréis que Dios os ha utilizado como instrumentos —pobres y pequeños, como sois— para cosas heroicas y grandes.


97 Voluntad de Dios: que en mí se cumpla, que por mí se cumpla, que para mí se cumpla, que conmigo se cumpla, que alrededor de mí se cumpla.

La sal del sacerdocio

98 Aunque los sacerdotes sean una minoría, son la levadura, que es poca cosa comparada con la hornada de pan y, sin embargo, bien sabido es que de aquélla depende en buena parte la calidad de éste.


99 Sed, en primer lugar, sacerdotes. Después, sacerdotes. Y siempre y en todo, sólo sacerdotes.


100 Un hijo mío sacerdote que pensara en el modo de obtener éxitos en este mundo sería un desgraciado. El éxito nuestro es la entrega total, plena, al servicio de las almas. Cuando uno de verdad se ha entregado, ya tiene todos los motivos para ser feliz.


101 Hablad sólo de Dios. Referid a El todos los temas de vuestra conversación. Hablad siempre de Dios, que si sois suyos, no habrá monotonía en vuestros coloquios.


102 El sacerdote tibio: ése es el gran enemigo de la Obra. De aquí la necesidad absoluta de que los sacerdotes seamos santos.


103 El sacerdote ha de ser de continuo un crucifijo.


104 ¡Que jamás me acostumbre a ser sacerdote!


105 Llevad muchas almas al sacerdote, hasta que diga basta. Y, entonces, hacedle la corrección fraterna.


106 Cuando seáis llamados por un penitente, dejadlo todo para atenderle. Esto será vivir, más o menos, la parábola del buen pastor.


107 Recordad aquellas rencillas de los primeros cristianos: yo soy... de Pedro. Yo, de Apolo. Yo, de Pablo. Por eso estáis obligados a evitar que los hermanos a quienes dirijáis se peguen a vuestras personas, formando camarillas y partidos.

Por el contrario, tenéis obligación de fomentar en vuestros dirigidos la caridad, la verdadera fraternidad, y el respeto, el cariño y la adhesión completa a la autoridad de la Obra.

108 ¿Sacerdote de derecha, de izquierda, de centro? Ni de centro, ni de izquierda, ni de derecha: sacerdote de Dios. Sólo así será sacerdote para servir a todas las almas, y sólo así sabrá defender la libertad personal responsable de cada uno, en el orden temporal y en todo lo que el Señor ha dejado a la libre elección de los hombres.


109 Rezad por los hermanos vuestros que se ordenarán este año, para que sean espléndidos instrumentos de unidad. La unidad da eficacia. Para esto es preciso que nuestros sacerdotes sean muy alegres, muy doctos y muy santos.

Espíritu de servicio

110 Jesucristo, su Madre Santísima, la Iglesia, el Papa, el bien de todas las almas sin exclusión de ninguna, la libertad personal de todos los hombres, la Obra. Estos son nuestros amores, que nos llenan, que nos absorben, que nos preocupan. Hay que quitar del corazón el estorbo del propio yo, del egoísmo, porque la labor es inmensa.


111 Mientras esté por medio el amor de Dios, no puede haber límites en la caridad, en el servicio, en el cariño. El alma que verdaderamente ama al Señor, nunca dice ¡basta!, cuando se le presenta la ocasión de servir, sacrificando su comodidad.


112 Que agradezcáis a Nuestro Señor lo que nos da. Que ese agradecimiento se muestre por el cariño que ponéis en todas las cosas, por el empeño con que vivís vuestra entrega. Y todo esto mezclado, ungido, por la caridad.


113 La mayor parte de las contradicciones que tenemos proceden de que nos preocupamos de nosotros mismos, y nos olvidamos de los demás. El darse al servicio de los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con una humildad llena de alegría.


114 Una buena parte de la entrega es no pensar en sí mismo.


115 No somos plantas de invernadero. Hemos de estar a todos los vientos, al calor y al frío... y a la lluvia y a los ciclones.


116 Hemos de ser siempre sobrenaturalmente optimistas, también en estos momentos de confusión y de amargura, siendo leales, buscando el modo de vivir nuestra entrega sin regateos y con delicadeza. Por eso, estorbamos —y urge que rectifiquemos— si no somos almas de oración, si no trabajamos intensamente, si no nos preocupamos de los demás, si no cumplimos con abnegación nuestros encargos apostólicos, si no somos dóciles en la dirección espiritual. En una palabra, si nos queda tiempo para pensar en nosotros mismos.


117 No te enalteces — aunque pienses lo contrario —— cuando tratas de rebajar el mérito de otros. Te hundes en un abismo de vileza.


118 Cuando no te acuerdas de ti, de tus cosas, entonces haces buena labor.


119 En el Opus Dei no caben los egoístas. Poned empeño en servir de verdad a los demás. Este afán de servir irá cortando lo que, en vuestro yo, haya de superfluo, y llegaréis a ser ipse Christus. Porque Cristo, que es la plenitud de la caridad, supo empeñarse en un continuo servicio. De esta forma, los encargos, los trabajos que realizáis serán de El, y no os perderéis en pequeñeces de egoísmos personales.


120 Sentid la urgencia de ser continuamente de Dios y para Dios, con una entrega llena de alegría, con reciedumbre, con la responsabilidad propia de los padres de familia numerosa y pobre: amad a todas las almas, con afán de servicio; amad el trabajo que hemos de santificar.


121 No os hagáis necesarios nunca. Lo que sabéis, enseñadlo a otros. Y tenéis que alegraros de que vuestros hermanos sepan más que vosotros y puedan más que vosotros.


122 Tu sonrisa puede ser a veces, para ti, la mejor mortificación y aun la mejor penitencia: ese alter alterius onera pórtate (Galat. VI, 2), aquel llevar las cargas de los demás, procurando que tu ayuda pase inadvertida, sin que te alaben, sin que nadie la vea, y así no pierda el mérito delante de Dios: para que, pasando oculto como la sal, condimentes nuestra vida en familia y contribuyas a lograr que, en nuestras casas, todo sea sobrenaturalmente amable y sabroso.


123 ¡Ay de los que para subir destruyen! Perecen entre los escombros.


124 Para servir, servir. Nuestra moral no permite las sociedades de bombos mutuos, que organizan las sectas.


125 No vamos a enquistarnos en un país. Vamos a fundirnos. Si no, no va; porque lo nuestro no es hacer nacionalismo, es servir a Jesucristo y a su Iglesia santa.

Verdad y caridad

126 La verdad levanta tormentas contra sí, que desparraman su semilla a los cuatro vientos. Por eso, no tengas miedo de exponerla con claridad y con caridad. Al final, recogerás el fruto.


127 Hijo mío, ¿qué pide el Señor a todos los miembros del Opus Dei? Nos pide que seamos piadosos, con una piedad que tenga la luz de la doctrina y la sal de las obras; con una piedad que nos lleve a la unión con Dios y, como consecuencia, a la caridad con los demás.


128 El amor a las almas nos hace querer a todos los hombres, comprender, disculpar, perdonar... Debéis tener un amor que cubra todas las deficiencias de las miserias humanas. Debéis tener una caridad maravillosa: caritatem facientes in caritate (Ephes, IV, 15).


129 Qué se hace para doblegar el hierro? No se le trata en frío. Se le mete en el fuego, y allí se enciende como una brasa: luego se le dan martillazos, se forja — , y sale el rizo delicado, la forma deseada. Hijos míos, tratad así a las almas, con el fuego de la caridad y con reciedumbre.


130 Es la guerra nuestra — una guerra hermosísima de paz — siembra de amor, de disculpa, de comprensión, de convivencia.


131 Cada uno de nosotros tiene que querer mucho a su país, y comprender las ambiciones nobles de todos los demás países.


132 Nosotros queremos mucho a los que aman a Jesucristo, y queremos también mucho a los que no le aman. Pero éstos nos dan además mucha pena: por eso procuramos convivir con ellos afectuosamente, y tratarles y ayudarles: ahogar el mal en abundancia de bien.


