AD MENTEM PATRIS (Según la mente del Padre)

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Por Heraldo, 20/03/2013


La suplantación de la conciencia por la conciencia “escrivariana”

Con ocasión de los 10 años de mi dies natalis deseo celebrar con mis amigos de opuslibros con algunas reflexiones. La primera de ellas es precisamente que estos 10 últimos años han sido maravillosos y los considero mi verdadera vida. Doy gracias a Dios de haber tenido la oportunidad de vivirlos y no haber quedado atrapado en el Opus Dei durante toda mi existencia terrenal. Como es bien sabido, algo que nos identifica y constituye como seres humanos es la conciencia moral, el sentido del deber, el juicio interior que discierne lo que debo hacer y lo que debo evitar en cada momento de mi vida. Ese juicio interior acompaña a cada ser humano durante toda su existencia consciente. Se repite en la vida de cada uno el diálogo interior descrito por Gollum, el curioso hombrecillo del Señor de los Anillos, que habla consigo mismo como si existieran dos Gollums, uno bueno y otro malo, uno que basa sus pensamientos en su avaricia, envidias y rencores, y el otro que piensa desde la sencillez de un sentimiento espontáneo noble y bueno.

Con el pasar de estos últimos años me he percatado que cuando estuve en la Obra, el lugar del Gollum bueno lo había ocupado por completo una conciencia institucional. A esa conciencia se le puede llamar conciencia escrivariana, en atención a su creador y origen. En lugar de razonar, medir y valorar mis actos desde la espontaneidad de una conciencia moral propia y original, lo hacía desde mi carácter de miembro numerario. No estoy diciendo nada con lo que no estén de acuerdo los miembros de la Obra, pues, en efecto, se nos instaba a razonar y conformar nuestros actos ad mentem patris, es decir, de acuerdo con la mente y el criterio de actuación de Escrivá, haciendo a un lado el criterio propio. No se nos decía que pensáramos como actuaría Jesucristo, sino como actuaría Escrivá. Y la observación es importante porque ambos criterios apuntan en direcciones divergentes. Quien conoce mínimamente los Evangelios sabe que Jesucristo actuaba guiado ante todo por el amor a la persona que tenía delante, mientras que la conciencia escrivariana nos lleva a actuar siempre en beneficio de la Obra-institución, aún a costa de la persona.

Para algunos autores cristianos, la voz de la conciencia equivale a Dios mismo en el interior del corazón humano, el cual, en nuestra existencia numeraril, vino a ser sustituido o identificado con su espíritu institucional. El lugar de la conciencia lo invade el Opus Dei. Y en ese momento dejo de vivir mi misma vida y comienzo a vivir la vida de un Ente Trascendental (aquí le llamamos la Cosa, el Lado Oscuro, etc.) cuyo único correlato real es una institución. Entonces, no es que el Opus Dei me ayude en mi vida como ser humano y como cristiano, ofreciéndome una formación que posibilite la autenticidad y la rectitud de mi conciencia. No. El Opus Dei, su espíritu, se posesiona de tal modo de la propia conciencia que se constituye en el único criterio de rectitud moral. El Opus Dei pasa a ser, en la mente de todos sus miembros, especialmente de los numerarios, la medida de todas las cosas. La divinización de la Obra resulta evidente.

En esta web se examina con frecuencia la perversión de muchas actuaciones de la Obra y sus miembros. Pongamos por caso la captación de las nuevas vocaciones. Ahora nos llevamos las manos a la cabeza al considerar semejante felonía. Sin embargo, cuando pertenecíamos a la Obra nos dedicamos con pasión al proselitismo más feroz, con la conciencia de estar haciendo el bien. Yo me dediqué a la labor de San Rafael durante bastantes años y me apasionaba conseguir nuevas vocaciones. ¿Cómo es posible que no me diera cuenta de lo que ahora me resulta tan evidente? Sencillamente porque mi conciencia moral se identificaba entonces con lo que he llamado conciencia escrivariana.

Ahora veo con toda claridad que la vida que entonces vivía no era la mía. Mi vida entonces carecía de autenticidad. Mi conciencia se encontraba hinchada por la omnímoda influencia exterior de lo que llamábamos “medios de formación”. La conciencia escrivariana se encuentra continuamente nutrida por incontables y diarias lecturas, pláticas, círculos, meditaciones, retiros, charlas fraternas, notas, un día tras otro, incansablemente. En la Obra, la persona se encuentra sometida -al menos los numerarios- a un bombardeo permanente que impide la aparición de la más mínima autenticidad, o al menos la mantiene completamente adormecida.

En cambio, 10 años fuera de la Obra han sido la experiencia maravillosa del reencuentro conmigo mismo, en la medida en que experimento el reencuentro con la vida moral en su sentido más original y auténtico, en la sencillez de lo que verdaderamente creo (yo) que es lo bueno o malo, sin el artificio omnipresente y asfixiante de los “medios de formación” y de la “dirección espiritual”. Incluso los primeros meses después de dejar la Obra continué sometido a esa servidumbre. Mi liberación fue un proceso lento, pero al mismo tiempo un proceso completamente natural, al desaparecer esa influencia exterior persistente. Sin embargo, algunos ex parecen quedar indefinidamente atrapados.

