19 de marzo: ligeros de equipaje

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Por Satur, 18.02.2008


Eso del Rejalgar es cosa que maravilla. Leyendo a Curial y a Ingenua (y a tantos otros) parece como que la maldición acecha. Incluso hay quien piensa que es mejor no mentar la bicha… por si acaso.

A uno le parece que lo del rejalgar es una mentirota de las gordas. Está claro que todos tenemos una vocación, un destino que cumplir, y si uno tiene fe, una idea que Dios tiene de mí, de lo que uno debería hacer. Pero la vocación no tiene que estar ligada, necesariamente, a ser del opus dei. La vocación es mi vocación, algo personal, que decido yo en mi conciencia, solito, frente a mí mismo y, si se quiere, en el espejo de la fe. Vocación es ser el mejor Satur que yo pueda y sepa ser. Y si eso pasa por dejar el opus dei, pues se deja y santas pascuas.

En mi caso dejar el opus dei fue lo que tenía que hacer. Por supuesto, la opus me decía que no, que “pero bueno”, y Dios me decía a gritos que fuera, y rápido...

Mis pecados han sido fruto de la debilidad, de la poca cabeza, de excesos primarios, esa es la verdad, nada serio. Ando lejos de los grandes pecados como la soberbia, la envidia, el orgullo, la venganza, el odio, la frialdad de corazón. No soy un tipo inteligente, no tengo poder, no tengo dinero, así que pertenezco a esa raza de tipos normales que Dios conoce muy bien, Él sabe que somos carne y polvo, y acepta nuestra debilidad.

Mis pecados se borran con una buena confesión. No hace falta más. Por eso a mí lo del rejalgar ni fú ni fa. Yo nunca abandoné mi vocación. Sencillamente, fiché por otro equipo menos de la Premier: a tipos como yo no nos hacen un contrato de por vida.

Soy un árbol muy del montón, muy normalito. Un pino, por ejemplo; quiero decir, que a nadie se le ocurriría presentarme a un jardín botánico, ni siquiera como especie exótica. Y en mis raíces hay cosas que si se ponen encima de la mesa, pues como que sería una vergüenza y una cochinada… pero allá abajo, en las raíces, pues están bien: gracias a ellas crecí, maduré y más o menos doy mi cachito de sombra. No conviene presumir de la mierda que a uno le ha nutrido, y parece más sensato tenerla allí, en lo oscuro.

¡Qué pena dan esas personas que regurgitan sus miserias, las colocan encima de la mesa una y otra vez impidiendo que eso sea un nutriente más! Hay algo enfermizo en todo eso, y quizás no es tanto rejalgar como ir pidiendo hora y ayuda psicológica para superar eso, que se supera.

Dios no es un gendarme o un juez que impone sanciones. Por supuesto que cometemos equivocaciones y errores de bulto, para eso está el pedir perdón, el rectificar y tirar palante. Tendríamos que saber, precisamente por haber estado allá dentro más o menos tiempo, que estamos invadidos por el gran sentimiento de indulgencia de Dios. ¡Es así!: la mayoría de las personas que viven la fe tienen muy claro que siempre, y sobre todo al final, Dios no nos abandonará. Hay una conciencia cierta de la salvación.

Lo triste de la frase de Escrivá sobre las profecías del rejalgar es ver que posee la conciencia de un hombre escrupuloso, atormentado y algo resentido. Muy de una ascética de su época. Es muy triste. Escrivá sabía mejor que nadie que el lenguaje de Dios es silencioso, que habla bajito, pero ofrece muchas señales: nos ha dado un empujón en tal ocasión gracias a un amigo, a un encuentro casual, a un libro, a un fracaso, incluso gracias a un accidente. Escrivá lo sabía bien, pero un extraño y enfermizo resorte le llevaba a maldecir y no dar un duro por el alma de un hijo suyo que abandonaba el opus dei.

Sí, amigo del opus dei que lees estas líneas: Escrivá sabía que Dios nos conoce muy bien, y que siempre está allí, y que habla de muchas maneras, y no siempre por el “cauce reglamentario” (decir “Dios” y decir “cauce reglamentario” es un absurdo: Dios da mucha cuerda, y hay que darle mucha cuerda). Puede que un día te confieses fuera de una caída de pureza, ¡otra!, y que el sacerdote te diga “pero usted qué hace allí: busque otro cauce que le serene y le haga mejor cristiano”. Y, quizás, Dios está en ese consejo. Sobre todo, si allá dentro no salen del “te basta mi gracia”. O cuando alguien que no es del opus dei, pero que te quiere, tu padre, un hermano, un amigo, te dice que estás mal, que si te pasa algo, que si necesitas ayuda, que allí están ellos, que no eres el mismo… quizás también está Dios allí.

Depende de ti, amig@, de que estés atento a algo más que los consejos de charlas, de confidencias semanales y de cartas, de criterios y de costumbres. Nos damos demasiada importancia, y a las instituciones más. Benedicto XVI piensa que “personalmente creo que Dios tiene un gran sentido del humor. A veces a uno le da un empellón y le dice “¡No te des tanta importancia!”. En realidad, el humor es un componente de la alegría de la creación. En muchas ocasiones de nuestra vida se nota que Dios también nos quiere impulsar a ser un poco más ligeros; a percibir la alegría; a descender de nuestro pedestal y a no olvidar el gusto por lo divertido”.

Un poco más ligeros, menos graves, menos de cartón piedra, menos rejalgar y gilipolleces de abuelo Cebolleta dando la brasa, gruñón y cascarrabias, que eso era San Josemaría… a veces.

Tomar una decisión de cambiar de vida es cosa seria, está claro, pero no deja de ser cosa de un segundo, una vez que las cosas están claras y pensadas con serenidad.

No soy un ingenuo, y no se me escapa que hay temporadas que estamos cansados y destrozados, sin fuerzas y desesperados, furiosos por nuestro destino, que parece torcido, injusto y sin sentido, que eso del buen humor, entonces, sirve de muy poco. Lo sé. Llevo unos días pensando “Dios mío, ¡que lejos estoy de ti!”. Y no voy a hacer nada por acercarme a Él, que Él también se me esconde y juega al un dos tres picapared (en otros sitios “ un dos tres chocolate inglés”). Pero diciéndole eso, salgo de ese estado de tristeza y sé que, aunque en estos momentos no puedo entender que Él es amor, sí pienso y confío, sin embargo, en que todo está bien como está.

Sé lo que me digo, aunque no se me entienda.



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