133 Disculpad siempre. Intransigencia con la doctrina, no con las personas. Si no, no las podremos llevar a Dios.


134 Caridad siempre, con todos. No podemos colocar el error en el mismo plano que la verdad, pero — siempre guardando el orden de esta virtud cristiana: de la caridad — debemos acoger con especial comprensión a los que están en el error.

Violencia, nunca. No la comprendo, no me parece apta ni para convencer ni para vencer: un alma que recibe la fe se siente siempre victoriosa. El error se combate con la oración, con la gracia de Dios, con razonamientos desapasionados, ¡estudiando y haciendo estudiar!, y, repito, con la caridad.

Por eso, cuando alguno intentara maltratar a los equivocados, estad seguros de que sentiré el impulso interior de ponerme junto a ellos, para seguir por amor de Dios la suerte que ellos sigan.


135 Poneos siempre en las circunstancias de los demás: así veréis las cosas serenamente, no os disgustaréis nunca, o pocas veces, y comprenderéis, disculparéis, y llenaréis el mundo de caridad.


136 Cuando haya obligación de juzgar, hijos míos, hacedlo con misericordia, que así juzgaréis a lo divino. Y aunque a veces debáis juzgar con fortaleza, teniendo misericordia sabréis poner en vuestro juicio el bálsamo de la comprensión, de la disculpa, del cariño.


137 Los modernos pecadores públicos piensan encontrar una excusa, para sus herejías o para sus errores prácticos de carne o de falta grave de justicia, diciendo que los que luchan por vivir bien la ley de Dios son ¡anticuados! Olvidan que lo más antiguo es la caída. Pueden preguntar a Adán y Eva.


138 Por caridad siempre y — muchas veces — por justicia, es necesario mortificar la lengua: basta que haya una persona chismosa, para quitar la paz y la alegría de una casa o de toda una familia.


139 La lengua también es fuego, es un mundo entero de maldad (Iacob. III, 6), dice Santiago en su Epístola Católica. Quiero que lo tengáis presente, para tapar la boca del murmurador, si en nuestra familia llegara a darse alguna vez ese triste pecado, que con sólo suponerlo me entristece: porque sería origen de gran daño, destruiría nuestro espíritu — si no se corta decididamente — y arrancaría la paz y la alegría de nuestras almas.


140 La crítica positiva, cuando se hace con nobleza, es una obra muy buena, un ejercicio a veces heroico de la caridad.

Unidad

141 La eficacia, la hermosura de la Obra depende de ti y de mí. Hijos míos: todos os apoyáis en Jesucristo y unos en otros. No somos un verso suelto, somos un poema endecasílabo. No somos una fibra, somos un tejido maravilloso.


142 Uníos a la oración de todos los cristianos que han rezado, rezan y rezarán a lo largo de los siglos, y especialmente a la de vuestros hermanos: a los que tenemos ya en el Cielo, a los que se purifican en el Purgatorio y a los que están repartidos por toda la tierra, combatiendo valerosamente las batallas de paz — pequeñas o grandes — de la vida interior. Así, al celebrar la Santa Misa, además de ser Cristo y de saberme rodeado de Ángeles, me sabré también coreado por el clamor de la oración de todos mis hijos, y tendré fuerza para urgir al Señor: exaudí orationem meam, et clamor meus ad te venial! (Ps. CI, 2).


143 A mí me causa un consuelo inmenso la seguridad, tan propia de los hijos de Dios, de que nunca estamos solos, porque El siempre está con nosotros. ¿No os conmueve esta ternura de la Trinidad Beatísima, que no abandona jamás a sus criaturas? Además, como una prolongación de ese Amor del Cielo, nos sentimos arropados por la unidad maravillosa de la Obra: este vivir los unos preocupados por los otros, es un gran refuerzo para la lucha diaria.


144 Omnes erant perseverantes unanimiter in oratione (Act. I, 14). Permanecer todos unidos en la oración. Este es el único secreto del Opus Dei, éste es el origen de nuestra alegría, de nuestra paz, de nuestra serenidad y, por tanto, de nuestra eficacia sobrenatural.


145 Hijas mías, amad cada día más esta unidad bendita de la Obra, que os da una firmeza teológica; una seguridad canónica, jurídica; una maravillosa eficacia apostólica.


146 Que estéis unidos, hijos de mi alma. Vivid con unidad de oración, con unidad de fines, con unidad de trabajo, con la unidad que da el amor de Dios: ésta es nuestra eficacia.


147 En el Opus Dei no hay más que una doctrina para todos: un mismo puchero. Cada uno, según su necesidad, toma del puchero común lo que le haga falta, pero la substancia, el alimento, es siempre el mismo.


148 Debéis tener la convicción de que, de alguna manera, todas las almas de la Obra dependen de cada uno de nosotros: con tu conducta puedes ayudar o puedes hacer daño a todos. Esta responsabilidad santa te dará fortaleza, para mejorar en tu vida interior y en tu trabajo profesional.


149 Consummati in unum! (Ioann. XVII, 23). Así nos quiere el Señor: con una unidad que, sin uniformar a los hijos míos, les da la misma preocupación de pensar, querer, obrar, amar y sentir como Cristo, a través de las más diversas circunstancias de cada uno.


150 La labor de nuestra santificación personal es la santidad de toda la Obra, la santidad de nuestros hermanos y de tantas almas, y la santidad de la Iglesia de Dios.


151 Nuestro sentido de responsabilidad hace que los miembros del Opus Dei sepan conjugar siempre lo local con lo universal: de esta manera es mayor la eficacia de la Obra.


152 Cada vez que, al final del rezo de las Preces, doy la bendición, no bendigo sólo a los que me acompañan en aquel momento, sino a todas mis hijas y a todos mis hijos, esparcidos por el mundo: para que el Señor esté en vuestro corazón y en vuestros labios y en vuestro trabajo, mientras recorréis los caminos de la tierra en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

El primer proselitismo

153 La primera manifestación del proselitismo es que os ayudéis entre vosotros a perseverar y a ser santos.


154 Que os queráis de verdad... Que nadie se sienta solo: que cada uno se preocupe de los demás, para hacerles la vida —el camino de Dios en la tierra— más amable.


155 Este es el orden de la Caridad: Dios, los demás y yo.


156 Confiad en vuestros hermanos, confiad también en los talentos que Dios les ha dado, y en su amor a Dios y a la Obra. Y desconfiad un poquito de vuestro propio juicio: esto os llevará siempre a tener en cuenta la opinión de los demás, y a ser más eficaces.


157 Tened mucho cariño a todos los hermanos vuestros que han sido los primeros. ¡Respetadlos, veneradlos, atended lo que ellos os digan!


158 No hay nada que arrastre tanto como el cariño. ¡Cuántos pasajes del Evangelio nos enseñan que Cristo se deja ganar por el amor! Pues, hijos míos, ganaos a vuestros hermanos: queredlos con ese cariño que distingue, a los discípulos del Señor, de aquéllos que no lo son.


159 Si alguna vez yo viese flaquear a uno, y flaquear hasta el extremo de perder su felicidad terrena y quizá la eterna, no excusaría de pecado a los que convivieran con aquel hijo mío, porque no habrían sabido darle los medios para perseverar, medios a los que tenía derecho.


160 Pedid por el que esté más necesitado, para que la caridad sea en la Obra tal como el Señor la ha querido. Y todo por medio del Corazón Inmaculado de nuestra Madre Santa María.


161 La corrección fraterna es una necesidad. Es medicina maravillosa y tiene una razón de ser sobrenatural: que cada uno no puede conocerse bien a sí mismo, y por eso se hace necesaria la ayuda de los demás. La corrección fraterna es un buen remedio para nuestra flaqueza; un remedio eficaz, divino y humano.


162 ¡Bendita corrección fraterna! ¡Cuánto contribuye a hacer alegre y amable el camino de Dios en el mundo, saber que nos quieren, que nos dicen las cosas de verdad, a la cara — para ayudarnos a ser santos — , que sufren si sufrimos!