Pero ahora debo observar una cosa. ¿Esa conciencia escrivariana es realmente un espíritu, es una inspiración? De ninguna manera, pues en la práctica nuestra conducta estaba gobernada por un sinfín de criterios particulares, no por la inspiración de la caridad o por la santificación de la vida ordinaria, o por poner a Cristo en la Cumbre de todas las actividades humanas. Junto a ese sinfín de normativas particulares nos gobernaba también la obediencia particular, en tanto que consultábamos cada cosa a los directores. Puede aceptarse que en la Obra hay unas cuantas ideas de fondo (la santificación de la vida ordinaria, del trabajo, poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, etc.), pero en realidad esas ideas tienen muy poco que ver con el día a día de los miembros numerarios, y sólo se utilizan para producir una apariencia. Nuestra realidad no era en nada distinta a la de los fariseos de la época de Jesucristo, que medían la bondad del corazón no por el compromiso por la justicia y la verdad, sino por la obediencia a una enorme cantidad de normas y reglas que habían sustituido una eventual espiritualidad. Es la prevalencia de la ley sobre el espíritu (la letra mata y el espíritu vivifica). Esto lo comencé a vislumbrar unos 10 años antes de abandonar la Obra. Y lo más grave es que esas normas y prescripciones no sólo no emanan de la doctrina de la Obra (las ideas de fondo, digamos), sino que incluso entran en contradicción con esa doctrina y con el espíritu del cristianismo.

Hay aquí una cuestión por demás enrevesada. Una verdadera contradicción permanente, que ha sido denunciada repetidamente en opuslibros como la contradicción entre la teoría y la praxis. Por ejemplo, teníamos claro teóricamente el valor humano inmenso de la amistad, pues explicábamos en clases y charlas que cuando se quiere de verdad a una persona se desea lo mejor para ella, y entonces el apostolado -ayudar a otra persona a acercarse a Dios- surge de modo natural, sin la necesidad de hacer propósitos o seguir consignas. Además, sabíamos que ese cariño no podía quedar condicionado por la respuesta de la persona a la acción apostólica. En efecto, el verdadero amor tiene un valor absoluto, como el de la madre que ama a su hijo y lo acepta incondicionalmente, aunque el hijo sea o no un buen hijo. Sin embargo, a la hora del ejercicio del apostolado, y cuando hablábamos de él en la charla fraterna, no respetábamos para nada estas ideas, ni la respetaban los directores al mandar. Nuestros supuestos amigos ocupaban listas de “amigos”, y si uno de esos “amigos” no daba esperanzas de vocación, dejaba de ser interesante y dejábamos de cultivar su amistad. Lo que llamábamos “tratar a un amigo” representaba la total violencia y perversión de la realidad honda de la amistad. Cada día que pasaba mediatizábamos la amistad en función del proselitismo, y lo hacíamos con total tranquilidad de conciencia. Al menos así pasó durante muchos años, hasta que la conciencia auténtica comenzó a abrirse paso.

Hace ahora unos 20 años aproximadamente que comencé a despertar del letargo de mi conciencia, un letargo al que había sido sometido por la violencia de la formación de la Obra. Después de muchos años de entrega comienza uno a descubrir estas cosas, y tardé muchos años más para aceptar que no había posibilidad de arreglar nada dentro. En la Obra, en cuanto comienzas a tener alguna idea propia que no coincide con la ortodoxia, te comienzan a considerar “en mal plan”. Es evidente que nuestra verdadera conciencia había quedado sepultada bajo el influjo omnipresente de la conciencia escrivariana. Pero como la contradicción entre espíritu y praxis era evidente, la conciencia hizo crisis, y así comenzó el camino de mi liberación. ¿Y acaso no es esa conciencia escrivariana el modo como se interpreta aquel “hacer el Opus Dei siendo tú mismo Opus Dei”? ¿No es esa la particular lectura del morir a sí mismo que se hace en la Obra? Nada hay de extraño en lo que aquí digo. Al despertar de la conciencia lo llaman soberbia; yo creo que es autenticidad. Yo creo que es que la verdad no puede permanecer para siempre oculta, por mucho que a su ocultamiento le llamen “visión sobrenatural”. Para un miembro de la Obra, el objetivo es dejar de ser cada uno para ser otro Cristo, aunque ese otro Cristo equivale en realidad al sometimiento a la conciencia escrivariana. Esta última reflexión me abre paso al siguiente tema.