163 La corrección fraterna es siempre una prueba de sobrenatural cariño y de confianza: agradecedla a vuestros hermanos. ¡La corrección fraterna nos hace paladear el regusto de la primitiva cristiandad!


164 Cuando hacéis la corrección fraterna, además de vivir la caridad con vuestros hermanos, estáis amando a la Obra, porque la santificáis.


165 La Costumbre del día de guardia se desprende de la consideración de que la vida del hombre sobre la tierra es milicia. Hace falta que cada día haya alguien especialmente vigilante, que cumpla con empeño muy particular las Normas, que se esmere en pedir al Señor la santidad de todos en Casa.

Amor a la libertad

166 En el Opus Dei, cuanto más diferentes seamos unos de otros, mejor; siempre que el pequeño denominador común sea inquebrantable. Respetamos a todos y defendemos su libertad; así tenemos también derecho a defender la legítima libertad nuestra. No soy fanático ni del Opus Dei, y os pido por amor de Dios que no seáis fanáticos de nada. ¡Tened un corazón muy grande!


167 La libertad personal es, en lo humano, el don más precioso que nos ha hecho el Señor: qua libertate Christus nos liberavit (Galat. IV, 31). En lo sobrenatural, el mejor don es la gracia, esa ayuda del Espíritu Santo que habita en nuestros corazones, nos fortalece en la lucha interior y nos hace clamar: Abba!: Padre!

Agradeced al Señor continuamente, hijos míos, estos dones que son manifestación de su bondad y misericordia.


168 En la duda, por la libertad; así siempre acertaréis. La libertad sólo se puede perder por Amor; yo otra clase de esclavitud no la comprendo.


169 Al hablar de Dios, no puedo dejar de hablaros de libertad. ¡Libertad, hijos! He ido por el mundo, como Diógenes con la lámpara en la mano, buscando la libertad por todos los rincones de la tierra, y no la he encontrado en ninguna parte.


170 Soy amigo de la libertad porque es un don de Dios, porque es un derecho de la persona humana, porque, con libertad personal y responsabilidad personal, se hubieran evitado la mayor parte de los crímenes del mundo.


171 Dentro de esta gran carretera, ancha, que es el espíritu del Opus Dei, cada uno tiene su propio camino personal, que debe recorrer facilitando generosamente la acción del Espíritu Santo en su alma. Nadie puede pretender que los demás sigan sus mismos pasos: cada uno anda a su manera. Lo importante es tener el corazón en Dios, del todo y sin condiciones, no salirse de la carretera y poner empeño en ir hacia adelante.


172 Hay muchas maneras de ser santos, porque todos los cristianos estamos llamados a serlo. Dentro del Opus Dei también hay muchos modos de recorrer nuestro camino. Dios no se repite nunca: trabaja las almas una a una, como un orfebre las piedras preciosas. Y la joya de más precio es la que se ha dejado tallar, sin oponer resistencias.


173 Conviene que cada uno de vosotros sepa defender ágilmente sus ideas buenas en materias opinables, pero ha de respetar siempre la opinión contraria. Sin ese respeto por las opiniones de los demás, no podríamos comprender, disculpar, convivir. En una palabra, no podríamos llevar las almas a Dios.


174 En nuestras labores, en nuestros centros de apostolado, tened siempre bien abiertas puertas y ventanas: porque nosotros no hacemos nunca grupitos ni capillitas, ni miramos con recelo a nadie. Un alma del Opus Dei no puede tener ningún sectarismo: no podemos ser sectarios ni del Opus Dei.


175 Con el prejuicio de una mentalidad clerical — y lo mismo con el prejuicio de una formación de criterio temporal único — , es difícil que se pueda comprender la entera libertad que tenemos los hijos de Dios en su Opus Dei, para las cosas que el Señor ha dejado a la libre discusión de los hombres: porque las gentes que van con esa prevención tienen costumbre de seguir corporativamente determinadas escuelas o corrientes teológicas, filosóficas, científicas en general, sociales, políticas, etc. Y piensan que también hemos de ir, como ellos , formando grupo. Error crasísimo es éste, que desconoce una característica esencial de nuestro espíritu: en el Opus Dei, en todas esas cuestiones cada uno piensa y actúa según los dictados de su propia conciencia, libremente y con personal responsabilidad, sin jamás olvidar — in omnibus caritas! — la caridad en la convivencia con todas las almas.

Por eso pido a Dios Nuestro Señor que dé siempre a mis hijos alma sacerdotal y mentalidad laical.


176 Algunas personas, al ver que hay miembros del Opus Dei con diversas maneras de pensar en lo temporal (en el terreno político, económico, científico, cultural, etc.), han dicho — no quiero imaginar que maliciosamente — que el Opus Dei hace el doble juego.

Cuando lo supe, pensé que, de haber un juego, no sería doble, sino múltiple. Pero no se trata de un juego, sino de una cosa mucho más seria, de una noble realidad, porque lo que hacemos es algo maravilloso: defender la libertad personal de los nuestros en todo lo temporal, en todo lo que no es de fe, en todo lo que la Iglesia deja a la libre discusión de los hombres.

Por eso el Opus Dei no ha tenido, ni tiene, ni puede jamás tener, una determinada posición corporativa en esos asuntos. Y tampoco en los teológicos, cuando son opinables: desconoce la verdad y afirma un error crasísimo, tanto quien pretenda presentar nuestra Obra como progresista, como quien la presente como integrista.

Entrega del corazón

177 Hay que procurar guardar el corazón para Dios, porque el Señor es un amante celoso y quiere el corazón entero. Poned los medios: es preciso darle todo, también la carne. ¡No le vamos a ofrecer cosas de segunda mano!, lo que no se haya podido dar o no hayan querido las criaturas.

Yo, entero, soy de Cristo, por Amor. Pensadlo en vuestra meditación personal. Entiendo perfectamente el amor de Juan, que no era afeminamiento. Es necesario darle todo: alma y cuerpo, sentidos y potencias, sabiendo ser y vivir enteramente pendientes del Amor de Dios; hacerse amigo, hermano y enamorado de Cristo, ¡quererle mucho! Pongamos los medios.


178 Nuestra verdad es ésta: la entrega, amor —amor a Dios y, por El, al prójimo—fundamentado en el sacrificio.


179 El Señor os espera. No le quitéis ningún rincón de vuestro corazón. Entregadlo todo. Decidíos a ser verdaderamente piadosos, a ser verdaderamente sinceros, a ser verdaderamente almas que no viven más que por Jesucristo.


180 Desasimiento. Vuestro corazón debe estar en el Cielo. Sólo así podréis luego ponerlo, en su justa medida, en las cosas de la tierra.


181 Vuestros pensamientos, vuestros deseos, vuestro trabajo, vuestra mirada tienen que estar en los cielos: que Cristo no comparte el corazón, lo quiere entero.


182 Querría, hijas e hijos míos, que os sintierais siempre animados y santamente responsables. Cuando, en vuestra vida cristiana, algo os cueste un poco más, no os preocupe: considerad — saboreándolo — que se os ha metido Dios en el corazón, que os lo pide entero, y no perdáis la seguridad de estar haciendo la misma labor divina de aquellos primeros Doce, que acompañaron a Jesús. Así seréis muy felices.


183 Dios nos espera siempre en el Sagrario. Pero, además, ha querido bajar hasta la profundidad de nuestro corazón: para perdonarnos, para consolarnos, para llenarnos de paz. ¡No podemos sentirnos solos! Por eso, es muy importante que todo el amor de nuestras almas sea para ese Señor, que ha querido asentarse dentro de nosotros.


184 Amad mucho la santa pureza. A veces pesa; pero también les pesan las alas a los pájaros. ¿Y qué sería de ellos sin alas? Estarían siempre en la tierra, llenos de barro y de miseria. Amad mucho la santa pureza.


185 Hay que entregar el corazón indiviso, entero, porque —si no— el corazón se apega a cualquier nadería de la tierra. A mí se me apega a mis hijos; no lo oculto y creo que lo notáis, pero es algo que me lleva a Dios: ellos me empujan a ser más fiel, y yo deseo ser siempre más fiel, también por ellos.


186 Hijos míos, estamos llamados a vivir el Amor de Cristo, no los amoríos. Jesús Señor Nuestro nos ha ganado la felicidad eterna, que todos barruntamos en la tierra, y que lograremos si procuramos obrar con la caridad de Dios. Esta caridad nos hará fieles y sobrenaturalmente valientes, dentro de nuestra humana cobardía; alegres, en medio de las tristezas y de las trapisondas de este mundo; fuertes, si llegan penas —que a veces nos inventamos: no son objetivas—, porque nos enseñará a extender los brazos con Jesucristo en la Cruz. Así estaremos serenos y llenos de paz.

Obediencia

187 Donde mejor se está en el Opus Dei es obedeciendo.


188 Que los hijos míos no olviden que vienen a obedecer, que vienen a pasar inadvertidos.


189 Si os parece una barbaridad lo que os mandan, decidlo. Si os dicen que lo hagáis –no siendo una ofensa de Dios, pequeña o grande-, hacedlo.


190 Quiero remacharos la idea de que Dios os espera en el mandato que recibís: de la forma con que obedecéis, podéis deducir cuál es vuestra correspondencia a la gracia. Correspondencia, que no es contrapartida, sino un signo de amor, que nos ata más y más a Dios.


191 Un hijo de Dios, en el Opus Dei, no puede desear jamás vivir en un régimen de excepción: necesitamos vivir en el régimen que tengan los demás.


192 Bendita esclavitud de Amor, que nos hace libres. Nada más contrario a nuestro espíritu que la coacción: pero, al vivir la obediencia, debéis coger al vuelo las insinuaciones de vuestros Directores, que nunca son coacción.


193 No sólo hay que aprender a obedecer: hay que aprender a mandar. Saber mandar con todo el imperio de la autoridad –de una autoridad, que es servicio-, pero teniendo en cuenta que, quienes han de obedecer, obedecen ejercitando la inteligencia y la voluntad: como seres libres, no como cadáveres.


194 La ciencia de gobierno es, en último término, comprensión y caridad.


195 Gobernar es hacer trabajar. Y gobernar bien es hacer trabajar con orden y alegría.


196 Hijos de mi alma, tener un cargo no es vencer; dejarlo no es ser vencidos. Los cargos en la Obra se reciben con alegría, se dejan con alegría. Todo in laetitia.


197 ¡Qué propio de nuestro modo de ser es la confianza! Confianza recíproca: de los Directores en los hermanos que tienen a su cargo; y de cada uno en sus Directores, porque los que gobiernan lo hacen con la mano cariñosa y caritativa de Cristo, y por eso hemos de ver siempre en ellos al mismo Dios, Señor Nuestro.

Rectitud de intención

198 Lo que importa es ser santos a los ojos de Dios. Así tiene que ser nuestra vida. Así es nuestra vocación: vocación de santidad, pero pasando inadvertidos.


199 Muchas veces Dios permite que no gocemos del fruto de nuestro esfuerzo. A pesar de todo, hay que seguir trabajando con alegría, con amor, con perseverancia, con perfección. El resultado irá a otras almas. Nosotros, con Jesucristo, somos triunfadores siempre: somos siempre eficaces. Si hay deseos de querer agradar a Dios, nada se pierde: y la vida nuestra, incluso la más escondida, la más insignificante, lleva la fuerza de la vida de Dios.


200 Rectificar: ¡qué cosa más buena, hijos! Cuando hayáis dicho o hecho una tontería, admitid francamente, sin sentiros humillados, con sencillez y sinceridad: me equivoqué. Os quedará el corazón tranquilo, lleno de paz y de luz.


201 Os pido que no seáis nunca obstáculo en la acción de Dios. Disponeos para responder a las llamadas divinas, que meten en nuestra vida la urgencia de darnos siempre y darnos más. Si hay Amor –os digo por experiencia propia-, los medios humanos llegan, y las dificultades se superan siempre. Nunca son infecundas las obras, si de verdad se busca sólo a Dios.


202 Si queréis evitaros preocupaciones, tened rectitud de intención.


203 Rectificad la intención, cuando comprobéis la eficacia de vuestra labor apostólica, porque ese fruto se debe principalmente a la gracia de Dios y a la buena voluntad de las almas que tratáis. Cada uno de nosotros es un instrumento inútil y desproporcionado para la tarea que hemos de cumplir, pero –si procuramos mantenernos fieles en cada instante- la asistencia divina no nos faltará, y seguiremos obrando maravillas.


204 Dos hombres, cada uno con una carga pesadísima. El mismo sudor perlaba sus frentes. Uno llevaba piedras; otro, lingotes de oro.

¿Ves? Los mismos afanes y dolores – para el mal y para el bien- soportan los hombres. Pero ¡qué diferente el resultado!


205 No esperéis nunca que los hombres os agradezcan vuestro trabajo. No busquéis compensaciones humanas. Trabajad siempre por amor a Jesucristo.


206 Vivimos cara a la eternidad. Este mundo, mis hijos, se nos va de las manos. La vida de una persona es nada. Es como las flores, que nacen con el primer beso del sol, y cuando el sol muere, ya están marchitas.


207 Nuestra estancia en la tierra es como una gran comedia: una comedia divina. Estamos aquí para desempeñar cada uno un papel determinado: viviéndolo con cariño, bien hecho, en la presencia de Dios que nos contempla.

La grandeza de lo pequeño

208 Hacemos maravillas, si no perdemos la grandeza sobrenatural de las cosas pequeñas.


209 Os invito a que vayáis recogiendo durante el día – con vuestra mortificación, con actos de amor y de entrega al Señor – miligramos de oro, y polvillo de brillantes, de rubíes y de esmeraldas. Los encontraréis a vuestro paso, en las cosas pequeñas. Recogedlos, para hacer un tesoro en el Cielo, porque con miligramos de oro se reúnen al cabo del tiempo gramos y kilogramos; y con fragmentos de esas piedras preciosas lográis hacer diamantes estupendos, grandes rubíes y espléndidas esmeraldas


210 Si no vivís los detalles pequeños, habéis errado el camino.


211 Que os fijéis en lo pequeño, que estéis en los detalles. No es obsesión, no es manía. Es cariño, amor vigilante, sentido sobrenatural en todo momento, y caridad. Sed siempre fieles en las cosas pequeñas, por amor, con rectitud de intención, sin esperar en la tierra una sonrisa, ni una mirada de agradecimiento.


212 Si me preguntáis: Padre, ¿cuál es la labor más hermosa en el Opus Dei?, os diré una vez más: no lo sé. Quizá aquella que parezca menos importante es la que más vale delante de Dios, si está hecha con más amor.


213 El Señor quiere que seamos santos, y Él no pide imposibles. Por eso nos ha puesto la santidad al alcance de la mano.

Logramos la santidad si nos esforzamos por aprovechar y llevar a la práctica lo que oímos en el Círculo Breve; si procuramos acabar bien, con delicadeza, nuestro trabajo; si preparamos con responsabilidad nuestras charlas y conversaciones, con el fin de llevar la buena doctrina y el amor de Dios a las almas. Y así en todo, en el pequeño quehacer de cada momento, siempre de cara a Dios.


214 Con generosidad, con reciedumbre, con amor para estar en los detalles.


215 Hijos míos, nuestra vida diaria, vivida con fidelidad, es una vida heroica.


216 Os he enseñado siempre a encontrar ocasiones de penitencia y de mortificación en lo ordinario de cada día. Ahora os sugiero tres puntos muy concretos: el vencimiento que supone, a veces, el cultivo constante de las virtudes humanas; el afán por buscar y fomentar, entre todos sin distinción, una convivencia afectuosa; el empeño para que no falte nunca una sonrisa y una palabra de cariño, que haga más amable a todos el esfuerzo diario por servir generosamente a Dios en las almas.