La creación de la vocación

Leíamos hace unos días en el documento interno contra esta web lo que siempre hemos sabido: nos acusan de ser personas sin rectitud, y hasta de ser personas retorcidas, con una vida poco ejemplar. Una manera eufemística de sugerir que somos unos pervertidos sexuales, que es casi el único aspecto moral que a ellos interesa. Si embargo, habría que responder a esos acusadores que son unos hipócritas, sepulcros blanqueados, que sólo tapan con su castidad (muy cuestionable, por cierto, pero no me voy a ocupar de esto) las profundas perversiones a las que han sometido las más nobles realidades humanas. Han pervertido la amistad con el proselitismo feroz que practican; han pervertido a la familia pretendiendo serlo y traicionándola cuando alguien deja la Obra; han pervertido la justicia cuando abandonan a su suerte -sin seguridad social, por ejemplo- a personas que han entregado décadas de su vida al servicio de la Obra; han pervertido el más elemental sentido de la caridad cuando pretenden producir violentamente una vocación inexistente de cualquier pobre muchacho que lo único que tenía era ingenuidad y buen corazón. Han pervertido el cristianismo, convirtiendo el servicio a Dios y a la Iglesia en servicio a una institución perversa que se dedica a destruir vidas humanas. Examinemos el caso de la producción de la vocación.

Como se ha tratado aquí ampliamente, al Opus Dei entra cualquiera (cfr. por ejemplo el magnífico artículo de Castalio, (Cómo fabricábamos numerarios en México). A ese tal que por mala suerte se topó un mal día con la trasnacional Opus Dei, al poco tiempo le aseguran que tiene vocación y le insinúan que será un desgraciado si no corresponde a la llamada. El pobre inocente lo tiene que creer porque está detrás la Iglesia Católica misma con sus aprobaciones a la Obra. Y lo cree ante todo porque en su corta edad se encuentra indefenso. Y comienza un largo proceso de entrenamiento, de mentalización, de enajenación, en el sentido más riguroso del término. El chico hasta llega a sentirse feliz y un privilegiado, un elegido. Esa felicidad le ratifican una vocación como un piano. Parecen no darse cuenta de la más completa artificialidad del mencionado procedimiento: normas, medios de formación, charlas fraternas, retiros, círculos... Todo un aparato artificial con el que podría sostenerse en “vida” a un enfermo con muerte cerebral. Mediante ese procedimiento se logra producir la vocación, alimentarla, mantenerla e incluso reproducirla, en la más completa artificialidad. Nada más lejos, nada más opuesto del concepto de vocación como algo que emerge desde el centro del alma con natural espontaneidad.

De este modo, el pobre chico, a los muy pocos años comienza a presentar síntomas de rompimiento interior. Yo pité a los 14 y a los 24 ya fui sometido a atención psiquiátrica y tratamiento farmacológico, en el que permanecí durante toda mi vida en la Obra, hasta un año después de dejarla. A lo largo de más de 30 años repasé todas las generaciones de antidepresivos y ansiolíticos, y conocí la consulta de varios médicos psiquiatras. En realidad, la mayoría eran médicos de otras especialidades que de vez en cuando acudían a Navarra a tomar algún curso breve para “atender” a gente de Casa.

Ese es el modo como sostienen una “vocación” como un piano; una vocación que han visto con toda claridad en la oración. La sostienen a base de bloquear las angustias (benzodiazepinas) e inyectar energías suplementarias (antidepresivos que recaptan la serotonina), logrando la fidelidad en la lucha ascética en su Obra de Dios. Un procedimiento farmacológico, estrictamente químico, al servicio de una espiritualidad. ¿No es este procedimiento algo completamente artificial, que nada tiene que ver con la naturalidad de una vocación auténtica? ¿No es además algo completamente inhumano? ¿No se está preparando un rompimiento definitivo traumático? ¿No se está sembrando la semilla del odio? Pero ellos lo hacen por Dios, por su Obra, y eso lo justifica todo. Si no existiera la vocación de ese muchacho, Dios la otorgaría de inmediato, de eso no hay duda, pues Dios no puede dejar en el vacío el deseo de entrega. Así se lo oí decir a Don Álvaro en una ocasión. Por eso seguramente las almas de los perros buenos irán a un cielo para perros. Y si los perros no tuvieran alma, Dios las crearía en ese instante para que tanta bondad pudiera ser premiada. Estupideces de este tipo se oyen decir a cada paso, y le llaman “visión sobrenatural”.

Es evidente que en lo que aquí describo hay una injusticia colosal. Hay un evidente atropello de la dignidad de la persona, del respeto con el que cada ser humano debe ser tratado. Adueñarse de un ser humano cuando éste se encuentra sin rumbo definido, emergiendo a la vida autónoma (la adolescencia), para atribuirle arbitrariamente desde fuera, como una violación, un sentido a su vida, sometiéndolo a un proceso de adoctrinamiento omnipresente. Eso es una injusticia y una arbitrariedad de dimensiones increíbles. Creo que es un pecado de esos que dice la Escritura que claman al cielo. Así clama mi espíritu en este momento. Pero eso sí, lo hacen desde la más profunda conciencia de castidad, como supongo que procedían los verdugos de la santa inquisición.