217 En vuestra vida toda no deseéis cosas extraordinarias: nada hay más extraordinario que la Providencia ordinaria de nuestro Padre Dios.


218 La vida ordinaria es esto: pequeñas cosas, una serie de actos de virtud pequeños. Ésa es la santidad nuestra, que se logra sin inventarnos cosas raras, a fuerza de actos de amor.


219 Lo extraordinario nuestro es lo ordinario: lo ordinario hecho con perfección. Sonreír siempre, pasando por alto –también con elegancia humana- las cosas que molestan, que fastidian. Ser generosos sin tasa. En una palabra: hacer de nuestra vida entera una continuada oración.


220 Cuando me hablabas de esos amigos tuyos, te encarecí: que tengan un ideal grande. No está reñido con el primor que has de poner en lo pequeño. Porque cuando te digo que te venzas en las cosas pequeñas, es porque supongo en ti este ideal grande, que lo abarca y lo llena todo.

Confianza en Dios

221 Descansad, hijos, en la filiación divina. Dios es un Padre, lleno de ternura, de infinito amor. Llamadle Padre muchas veces, y decidle – a solas – que le queréis, que le queréis muchísimo: que sentís el orgullo y la fuerza de ser hijos suyos.


222 Llenaos de seguridad, de fortaleza en la fe, de alegría. Fortes in fide! (I Petr. V, 9). Contentos, tranquilos, serenos, optimistas pase lo que pase, porque el Señor no pierde batallas. Pero, para eso, Jesucristo necesita nuestra colaboración: quiere nuestra fidelidad, y quiere nuestro arrepentimiento cuando no hayamos sabido ser fieles.


223 La fe es un don de Dios. Podemos destruirla, pero no podemos alcanzarla con nuestras propias fuerzas: hay que pedirla con humildad. Y no olvidéis que, detrás de la duda teórica, viene la mala conducta práctica: y al revés. Roguemos al Señor que nos aumente la fe: adauge nobis fidem! (Luc. XVII, 5). Para que, con nuestra fe, aseguremos la de los demás.


224 Hemos de estar vigilantes, para no vacilar en estos momentos de confusión. Con sentido sobrenatural, todo nos llevará a amar más a la Iglesia, a sentirnos parte del Cuerpo Místico de Cristo. Nos dolerán los golpes y las heridas que este Cuerpo pueda recibir. Pero no perdemos el sentido positivo y optimista que nos da la fe, porque Dios no pierde batallas: y el optimismo no nos abandonará a lo largo de este camino que hemos de recorrer hasta que Él venga a recogernos en su misericordia infinita, para que nunca más nos separemos de su lado.


225 Si alguna vez oís hablar contra la Iglesia, no lo toleréis. La Iglesia es Santa, no tiene mancha ni arruga, porque es la Esposa de Jesucristo. Somos los hombres los culpables de lo que sucede: por la ignorancia religiosa, por el afán de novedades, por la manga ancha en problemas de moral y de vida cristina.

¿Qué haremos tú y yo, además de estar serenos?. Desagraviar, ser almas de oración y de sacrificio, procurar cumplir nuestros deberes, y convencernos de que el final de todo esto se acerca, como después de la noche vienen el alba y la luz del sol, espléndida.


226 No te preocupes, si tu labor ahora parece estéril. Cuando la siembra es de santidad, no se pierde. Otros recogerán el fruto.


227 Hemos de ver las cosas con paciencia. No son como queremos, sino como vienen por providencia de Dios: hemos de recibirlas con alegría, sean como sean. Si vemos a Dios detrás de cada cosa, estaremos siempre contentos, siempre serenos, Y de ese modo manifestaremos que nuestra vida es contemplativa, sin perder nunca los nervios.


228 Con santidad y con buen humor y con esfuerzo – porque hay que dar la vida – todo sale.


229 Condiciones para la eficacia de nuestra petición al Señor: hemos de pedir con fe; hemos de pedir con un mismo querer, unánimemente; hemos de pedir con humildad y perseverancia; hemos de pedir seguros de que el Señor nos lo concederá.


230 Nunca tenemos fracasos. En la enfermedad, en el dolor, en la derrota aparente seremos vencedores, alegres, si somos humildes.


231 Teniendo el espíritu del Opus Dei, seréis siempre muy serenos.


232 Nada de lo que hacemos los pobrecitos hombres se pierde, cuando de verdad buscamos servir al Señor. Si ponemos un empeño constante por ser fieles y ayudar a las almas, escucharemos la voz segura de la Providencia: no temáis. Yo os daré el incremento. Si habéis trabajado con generosidad, si habéis rezado de verdad, esa promesa no puede fallar, aunque quizá no veamos el fruto inmediato en el apostolado.


233 Nosotros no nos morimos: cambiamos de casa. ¡Qué alegría da esa inmortalidad!


234 Una consideración que te dará paz en medio de las contradicciones: estoy en manos de Dios, no en las de mis enemigos. In te Domine speravi!

Amor a la Cruz

235 Tenéis que ser abnegados, amar el sacrificio, la Cruz santa con la cual – un catorce de febrero – quiso el Señor coronar el edificio del Opus Dei, para que se viese una vez más que la Obra era suya.


236 El amor gustoso, que hace feliz al alma, está fundamentado en el dolor, en el deber, en la alegría de ir a contrapelo.


237 En el Opus Dei no hacemos las cosas porque tenemos ganas de hacerlas, sino porque hay que hacerlas. Y cuando las hacemos, las hacemos por amor de Dios, con garbo y con alegría.


238 Cuando vengan contradicciones, estad seguros de que son una prueba del amor de Padre que el Señor nos tiene. ¡Siempre seguros!


239 Tenemos esta pobre carne y, a veces, ¡cómo cuesta seguir los jalones del camino! Pero incluso cuando se siente desgana, no hay que dejarlos.


240 La mortificación ha de ser continua, como el latir del corazón: así tendremos el señorío sobre nosotros mismos, y sabremos vivir con los demás la caridad de Jesucristo.


241 Hay que echar astillas de cruz para avivar la hoguera del amor.


242 Aunque hayáis entregado mucho, no habéis cumplido totalmente el sacrificio: podéis aún levantar más en alto la Cruz. Yo os puedo asegurar que en estos años de sufrimiento gustoso, aunque el cuerpo se fatigue, he llegado a la seguridad de que la Cruz la lleva Jesucristo: y que nuestra participación en su dolor nos llena de consuelo y de alegría.


243 Una abeja es poca cosa, pero muchas juntas elaboran una miel maravillosa. En nuestra alma, las contrariedades hacen algo parecido a la labor de esos pequeños insectos: a veces se nos clavan y duelen; pero, si las aceptamos por amor de Dios, se vuelven dulces y son un tesoro espléndido.


244 Todas las cosas que ahora os hagan sufrir, os parecerán más tarde como pinceladas divinas, contrastes de luces y sombras que harán resaltar más la hermosura sobrenatural de nuestra Obra.


245 Vienen las flores, vienen las espinas y vienen los frutos cuajados.


246 Cuaresma: parece que la Iglesia entera se pone de rodillas.


247 La cruz de palo de nuestros oratorios nos ayuda a ser generosos. Es una cruz vacía que invita a clavarnos en ella gustosamente, con el ejercicio generoso de las virtudes. En una palabra, con el amor.

Comenzar y recomenzar

248. La vida del cristiano está hecha de renuncias y de afirmaciones. La vida del cristiano es comenzar y recomenzar. La vida mía, y la vuestra, es hacer todos los días, muchas veces, el papel de hijo pródigo.


249 El Evangelio nos habla de un hombre, Nicodemo, ya mayor, al que el Señor dice que tiene que renacer. Hijos míos: insisto, una vez más, en que también nosotros hemos de renacer muchas veces en la vida. No nos convertimos una sola vez: son conversiones sucesivas las que nos van acercando a Nuestro Señor. Renacemos, al comenzar de nuevo la lucha, siempre que haga falta.


250 Quiero que vosotros y yo no perdemos de vista que en la vida interior es necesario luchar sin desánimo: que no nos desalentemos, cuando – al intentar servir a Dios – no una vez sino muchas, tengamos que rectificar.


251 Mientras hay lucha, lucha ascética, hay vida interior. Y eso es lo que nos pide Dios: esta voluntad de amarle con obras.


252 El navegador toma a diario su meridiana para saber dónde se encuentra. ¿Cómo quieres tú andar por camino recto, si vas dando tumbos y te descuidas en investigar, con la ayuda de la gracia, si avanzas o retrocedes?


253 El examen diario es el amigo que nos despierta cuando la laxitud del sueño nos vence. Es la garantía y la tranquilidad en nuestra obligada vigilia. Acudamos a él con valentía.


254 El Señor está en la Cruz, diciendo: Yo padezco para que mis hijos y hermanos los hombres sean felices. Y no sólo en el Cielo; también, en lo posible, en la tierra: si acatan su Santísima Voluntad.


255 Llevo cuarenta años tocando con las manos las delicadezas de Dios y, sin embargo, luchar me supone esfuerzo. Por eso, hijos, no os extrañéis si encontráis obstáculos. Unas veces – las menos – quizá serán de gran categoría, aunque no la tengan. En los dos casos, hijos míos, es la hora de seguir adelante, de repetir a nuestro Padre Dios: ¿Tú lo quieres? Pues... yo también lo quiero.


256 ¿Verdad que un frasco de buen perfume, aun cuando esté cerrado, da su olor al ambiente? Siendo fieles sentiréis –también en los momentos más duros– aromas de cielo. Y nada os podrá quitar, si hay sinceridad y lucha, el gaudium cum pace.

Dolor de amor

257 Una manifestación de nuestra vida interior es ésta: que, después de cada error práctico, viene al corazón y a veces a los labios, el acto de amor, el acto de contrición, el deseo de reencaminarse, con la rapidez con que la sangre acude a la herida.


258 Una de las mejores devociones es confesarse bien y hacer con frecuencia actos de contrición.


259 Amad el Santo Sacramento de la Penitencia. Preparad vuestra Confesión semanal, y hacedla con mucha delicadeza. A mí me da tanta alegría acudir a este medio de la gracia, porque sé que el Señor me perdona y me llena de fortaleza. Y estoy persuadido de que, con la práctica piadosa de la Confesión sacramental, se aprende a tener más dolor y, por tanto, más amor.


260 El espíritu de penitencia está principalmente en recoger esas flores humildes que encontramos cada día en el camino –actos de amor y de contrición, pequeñas mortificaciones-, y formar un ramillete al final del día: un hermoso ramillete para ofrecérselo a Dios.


261 A veces, sale el hombre viejo que llevamos dentro. Casi siempre son pequeñas cosas, pero aunque fuera una cosa grandísima, habla, pide perdón y sigue adelante.


262 Fidelidad: y cuando por debilidad humana flaqueamos, un buen acto de contrición y ¡adelante!, más santos que nunca.


263 Hijos de mi alma, cuando tengáis mi edad, os daréis cuenta de que, durante toda nuestra vida, estamos haciendo el oficio del hijo pródigo: parece que nos alejamos de Dios y no es así. Volvemos siempre con más amor.

Vibración apostólica

264 El apostolado es como el cariño: siempre puede crecer. Yo os quiero con toda mi alma, pero me doy cuenta de que cada día os amo más. Y lo mismo me sucede con Dios nuestro Señor. ¡Siempre es posible vibrar más, moverse más, tener mayor afán de almas!


265 No dejéis de ser apostólicos por respetos humanos, por cobardía. Sed… imprudentes: para ejercitar la prudencia, ya estoy yo.


266 El que pueda hacer como diez, tiene que hacer como quince. En la guerra como en la guerra.


267 Tenéis en vuestras manos el espíritu del Opus Dei: una riqueza divina, que habéis de amar, custodiar y transmitir. Si de verdad sois fieles, seréis proselitistas: el proselitismo es muestra clara de amor a la Obra, la mejor manera de conservar este tesoro sobrenatural y de hacerlo fructificar en otras almas.


268 Poned en vuestro corazón y en nuestra vida, la necesidad absoluta de una abundante labor de San Rafael y de San Gabriel, indispensables para la vitalidad, el desarrollo y la eficacia de nuestra Obra.


269 Os he hablado muchas veces de la obra de San Rafael, y hablar de la Obra de San Rafael es hablar de toda la labor, porque también os he hecho considerar que en nuestra tarea apostólica no se puede hacer como en un laboratorio: sacar una fibra, y decir: ¡ésta es la obra de San Rafael!… No; tiene que ser un solo tejido. Si hay obra de San Rafael, hay obra de San Gabriel y hay todo tipo de vocaciones para nuestra familia y, por tanto, hay obra de San Miguel y obras corporativas.


270 Está en las entrañas de nuestro espíritu la dirección de las almas. Que todos los de Casa colaboren, llevando a los jóvenes a nuestros sacerdotes, es labor hermosísima; sacrificada, sin brillo; pero muy grata a Dios y muy fecunda. Con esa labor de dirección espiritual de jóvenes se comenzó y se hizo la Obra: y con esa labor principalmente hay que darle continuidad. ¡Qué alegría siento en mi corazón de sacerdote cuando sé que unos y otros ponéis empeño en esa labor sacerdotal!


271 Afán de proselitismo. ¡Quemad lo que esté alrededor vuestro! Y quemas también lo lejano, mediante la oración, el sacrificio y el cumplimiento sonriente del deber.

Con el Amor de Dios, todo está cerca y dispuesto a ser hoguera: luz, calor, caridad.


272 Proselitismo: alegría bendita de llevar a otros hasta las fuentes de la Verdad y del Bien.


273 Nuestra vida es la calle: nuestra celda es la calle: nosotros debemos sentirnos incómodos, cuando no estamos –sal y luz de Cristo- en medio de la gente.


274 Llevad a Cristo en los labios y en el corazón: así ganaréis voaciones, así pescaréis como Simón y los hijos de Zebedeo piscium multitudinem copiosam (Luc. V, 6), un crecido número de almas.


275 No tengáis nunca miedo a hablar de Dios. Hemos de meter a Cristo en la vida de las personas que nos rodean: con picardía, con nuestra oración, con buen humor, con pequeñas mortificaciones, con el buen ejemplo, ¡con simpatía!, con el prestigio profesional, con el trabajo santificado.


276 Nuestra vocación no está ligada a una casa ni a un trabajo. Nos espera el mundo entero y tenemos que llegar a todas las actividades.


277 En el Opus Dei, hijos, no caben los egoístas: pero los demás, sí. Sólo que no hay que forzar a la gente, ni facilitarles demasiado la entrada. Se les fuerza con la oración, con el ejemplo y con la mortificación que por ellos se ofrece. Es Jesucristo quien fuerza los corazones con su gracia: porque, a pesar de las herejías y del ataque de los enemigos de la Iglesia, quiere seguir viviendo en el corazón de los hombres.


278 De la semilla que habéis de sembrar en tantos sitios nacerán frutos abundantes; y sentiréis en vuestras almas el pasmo de las cosas grandes, porque el fruto no será proporcionado a los medios que empleamos, que son pequeños.


279 ¿Adónde llegará la cadena, si cada eslabón busca otro en el que prolongarse? Rodeará al mundo y acabará por someterlo a Cristo.

Sinceros

280 ¡Sed muy sinceros! Y cuando tengáis una cosa que no quisierais que se supiera, decidla inmediatamente –¡corriendo!- a vuestros Directores.


281 Sinceros, sencillos: contad lo que os produce cansancio, sufrimiento, preocupación, lo que os quita la paz. Si abrís el corazón, Nuestro Señor lo ilumina con su gracia, lo enriquece con la fuerza vital y operativa del Espíritu Santo.