Entre los 25 y los 30 me mandaban a “descansar”, drogado por los fármacos, por periodos de una semana a casas de retiro, para que me recuperara del desgaste, del “cansancio”. Un muchacho de 27 años, que debería estar cortejando chicas y en la época de su consolidación profesional, se encontraba tomando ansiolíticos y antidepresivos, cumpliendo normas en la soledad de una abandonada casa de retiros. ¡He ahí a un cristiano corriente santificando su vida ordinaria! Tan natural y lógico como un pulpo en una cochera. Lo veo ahora con una claridad meridiana, y reacciono con furia ante quienes osaron adueñarse de mi vida y la manipularon de ese modo. Y espero algún día ser escuchado y que estos rapaces sean castigados.

Y luego vienen a decir, desde el candor de su castidad, que somos “gente herida”. Se han quedado cortos. ¡¡¡Soy un hombre máximamente encabronado porque me robaron mi vida!!! ¿Les parece poco, hijos de puta? Ojalá y Dios sí exista y sea lo que ellos dicen para que alguien los pueda castigar. Y sé bien que no son ellos, porque yo fui uno de ellos. Es ese sistema perverso que se llama Opus Dei, y cuyo creador ha sido canonizado. Se equivocan radicalmente quienes dicen que los errores no son de la Obra sino de las personas. Todo lo contrario. Entre las personas de la Obra se cuentan los seres humanos más nobles e inocentes. Tan nobles e inocentes que nos dejamos atrapar. Tan nobles e inocentes que permanecimos ahí durante décadas, creyendo como imbéciles que ahí estaba Dios. Tan nobles e inocentes que seguimos creyendo durante años en “la verdad de la Obra”, cuando ya se nos hacían evidentes sus profundas contradicciones.

Cada uno de quienes abandonamos la Obra, ha seguido un itinerario distinto, aunque existan estrechos paralelismos en algunas biografías. En mi caso el desgaste humano y espiritual llegó al máximo con el pasar del tiempo. ¿Cómo no va a producir desgaste una situación tan artificial, tan intensa y sin vocación? La salida de la Obra suele ser un proceso doloroso, un rompimiento no sólo con la Obra sino con nosotros mismos, al punto de que la propia identidad queda perdida. La confusión sobreviene como lo más natural y a veces lo hace de modo explosivo. En un instante ocurrió todo. En un instante dejó de ser importante y de tener valor lo que en el instante anterior constituía el sentido de mi vida. En un instante me decidí dejar la Obra, cuando llevaba más de 30 años sin dudarlo jamás. En algunos casos la fe se tambalea o se pierde. La vida moral puede seguir derroteros inciertos. ¿Tiene algo de raro que después de la liberación se lleve a cabo una búsqueda a ciegas del sentido de la propia existencia? El reencuentro con uno mismo no se hace sino en precarias condiciones y después de largo tiempo. Por eso resulta indignante que nos acusen de personas retorcidas y con una vida poco ejemplar. Juzgan desde su castidad lo que ellos mismos provocaron con sus abusos, al someter a unos inocentes a una exigencia sin vocación. Y repito que no me refiero a ellos como personas singulares, pues también ellos son víctimas de un sistema perverso. Yo ocupé cargos internos por más de 20 años, y sé de lo que hablo. Por tanto, no los juzgo en su singularidad, sino como miembros de ese sistema perverso. Un sistema tan eficaz que en cuanto es inoculado funciona por sí mismo, logrando que sea uno su propio verdugo.

Culpo a la Obra

En conclusión: culpo a la Obra por quienes han perdido la fe tras su paso por la Obra; culpo a la Obra por quienes han perdido su fe en la Iglesia; culpo a la Obra del abandono de la práctica de los sacramentos; culpo a la Obra por el abandono de tantos de la moral de Jesucristo. ¡¡¡Culpo al Opus Dei, gritándolo a los cuatro vientos, para que alguien del Vaticano me escuche, para que me escuchen los Obispos del mundo entero, los sacerdotes buenos, y todos los hombres de buena voluntad!!! No culpo a ninguna persona en particular, pero sí culpo a ese sistema llamado Opus Dei que se aparta no sólo de las leyes de Cristo y de su Iglesia sino del más elemental sentido ético, atropellando a las personas, convirtiéndolas en instrumentos a su servicio (que no de Dios ni de la Iglesia). Yo no soy nadie para realizar un juicio tan grave, pero lo digo con la autoridad que me confiere el haber sido víctima de ese sistema rapaz. Lo digo con la autoridad que me confiere que el Opus Dei se adueñó de mi vida cuando yo tenía 13 años de edad y hacía poco mi padre había muerto y no me pudo defender; y mi madre tampoco me defendió porque tuvo miedo, porque finalmente se le impuso la autoridad de la Iglesia Católica que respalda al Opus Dei. Mis hermanos hicieron el intento de defenderme, pero eran demasiado jóvenes y no pudieron hacer nada eficaz. En cambio, el Opus Dei sí fue eficaz, y me adoctrinó en lo suyo con mentiras hasta hacerme invulnerable a las ayudas externas. Lo que no pudo prever es que mi conciencia terminaría abriéndose paso después de más de 30 años de conciencia escrivariana, y que un día alcanzaría la fuerza para liberarme de sus cadenas. Así fue, y me lleno de alegría por ello, y ahora lo celebro con todos mis amigos de opuslibros, al cumplirse los 10 años de mi liberación, los 10 años de mi dies natalis. Pero mi juventud quedó allí, en el Opus, y me da rabia pensarlo. Los veo como unos ladrones que me robaron lo más hermoso de mis días, cuando pude ser feliz o desgraciado, pero viviendo MI VIDA, que para eso me la había dado Dios. Ellos me la arrebataron con sus argucias. No tenían derecho a hacer lo que hicieron y nadie en este mundo me protegió. Debió de protegerme la Iglesia, pero no lo hizo, no sé si porque ha sido engañada o porque ni siquiera le importa. Estoy herido ciertamente, muy herido. Me indigna lo que hicieron conmigo y comprendo también con dolor lo que hacen con otros. Yo mismo fui instrumento muchas veces de esta injusticia con las personas, porque jamás pensábamos en ellas; sólo en la Obra. Este escrito no nace sólo de mi indignación sino de la conciencia moral de que, en lo que esté de mi mano, debo evitar que se continúe atropellando a seres humanos inocentes.