282 Tranquilos, siempre; serenos, siempre. Pase lo que pasa, si somos sinceros, las heridas no destruyen la salud espiritual, sino que la perfeccionan, la preparan, la inmunizan contra otra herida igual, y aun mayor, o de otra clase.


283 Sed sinceros, sed sencillos, sed claros, sed objetivos. ¡Lo malo no es ver la enfermedad! Verla es un gran paso para el bien, para la curación.


284 La marcha colectiva del Opus Dei tan sencilla y tan clara, da la tónica para nuestra vida espiritual personal: sencillez, sin complicaciones: que esta vida para nosotros es un deporte sobrenatural lleno de alegría, de juventud, de luz…


285 Vergüenza, sólo para ofender a Dios. Pero si algo que no va ocurriese alguna vez, ¡a decirlo corriendo, a enseñar la llaga, y a decir las características del mal! De esa manera os será fácil perseverar.


286 Un enfermo que no expone sinceramente al médico los síntomas de su enfermedad, es difícil que pueda recuperar la salud: lo más probable es que se agrave e incluso se muera. Lo mismo sucede en la vida espiritual, donde de alguna manera todos tenemos enfermedades que curar: si no se habla con claridad, se puede perder la vocación y aun el alma.

Amad esa charla fraterna: con sentido sobrenatural, abrid el corazón, sed muy sinceros y manifestadlo todo. Estad prevenidos: el demonio mudo quita la vergüenza para que nos apartemos de Dios, y la restituye –aumentada- para impedir que volvamos al Señor.


287 Cualquiera que sea quien reciba la Confidencia, siempre es el mismo Padre vuestro quien la recibe.


288 En la dirección espiritual hemos de ser sobrenaturales. Pero yo pido cada día al Señor que, también y siempre, seamos humanos.


289 Si sois sinceros, seréis fieles; y vale la pena.

Alegres

290 ¿Una virtud más, hijos míos? La alegría. Alegres siempre. A pesar de todo, alegres. El Opus Dei me ha costado sangre y lágrimas, pero he sido siempre feliz. Fieles. Sed fieles. Si lo sois, seréis felices.


291 No amarguéis vuestra alegría, dando pábulo a la imaginación. Cada día trae su pena. Las desgracias más terribles son aquellas que no llegan jamás.


292 Tenemos una gran receta para ser eficaces: la santidad personal… y el buen humor. ¡Qué estén tristes los que no son hijos de Dios!


293 Hemos de vivir con garbo nuestra vida de almas entregadas: que no falte la gracia humana al corresponder a la gracia divina.


294 Perder el buen humor es una cosa grave. Buen humor hasta en el momento de la muerte.


295 La alegría es uno de los medios que nos da Dios para hacer el bien, porque el Señor se sirve de la alegría y de la serenidad de mis hijas y de mis hijos. Cuando algunas almas se desesperan, ellos saben estar serenos y pueden ayudarles.


296 ¿Razones para vivir la alegría? Sentirnos hijos de Dios; hijos, además, de la Madre del Cielo. Y no entristecernos por nuestros propios errores, que hemos de procurar corregir, luchando humildemente; sin entristecernos tampoco por los errores de los demás, puesto que –con el ejemplo y con la oración- les ayudaremos a vencer en la lucha ascética.


297 Una consecuencia inmediata del trato con el Señor es que todos en el Opus Dei estamos contentos, de buen humor.

Por eso, si alguna vez a uno de mis hijos le falta esta alegría sobrenatural, tiene que preparar una clara Confidencia. Es preciso que nos ayuden a hacer un buen examen y a rectificar. Cuando un reloj no va bien, se limpia todo, pieza a pieza, se ajusta, se deja en observación. Porque no interesa sólo que ande: interesa que no adelante y que no atrase.

Dejad con confianza que apliquen todos los remedios oportunos: ¡cada uno de nosotros ha de seguir el ritmo de Dios!


298 Ese gaudium cum pace, que pedimos cada día a Nuestro Señor al terminar de rezar nuestras preces, no debe estar sólo en nuestra boca, sino en nuestras obras y en nuestro corazón.


299 No me perdáis la paz nunca: paz in bello!


300 Nuestro camino es de alegría, de fidelidad amorosa al servicio de Dios. Fidelidad y alegría que son consecuencia del cumplimiento del deber.


301 Adelante, con alegría, con esfuerzo. Nadie nos parará en el mundo. Todo es bueno, para los que aman a Dios; en la vida todo se puede arreglar, todo menos la muerte, y para nosotros la muerte es Vida.


302 Tenemos que estar muy contentos porque las cosas saldrán. Han salido siempre. A veces, aun poniendo obstáculos nosotros, con nuestras faltas de fidelidad.


303 Adelante, sin preocupaciones de incomprensiones –que desaparecerán con el tiempo- y de falta de visión en algunas personas que debieran tenerla: serenidad, caridad y, en lo humano, saber callar con una sonrisa elegante.


304 Que estéis siempre serenos, llenos de paz y alegría in Domino; porque todo se supera, cuando de veras se quiere servir solamente a la Iglesia y a las almas.


305 Yo quiero dar a mis hijos el secreto de la felicidad. En el Opus Dei tenemos que ser alegres, felices, y esto se consigue siendo fieles. Fieles también en los mínimos detalles de nuestra vida interior, con docilidad para ser sinceros y obedecer. Así seréis felices.


306 Me pedís una consigna para el año que va a comenzar, y os doy la de siempre: gracia de Dios y buen humor.

Fieles

307 Creo… es una palabra que digo pocas veces. Yo creo en pocas cosas, en lo justo, pero con toda el alma. Y entre las cosas en que creo, creo en vuestra fidelidad, en vuestra lucha, en vuestros altibajos… siempre de cara a Dios. En mí, no creo nada. Creo en vosotros, que sois uno de los motivos de mi felicidad. No el principal, porque el principal es mi amor a Jesucristo, al Padre, al Espíritu Santo y a Santa María.


308 Cuando me acuerdo de vosotros, de cada uno de vosotros –cada día-, pienso que sois Opus Dei y se me rompe el corazón de gozo, en acción de gracias: porque sé que vais a ser fieles.


309 ¿Y pensar que por vuestra infidelidad y la mía podría hacerse menos eficaz la labor?


310 ¡Sed fieles! Lo sois, hijos míos. Os lo digo para dentro de veinte, de treinta, de cuarenta años. Hijos míos, sed fieles, sed fieles, que es ser felices, alegres y eficaces.


311 Si tú y yo somos fieles, ¡qué lejos podemos llegar cada uno de nosotros!


312 Estoy seguro de que estos cinco años serán fecundísimos, si sois fieles. Y para ser fieles, basta cumplir Nuestras Normas*.

(*) Al clausurarse el Congreso General de la Sección femenina.


313 Para ser fieles, tenéis la gracia de Dios y la ayuda soberana de la llamada, de la vocación. ¿Qué pensaríais vosotros de una persona que os dijera: me tienes a tus órdenes? Le estaríais reconocidos. Pues esto es lo que hemos hecho nosotros con el señor: ponernos a su servicio. Y Dios, hijos de mi alma, no se deja ganar en generosidad, y concede la fidelidad a quien se le rinde.


314 Si sois fieles, podéis llamaros vencedores. En vuestra vida no conoceréis derrotas. No existen los fracasos, si se obra con rectitud de intención y queriendo cumplir la Voluntad de Dios. Con éxito o sin él hemos triunfado, porque hemos hecho el trabajo por Amor.


315 ¿Sabéis qué se entiende comúnmente por lealtad, no sólo en la vida militar, sino también en la civil? Pues poneos en la presencia de Dios, y pensad lo que significa ser leales sobrenaturalmente. La perseverancia, hijos, es lealtad con el Señor.


316 Hijos: inculcad en los corazones y en las cabezas de todos un espíritu de lealtad –que es fina caridad de Cristo- que es casi desconocido entre los hombres, aún entre aquellos que se llaman cristianos. Ya veo que vosotros vivís impregnados de este espíritu, pero hay que ponerlo en el primer plano –como virtud humana y como virtud sobrenatural- al formar a los jóvenes de la Obra.


317 Sed fieles: sed leales, leales, leales. En la vida civil se dice así: leales. Pedidle al Señor que yo sea bueno y fiel, bueno y fiel: leal. Yo lo pido también al Señor para vosotros.


318 La fidelidad en lo humano se llama lealtad: que seáis leales. Por encima de los obstáculos, por encima de la contrariedad, por encima de las circunstancias de enfermedad o de salud. Haréis una labor formidable a base de fidelidad y lealtad.


319 ¡Comprometidos! ¡Cómo me gusta esta palabra! Nos obligamos –libremente- a vivir dedicados al señor por entero, queriendo que Él domine, de modo soberano y completo, nuestro ser. Puede costar trabajo ese “compromiso”, pero incluso entonces la fidelidad es una obligación gustosa, que no hemos de eludir, aunque exija dejar la vida, aunque suponga sacrificio y esfuerzo. Porque Dios nos necesita fieles.


320 Perseveraréis, si sois piadosos, si rezáis jaculatorias, si estáis pendientes del señor. La vida interior, la piedad, es necesaria para la perseverancia: seréis piadosos, si tratáis al Corazón de Cristo y al Corazón de nuestra Madre con una oración continua.


321 Si sois fieles, cuando pasen unos cuantos años, cuando seáis viejos, sentiréis una ternura paternal por la gente joven que tengáis a vuestro alrededor, porque vuestro sí habrá sido fecundo con la gracia de Dios.


322 Siente la responsabilidad de tu misión: te está contemplando desde el cielo entero.


323 Siéntete responsable del garbo, de la gracia humana de la Obra, que dependerá en buena parte de ti, y de los que vengan detrás.


324 ¿No os da alegría comprobar que la fidelidad en buena parte de nosotros? Yo me entusiasmo pensando que Dios me ama, y que ha querido que su Obra dependa también de mi correspondencia. Y me da gozo poder decirle, libremente: Señor, yo también te quiero; cuenta con mi poquedad.


325 Diles que amen de verdad a la Santísima Virgen, y que procuren imitarla: que la traten. Como siempre, diles también de mi parte que no se compliquen la vida por pequeñeces sin categoría, que hay que olvidar inmediatamente, después de ofrecérselas alegremente al Señor. Y así serán sencillos, humildes, optimistas, eficaces: almas de oración y de sacrificio, según el espíritu de nuestra Obra.

Nuestra Madre

326 La piedad se mejora con el ejercicio. Siendo piadosos, cada día seréis más piadosos, siendo devotos de la Virgen, tendréis cada día una devoción más intensa. Se aprende a tener una verdadera piedad, una verdadera devoción a la Virgen, comenzando a tenerle devoción.

Haced ese amor más sobrenatural: no vayáis a la Virgen solamente a pedir. Id también a dar: a darle afecto, a darle amor para su Hijo divino, a manifestar ese afecto con obras de servicio al tratar a los demás.


327 Nuestro Opus Dei nació y se ha desarrollado bajo el mando de Nuestra Señora. Por eso son tantas las costumbres marianas, que empapan la vida diaria de los hijos de Dios en esta Obra de Dios.

Pensad cuál habrá sido mi alegría, al ver consagrado, por el Romano Pontífice, este año 1954 a la Santísima Virgen.

Nosotros responderemos a los deseos del Papa, renovando con más amor – si fuera posible – nuestras prácticas de piedad a María Santísima. Y además imponiéndonos, especialmente en este año, el deber de propagar la devoción del rezo del Santo Rosario, y haciendo de la manera acostumbrada, tres romerías a santuarios de la Virgen: una dentro del mes de febrero, otra en mayo y la última en octubre.

Que nuestra Madre Inmaculada sea siempre nuestra alegría y nuestra luz *.

(*) Al comenzar el año mariano de la Iglesia universal, en 1954.


328 Invoquemos a Nuestra Señora la Virgen. Que esa Madre buena, que es tan poderosa ante su Hijo, se acuerde de nosotros: Monstra te esse Matrem!


329 El rezo del Santo Rosario, con la consideración de los misterios, la repetición del Padrenuestro y del Avemaría, las alabanzas a la Beatísima Trinidad y la constante invocación a la Madre de Dios, es un continuo acto de fe, de esperanza y amor, de adoración y reparación.


330 Os he enseñado a aprovechar las distracciones en la oración para seguir hablando con Dios: en el rezo de Santo Rosario, haced lo mismo.

Si os distraéis a pesar de vuestra buena voluntad, no os importe: seguid rezando, que ese rezo es como el sonido de la guitarra de un enamorado que está de ronda. Aunque el pensamiento se escape a otro sitio, vuestro buen deseo y vuestra oración vocal estarán allí presentes, delante del Señor y de su Madre, en una canción de amor.


331 Cuando considero los misterios gozosos del Santo Rosario, y también en otros momentos del día, me fijo en José casi sin darme cuenta. No separéis a San José de la Virgen Santísima; y así, con los dos, llegaréis hasta Jesús, aprenderéis a amar la Voluntad santísima de Dios, cueste lo que cueste, y os desprenderéis más y más de las pequeñas ataduras que hasta entonces no habíais quizás descubierto.


332 Hijas e hijos míos queridísimos: os habréis preguntado por qué voy, en estos últimos años, de un santuario de la Santísima Virgen a otro, en una continua peregrinación a través de muchos países, que me da además ocasión de agradecer al Señor el poder conocer a miles de hijas e hijos suyos en el Opus Dei.

¿Qué pide el Padre? Pues el Padre pide a los pies nuestra Madre Santa María, omnipotencia suplicante por la paz del mundo, por la santidad de la Iglesia, de la Obra y de cada uno de sus hijas y de sus hijos.

Rogad, bien unidos a mi oración y, de modo particular, a las intenciones de mi Misa: así viviréis esta bendita unidad de la Obra entera, y os sentiréis fortalecidos para continuar, en cada momento con más amor y sacrificio, nuestra maravillosa siembra de paz y de alegría a lo largo y a lo ancho del mundo.


333 Invocad a la santísima Virgen; no dejéis de pedirle que se muestre siempre Madre nuestra –monstra te esse Matrem! – y que nos dé, con la gracia de su Hijo, claridad de buena doctrina en la inteligencia y amor y pureza en el corazón, con el fin de que sepamos ir a Dios y llevarle muchas almas.


334 Madre buena, Santa María, enséñanos a oír en lo hondo del corazón, como un reproche cariñoso tuyo, siempre que sea menester, que el tiempo no es nuestro, porque es del Padre del cielo.


335 Ecce Ancilla. Por amor a Nuestra Señora y por recordar este poder de mi Madre del Cielo, que con unas palabras hizo posible la Redención, yo he puesto en la boca de mis hijas constantemente: Sancta Maria, Spes nostra, Ancilla Domini. Porque si te sientes esclava de Dios, sierva de Dios, tendrás el espíritu de tu Madre del Cielo, tendrás amor a la gracia de Dios: tendrás la ambición de hacer cosas grandes en la tierra, a fuerza de cosas pequeñas.


336 A San José, nuestro Padre y Señor, venimos especialmente encomendando cosas de grandísimo interés. Durante el mes de mayo, al hacer la romería con María y José, vayamos a Jesús: y veréis cómo nuestros deseos serán pronto realidad.


337 Me gustaría que, en recuerdo de la consagración del Opus Dei a nuestra Madre Santísima, y con el fin de lograr que haya de continuo almas que pidan a Santa María su protección, para las dos Secciones de nuestra Obra, salga de nuestros corazones muchas veces al día este grito: Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum!*.

(*) Con ocasión del viaje a Loreto, el 15 de agosto de 1951, para consagrar el Opus Dei al Corazón Dulcísimo de Maria.


Apud Collegii Romani Sanctae Crucis, 1996