Es la historia de mi vida y la asumo plenamente. No renuncio a ella ni me desprecio por haber pertenecido al Opus Dei. Pero sería absolutamente injusto que no manifestara a voz en grito que hay que evitar que el Opus Dei continúe con estas atrocidades revestidas de servicio a Dios. Lo digo desde el fondo de mi conciencia, asumiendo plenamente que Dios me juzgará por ello. No tengo miedo ni duda al gritarlo. Tal vez no soy ejemplar como ellos entienden, pero sé con segura conciencia que a Dios le importa un bledo la ejemplaridad que ellos predican, que es una castidad sin amor y sin alma. Su mismo fundador lo declaraba en algún momento de extraña lucidez: sin caridad, la castidad se convierte en una charca inmunda de donde salen vaharadas de soberbia (Camino, 119).

Pero les decía que cumplo 10 años de haber dejado el Opus Dei, y que me alegro tanto por ello. Estos años han sido maravillosos. No lo digo por despecho. Tampoco creo haber terminado mi proceso de recomposición. Tal vez no lo consiga nunca. Me lleno de admiración al comprobar que todavía tengo un retraso de décadas que intento subsanar. Haber estado tantos años en trabajos internos (en los más internos de los internos) me habría hecho inviable para la vida normal, de ciudadano corriente. Sin embargo, veo la mano de Dios en tantas cosas. Parece que Él se siente obligado a brindarme una protección especial por los años que le dediqué en la Obra con rectitud de intención.

El voluntarismo de la Obra

El punto está en que el Opus profesa un voluntarismo radical. Lo digo en el sentido filosófico del término. Voluntarismo significa el predominio absoluto de la voluntad sobre la inteligencia, hasta el punto que la verdad puede ser transformada e incluso producida por el querer. No estoy diciendo nada que no se haya dicho en esta página, pero yo lo tematizo así. Recuerdo muy bien a Carlos Llano, a quien admiré tanto tiempo como numerario filósofo. Mientras estuve matriculado en la Universidad asistí a todos sus cursos de filosofía, aunque no me correspondieran. Hasta que llegó un momento en que comprendí con estupor que no le importaba la verdad, y que en realidad no creía en ella ni en la filosofía. La realidad era que usaba la filosofía para venderse a sí mismo, al Ipade, a la UP y en definitiva a la Obra. Y lo digo porque me lo confesó expresamente en una conversación privada. Me dijo que en realidad él no creía en la filosofía y que no se la tomaba en serio, pero que le había sido muy útil. Esa confesión me desilusionó mucho y me alejé de él. Yo habría querido que él fuera mi mentor, pero entonces comprendí que de él no podía esperar nada bueno.

La alusión a Carlos Llano es importante, porque él fue un referente para muchos numerarios de la Obra en México. Era un hombre inteligente y brillante, que tuvo que abdicar de su inteligencia para poder mantenerse fiel a la Obra. Él y yo coincidimos ocupando cargos en la región, aunque por supuesto él era mucho más importante que yo. Sin embargo, aludo a ello porque en nuestras conversaciones pude notar con toda claridad que dejó de creer en la verdad y en la inteligencia para poder seguir afirmando la validez del proyecto de la Obra. Puedo asegurar que cayó de lleno en el voluntarismo más atroz como única solución. De por sí siempre fue un hombre muy voluntarioso, pero también era muy inteligente y eso lo pudo haber salvado.

En la Obra muchos estudiamos filosofía como carrera profesional, pero en realidad ni la filosofía ni los filósofos teníamos cabida allí. En lugar de contribuir al desarrollo de la Obra, como alguna vez se creyó, los filósofos nos convertimos en piedra de escándalo, pues terminábamos siendo más fácilmente conscientes de que algo estaba mal en la Obra. Alguien ha dicho en esta página que la Obra es una cosa más bien de arquitectos o ingenieros (entiéndase por favor que no hay nada peyorativo en estas alusiones). Pero en el fondo la razón por la que los filósofos no teníamos lugar en la Obra es porque la filosofía es una disciplina intelectual y la Obra una institución radicalmente voluntarista. En la Obra lo menos importante es “entender”. Lo decisivo es la obediencia, que comienza por la sumisión del intelecto. En la Obra se usa mucho la palabra “entender” pero se le despoja de su sentido más obvio. “No tiene las ideas claras” se decía con frecuencia, para aludir a que alguien no aceptaba tal o cual cosa. Pero la aceptación no tenía nada que ver con un ejercicio intelectual.

En la Obra no se sabe lo que es la vocación, pues se ve como algo que puede ser producido. No saben que el sentido auténtico de la vocación tiene que ver con la verdad de una persona. Esa verdad sólo puede ser descubierta, y ha de ser respetada. Es un contrasentido producirla. Es absurdo pretender que casi cualquier persona tiene vocación a la Obra por el hecho de pasar por ahí. Pero como se parte de que la vocación a la Obra es vocación de cristianos corrientes, pues cualquiera puede tener vocación. Pero esto es totalmente falso, pues la situación en la Obra, sobre todo la de los numerarios, no tiene nada que ver con una vida corriente. Pensemos por ejemplo en el celibato. ¿Cualquiera puede vivir el celibato? El voluntarismo se concreta al final en que todo lo que sirva a la Obra es bueno, y si no es pues debería serlo, y lo será por la gracia de Dios. Es evidente que en la Obra se hace mucho y se piensa muy poco. Los intelectuales estorban porque cuestionan lo que se hace. Carlos Llano me llegó a decir que cuando uno no entendía algo que en la Obra se mandaba, pues uno tenía que formular la teoría que hiciera falta para darle sustento al mandato. Eso es voluntarismo, el sometimiento de la verdad a la voluntad.

En la Obra puede llegar una nota que diga que de ahora en adelante el techo va a ser el piso y el piso va a ser el techo. Y el voluntarismo es tan claro que al día siguiente salía alguien a explicar la nota en base a la teoría de la relatividad. ¿Qué más da si ahora caminamos por el techo? ¿De algo sirvió, en términos prácticos, que se dijera que la tierra gira alrededor del sol y no al revés? En la Obra la verdad se puede construir, producir, hacer. La verdad está al servicio de un proyecto. La verdad no se descubre y se respeta como tal. Por eso también se pueden producir las vocaciones. Nada hay que pueda quedar más allá del dominio de la voluntad. Y si existe una verdad que no ceda al dominio de la voluntad (como que 2 + 2 = 4) esa verdad es irrelevante. Escrivá fue un gran voluntarista. Y lo fue también del Portillo y lo es Echevarría. En la Obra lo importante es “hacer” y lo demás son cuentos. La eficacia es ahí un valor primordial. Pero es evidente que esto no puede tener un final feliz. Si no se respeta la verdad de las cosas, la verdad se terminará imponiendo, y habrá que pagar la factura, como efectivamente ocurre ahora. No puedo arrojarme por la ventana olvidando la ley de la gravedad sin que pase nada, por mucha “visión sobrenatural” que ponga en el intento.

La doble verdad en la Obra

El escrito sobre las web negativas pone de manifiesto algo muy claro. La Obra se vale de la Iglesia Católica para defender su legitimidad. Nosotros -dicen- somos parte de esa Iglesia, somos de los buenos. También Cristo fue atacado; nosotros nos identificamos con Cristo. También el Papa es atacado. Los buenos somos atacados, hoy, ayer y siempre. No hay nada de raro ni nada qué temer. Hemos sido aprobados por la Iglesia. Servimos a la Iglesia desde nuestra trinchera, con nuestra espiritualidad propia. Somos una partecica de la Iglesia de Cristo, decía el fundador.

¡Qué bonito, qué hermoso! Que tiernos estos del Opus. Pero hay una trampa esencial. Hay una doble cara, una doble vida. Una hipocresía fundamental que lo corrompe todo. Otaluto lo alcanza a ver con agudeza en uno de sus escritos. En el Opus Dei se logra que el mismo discurso signifique cosas muy distintas según el contexto, según el público o según el interlocutor. No hay dos discursos, sino el mismo con varios significados. Y vayamos al punto más radical. “Dios inspiró el espíritu del Opus Dei a su fundador”, dicen los escritos. Lo dice el Opus Dei y la Iglesia lo repite, porque la Iglesia no puede poner ningún reparo a esto, toda vez que todo lo bueno -la Obra es presentada como algo bueno- es inspirado por Dios. Que duda cabe que promover la santificación en medio del mundo y la santificación del trabajo son cosas muy buenas. Es algo que debe aceptarse en estricto pensamiento católico. También se puede aceptar que Dios le inspira a Gandhi su defensa de los derechos humanos, e igualmente que Dios le inspira a una madre el deseo de sacar adelante a sus hijos. Pero esa misma palabra (inspirar) significa algo muy distinto dentro de la Obra. Acá significa que la Obra es de Dios y Dios está empeñado en que la Obra se realice. Acá significa que la voluntad de Dios se manifiesta de modo supremo en el querer del Padre (del fundador y del Prelado actual). Acá significa que la voluntad de Dios se manifiesta a través de los directores, que representan al Padre. Acá significa que si no perseveras en el Opus Dei tu vida no vale un céntimo...

Y así podríamos seguir y seguir, con expresiones de doble significado. Uno de mis primeros encuentros con la doble verdad fue cuando me explicaron que los tiempos de prueba (para la admisión, oblación y fidelidad) no eran algo de cara al interesado. El interesado debería asumir su vocación en plenitud desde el primer momento, rechazando como venido del demonio cualquier pensamiento de duda. Los tiempos de prueba eran algo sólo de cara a los Directores, que debían cerciorarse si el interesado poseía o no condiciones. En realidad, eso tampoco era verdad. Sabemos que las sucesivas incorporaciones son algo habitual en las instituciones de la Iglesia, consecuencia lógica de que el candidato tiene que ratificar o rectificar su elección. Pero entonces había que darle un sentido distinto a lo mismo. Un discurso de cara a los candidatos, otro para los Directores de los candidatos y otro de cara a la jerarquía eclesiástica. No doble, sino triple verdad. Vaya habilidad la de estos santos varones.

Ya no quiero extenderme más. Resumiré simplemente que la Iglesia no aceptaría bajo ninguna circunstancia los siguientes aspectos que en el Opus Dei son doctrina interna segura:

  1. La Iglesia no aceptaría jamás que la inspiración de Escrivá sea una inspiración como revelación divina homologable a la Revelación de Jesucristo y los Apóstoles. Por tanto, la Iglesia jamás aceptaría ningún rastro de infalibilidad en nada dicho por el fundador y sus sucesores, y menos aún por los consejos de gobierno del Opus. Bastantes problemas tiene con la infalibilidad pontificia como para aceptar otra infalibilidad.
  2. La Iglesia jamás aceptaría que la vocación al Opus Dei sea algo intocable y que cuestionarse la perseverancia tenga algún sentido moral en función de la propia salvación. Para la Iglesia, se puede entrar y salir del Opus Dei sin ninguna connotación moral que comprometa la salvación.
  3. La Iglesia no aceptaría jamás que la perseverancia en las prácticas de la Obra (el cumplimiento de las normas) asegure la salvación. Si acaso, lo único que asegura la salvación es perseverar en la práctica de dar de comer al hambriento y de comer al sediento..., porque esto sí lo dijo Jesucristo.
  4. La Iglesia no aceptaría jamás que se emprenda el descamino si uno se confiesa con un sacerdote con licencias que no sea del Opus Dei.
  5. La Iglesia no aceptaría jamás que si uno oculta algo a los Directores, se tenga un pacto con el diablo.
  6. La Iglesia no aceptaría jamás que uno vea en la oración la vocación divina de otra persona. Ni que los Directores reunidos en consejo sepan quién tiene vocación a la Obra. Ni aceptaría jamás que una persona obre mal o cometa un pecado porque dude de su vocación al Opus Dei, menos aún cuando se encuentra en esos periodos de prueba.
  7. La Iglesia no aceptaría jamás que además de decir los pecados en confesión tenga uno que decirlo al Director (o a la persona designada) en la charla fraterna. La Iglesia no aceptará jamás que haya una persona designada.
  8. La Iglesia no aceptaría jamás que quienes forman parte de la jerarquía de la Obra tengan que conocer la vida interior de los miembros. Sobre este punto recuerdo muy bien una clase de catecismo en un curso anual por allá de los años 80. Ante esta cuestión se tuvo que apelar tajantemente a la autoridad del fundador en contra del criterio eclesiástico común. Lo comentó un sacerdote mayor de la Obra. En el Opus Dei siempre ha existido conciencia de que el fundador dijo y mandó cosas en contra del parecer de la jerarquía de la Iglesia.
  9. La Iglesia no aceptaría jamás que todas las prescripciones que no están contenidas en los Estatutos son igualmente obligatorias que las sí contenidas, aunque en realidad no lo son, pero sí lo son en la medida en que cada uno las asume con total libertad, lo cual es como si fueron absolutamente obligatorias, pues es una obligatoriedad nacida del amor que produce cadenas más fuertes que el hierro.

Y así podría continuar pero me da mucha pereza. Ninguna de estas cosas han sido aprobadas por la Iglesia. Las impone el Opus Dei a sus miembros como doctrina revelada por Dios a su fundador, aunque diga que no las impone pero son asumidas libremente. Estas cosas destruyen muchas vidas humanas y la Iglesia no parece interesada en siquiera averiguarlo. Y sin esas cosas peculiares el Opus Dei no sería nada. Son las perversiones de la Obra y al mismo tiempo lo que perfila su personalidad propia y lo que le confiere su fuerza. El Opus Dei basa su eficacia en sus abusos y mentiras, en atribuirse una divinidad que no le corresponde y que la Iglesia no aprueba porque sería admitir una Iglesia dentro de la Iglesia, pero el Opus Dei lo enseña ocultamente a sus miembros. Sería admitir una autoridad -la del fundador y del Prelado- que entraría en competencia con la autoridad del Papa, porque es tanto o más grande que la del Papa. El proceder de la Obra es ocultar, para evitar el conflicto y la reprobación. La estrategia es construir un discurso que significa una cosa de cara a la jerarquía eclesiástica y que se explica y glosa dotándolo de significado y contenido muy distintos en los medios de formación, de cara a los miembros.

Cuando me captaron para el Opus Dei, a la temprana edad de 14 años, lo primero que me enseñaron es que el fundador había recibido una revelación y un mandato expreso y explícito de Dios. Pretendían basar la autenticidad de tal revelación en la santidad del fundador. Para eso me dedicaron de modo individual cientos de horas contándome todo tipo de hechos sobrenaturales en la vida de Escrivá (ninguno de quienes intervinieron en mi primera formación, salvo el sacerdote, continúan en la Obra). Al mismo tiempo se advertía que los hechos sobrenaturales no eran de nuestro espíritu, que lo nuestro era lo ordinario y que por eso se debían silenciar esos hechos. Así se producía esa conciencia de iniciados en quienes nos enterábamos de esos hechos ficticios. La inmensa mayoría de esos hechos fueron narrados más tarde en las biografías, pero con tantas modificaciones y atenuantes que el milagro desaparecía. Mientras tanto lograron su objetivo. Juro por mi vida que en mi pensamiento juvenil de aquellos primeros años, cuando yo tenía 16 o 17 años, ya valoraba muchísimo más al Padre que al Papa. Es más, desde aquel entonces consideraba al Padre como otro San Pablo, por todo lo que se me había enseñado y contado, aprovechándose de mi inocencia. Todavía dentro de la Obra supe que muchas de esas historias fueron mentiras flagrantes, pero ya la conciencia escrivariana se había posesionado de mí. La imagen del fundador se cuidaba falazmente hasta en los más mínimos detalles, en las fotografías, en los escritos, en las películas. Todo lo que pudiera ser mal visto o mal interpretado se destruía. Así se construyó (esto también es voluntarismo puro) una imagen falsa e irreal del fundador, que fue la que se canonizó el 6 de octubre de 2002; una imagen inexistente. Cuando la Obra todavía era pequeña se necesitaba una fe muy grande en el fundador. Y al servicio de esa fe estaban esas falsas historias. Después ya no fue tan necesario, cuando la Obra ya poseía signos positivos de presencia en el mundo y en la Iglesia. Ahora lo es menos, después de la canonización de Escrivá. Esa ha sido la estrategia. Pero lo peor es que la Iglesia Católica se haya puesto al servicio de esa mentira. Es verdad que ha sido engañada, pero lo reprobable es que continúe dejándose engañar. Lo subrayo a propósito, instándola a cumplir su deber.

La Obra está herida de muerte

Leí con detenimiento el escrito sobre las web negativas y me pareció reencontrarme a mí mismo. Yo aprendí muy bien a escribir así, y bien pude ser yo el autor de esas líneas, en otra época. Aprendí todos esos giros y modos de puntualizar. Cada frase está dicha para dar a entender algo más allá de lo que se dice literal y directamente. Parece una comunicación contenida, mesurada, pero en realidad esconde una gran amargura y la confesión de una gran derrota. El Opus es un gigante herido, debilitado, casi moribundo, aunque le quede todavía mucho tiempo de existencia errática. El escrito se esfuerza en afirmar que “no pasa nada”, que todo está bajo control, que eso de que haya páginas web contrarias es normal hoy en día y lo padecen todo tipo de organizaciones. Se esfuerza tanto en esto que resulta patente que opuslibros le ha pegado un golpe mortal. Y es que opuslibros es un canal de comunicación que impide que la mentira de la Obra continúe extendiéndose. Para mí el Opus Dei ya está muerto, aunque conserve todavía mucha energía. Y está muerto porque la era de la información está imponiendo un dique a esa gran mentira, de un modo semejante a como impedirá que los pederastas se refugien en su ocultamiento. La era de la información está impidiendo en definitiva las vocaciones de numerarios, y está logrando que los que ya están atrapados abran los ojos y encuentren una solución, si es que todavía les quedan energías. Y es que sin vocaciones de numerarios el Opus Dei no es nada. Lo sé yo muy bien; ¡vaya si lo sé! Las obras corporativas se convierten en elefantes blancos, pompas de jabón, maquinaria sin alma, sin eficacia, cuando no están detrás los numerarios. Los supernumerarios solos tampoco son nada sin los numerarios. Los directores se convierten en administradores de obras educativas, pero no es eso lo que ellos quieren. Lo hacen porque no les queda más si no hay numerarios, y continúan incansables en su búsqueda. Por desgracia para la Obra, hoy en día hace falta ser imbécil o menor de edad para pedir la admisión. Y los menores de edad se saldrán muy pronto, en cuanto dejen de ser menores de edad. Lo que nosotros descubrimos en 20 o 30 años, cualquiera lo puede descubrir hoy mismo en una computadora con acceso a internet. Ya nada será como antes. Javier Echevarría se irá a la tumba con la conciencia amarga de que el Opus se le deshizo en las manos.




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